Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaLa verdadera riqueza de las naciones es su gente, no sus recursos naturales, reservas financieras o potencial bélico. Si partimos de esta premisa, el modelo político y económico de los países debe estar al servicio del desarrollo integral de su población. Vida saludable, educación de calidad y trabajo decente son derechos humanos fundamentales.

Como comentamos en nuestra colaboración anterior, el Informe sobre Desarrollo Humano 2015 de Naciones Unidas (PNUD), dejó claro que la globalización y las nuevas tecnologías están transformando el modo de ganarse la vida, creando nuevos retos a países en desarrollo que, como México, todavía no superan vicios ancestrales de sobreexplotación laboral y discriminación por raza o género.

De acuerdo a Dani Rodrik, profesor de Economía Política en la Universidad de Harvard, los actuales países desarrollados acumularon su riqueza a costa de una enorme cuota de trabajo penoso de su propia población.

La Revolución Industrial provocó un movimiento en masa desde el campo a las ciudades para satisfacer la creciente demanda de mano de obra de las fábricas. Por mucho tiempo los trabajadores disfrutaron poco de los beneficios del aumento de la productividad; incluso, algunos indicadores, como la altura media de los trabajadores, sugieren que los niveles de vida empeoraron.

“Los beneficios del capitalismo comenzaron a repartirse sólo cuando se agotó el excedente de trabajadores rurales, y cuando los trabajadores se organizaron para defender sus intereses”, advierte Dani Rodrik.

Con el tiempo, la democracia y la ley permitieron a los trabajadores apropiarse de una mayor parte de los excedentes de las empresas y mejorar sus condiciones de empleo, reduciendo la jornada laboral y generalizando la seguridad social. La inversión pública en educación y capacitación aumentó la productividad de los trabajadores y les dio más libertad de elegir.

Los empleos fabriles no se hicieron más agradables, pero la aparición de empleos de oficina hizo posible un nivel de vida de clase media, con todas sus posibilidades de consumo y oportunidades de estilos de vida.

Conforme el avance tecnológico permitió producir la misma cantidad o más de acero, automóviles y dispositivos electrónicos con menos mano de obra, los trabajadores “sobrantes” se pasaron de la industria a los servicios: por ejemplo, educación, salud, finanzas, entretenimiento y administración pública. Así nació la economía post-industrial, donde los profesionales de servicios disfrutan de un control mucho mayor de su vida diaria y sus decisiones laborales.

Pero para los trabajadores menos capacitados, la transición a una economía de servicios estuvo acompañada por un debilitamiento de los sindicatos y de las normas sobre protección del empleo e igualdad salarial, lo que menoscabó su poder de negociación y estabilidad laboral.

En la actualidad, los países en desarrollo enfrentan el reto de las trasnacionales que trasladan sus actividades de manufactura y servicios atraídas por nuestros bajos salarios, fenómeno resultante de la enorme disponibilidad de población en edad de trabajar y su escasa preparación.

Pero nada impide a nuestros gobiernos exigir mejores condiciones de empleo, en una etapa más temprana del desarrollo que la que ha sido la norma histórica. “Así como la democracia política no necesita esperar a que aumenten los ingresos, la introducción de una fuerte normativa laboral no tiene por qué ir por detrás del desarrollo económico. Los trabajadores no deben ser privados de derechos fundamentales en nombre del desarrollo industrial y el éxito exportador”, establece el profesor Rodrik.

Precisamente fenómenos como la globalización y las nuevas tecnologías permiten alcanzar más rápido la etapa de economía de servicios, en un proceso denominado “desindustrialización prematura”. Con un sistema educativo eficiente, pertinente y de calidad, México podría lograr que buena parte de su población se gane la vida por cuenta propia y bajo sus propias condiciones de empleo. La riqueza de México es su gente. Sólo requerimos liderazgo, visión y compromiso de parte de quienes nos representan en todos los órdenes de gobierno.

Deseo aprovechar esta oportunidad para dar las gracias a los lectores por el tiempo y atención que han brindado a esta columna, y desearles toda clase de éxitos y bienestar en este año que comienza.

Y desde luego también reiterar el agradecimiento por la hospitalidad a El Heraldo y a su Director Corporativo, Lic. J. Asunción Gutiérrez Padilla, así como por el trabajo de cada uno de quienes hacen posible la edición de este diario.

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