Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 La democracia es el menos malo de los sistemas políticos, con excepción de todos los demás. ¿Winston Churchill?

Menos de cuarenta y ocho horas después de la culminación del proceso electoral que se diera en doce entidades federativas, parece pronto para formular algunas conclusiones cuando el fragor de la batalla aún no se ha apaciguado, y cuando muchos de los resultados puedan estar sujetos a la revisión de los conteos y apertura de paquetes electorales, y cuando quizás mas de alguno de los resultados preliminares tenga que ser convalidado o rectificado por las autoridades jurisdiccionales electorales. En un vistazo a vuelamáquina pueden aventurarse algunas observaciones que en el transcurso de los días confirmarán o desecharán su posible validez. La inclinación de este escribidor es puntuar algunas íes, subrayar algunos ítems, destacar algunos aspectos que, la perspectiva de los años, y alguna experiencia por no decir que sólo la subsistencia, y aportar (es un decir) algunas boyas para navegar en el proceloso mar del análisis electoral.

El filósofo Richard Avenarius sostenía que “El “yo” designa un individuo humano en tanto que constante (relativa) dentro de una pluralidad (relativamente) cambiante, formada por mis semejantes, por árboles, etc., que constituyen (relativas) unidades. Estas unidades, los elementos del entorno, tienen entre sí y hacia mí mismo relaciones de dependencia variadas.”, de lo que concluía que el hombre tendía a reducir a formas conocidas las nuevas formas o los nuevos seres que llegasen a su experiencia. Alguien llamó a esa actitud: la economía del pensar. Etiquetar los seres, etiquetar las experiencias, etiquetar las vivencias, equivale a dar claves de navegación, puntos de referencia, que permitan encontrar un sentido en donde la pura experiencia sería insuficiente para apuntarlo.

Diego Alfonso, un hijo mío (como dicen los cubanos), vivió por alrededor de un año en Léogane, república de Haití, en donde las calles no tienen nombre, las casas no tienen número, y a donde enviar correspondencia equivalía a lanzar una botella al mar.

Las elecciones indefectiblemente se plantean en términos de contienda, está en juego el poder y ya se sabe que es una de las mas apetitosas viandas de las que puede disfrutar un ser humano, no en balde, una vez probado, cuesta tanto trabajo el hacerse el ánimo a perderlo, a no tenerlo, o al simple hecho de irse disminuyendo. Una visión madura del electorado y de los partidos políticos como entidades de interés público, implicaría que cada candidato, su propuesta y la plataforma de su partido, constituyese una oferta que conjuntamente con la de sus homólogos, formase un menú del cual el elector “elegiría” la opción que en ese “Hic et Nunc” (aquí y ahora) consideráse el mas adecuado, considerando el entorno, el momento, y la oportunidad. Colin Crouch en su libro “Posdemocracia” señala que las elecciones tienden cada vez mas a ofrecer el candidato como un producto mercadológico, seleccionado y preparado para ofrecer una propuesta apetitosa que el elector está dispuesto a adquirir. El diseño de la campaña, la utilización de los colores, el apoyarse en “jingles” pegagosos y agradables, la utilización de lemas de fácil memorización como “a que no puedes comer sola una”, hacen, dice Crouch, que el mensaje tienda a ser relegado y a que el voto finalmente responda a criterios subjetivos, que, considera este escribidor, tienen razón y validez, el elector evalúa si el candidato le resulta agradable, si sus propuestas le parecen realizables, si sus programas los considera viables, atendiendo a un cúmulo de factores que se actualizan al momento de emitir el voto.

Quizás a esa complejidad de factores, de los cuales muchos apenas sean la punta del iceberg, se deba que los ejercicios metodológicos para apuntar hacia donde se inclina la intención del voto, se estrellan con la realidad en el momento del ejercicio del sufragio. No es difícil estimar también que en una buena medida el elector oculta su intención real de voto, por temor, por discreción, o simplemente “porque no” quiere dar a conocerlo. Posiblemente también hay casas encuestadoras que se prestan a presentar supuestos ejercicios de medición, que en realidad se utilizan como instrumento de propaganda, subyaciendo la perversa intención de influir en la intención del voto, a partir de pretender presentar como un hecho que la encuesta favorece ampliamente a quien les contrató. Las “sorpresas” en los resultados, en términos generales, no suelen serlo. Quienes manejaban encuestas serias tienen menos sobresaltos.

El recuento apresurado de los resultados y la intención de personalizarlos arroja al menos dos grandes perdedores y un gran ganador: El Presidente de la República y el Presidente del Partido Revolucionario Institucional, los perdedores, el Presidente del Partido Acción Nacional, el ganador. Esquematizarlo así, es, lo reconozco, un tanto irresponsable, pero, el Presidente de la República está a la mitad de su mandato, momento en el que se supone haya logrado consolidar el control político del país. La apuesta del Licenciado Peña Nieto a los cambios estructurales, y su apuesta al fortalecimiento del presidencialismo y al centralismo como opción de gobierno, parece no haberle rendido los frutos esperados. Su popularidad ha caído a índices muy bajos, y las medidas “cuasi populistas” como la legalización de la mariguana y el matrimonio igualitario, no le redituaron en términos de popularidad y, por otra parte parecían innecesarias toda vez que el cambio se daría a partir de la jurisprudencia de la Corte.

El Presidente del Partido Revolucionario Institucional, estaba nimbado por el aura de la política. Se veía como el prototipo del político que conjuntaba la sagacidad y colmillo retorcido de los viejos practicantes de la política como Fernando Gutiérrez Barrios con quien se forjó, y la inteligencia y determinación de una nueva escuela cuyo prototipo sin duda es Carlos Salinas de Gortari. Los resultados parecen resquebrajar su imagen que costará reconstruir, ante los resultados sin duda sorpresivos que favorecieron al PAN bajo la presidencia de un joven intuitivo y talentoso, y un equipo que supo capitalizar el descontento.

El caso Aguascalientes merece una reflexión por atípico. De las doce entidades federativas en las que se desarrollaron elecciones, Aguascalientes presenta las mejores calificaciones en los rubros de seguridad, eficiencia, manejo de recursos, disminución de deuda pública, creación de empleos, inversión directa, educación, turismo, deporte, salud pública, etcétera. El electorado al parecer evaluó otros aspectos que se reflejaron en las urnas. La alternancia llegó para quedarse y, a quien el voto eligió, tiene un listón muy alto a mejorar. ¡Qué sea para bien!.

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