“Si un hombre ve tres partidos de futbol  americano seguidos, deberían declararlo  legalmente muerto”
Erma Bombeck, humorista norteamericana.

El doctor Bennet Omalu (Will Smith), inmigrante nigeriano residente en los Estados Unidos como forense especializado, ha detectado algo: el futbol americano mata. Este deporte que ingresa miles de millones de dólares a las arcas de la National Football League (NFL) a través de mercadeo, patrocinios, posicionamiento multimedia y a la vez derrocha dichas ganancias en onerosos salarios para sus jugadores estrella también implica un riesgo de cualidad fatal que se cultiva a largo plazo debido al prolongado maltrato físico que reciben sus jugadores y que es uno de los requerimientos básicos en su praxis como componente esencial en su manifestación de entretenimiento masivo, y aún si las consecuencias de dicha molienda anatómica -deterioro muscular, óseo, neurológico e incluso emocional- debiera ser evidente o sentido común para sus fervorosos practicantes y espectadores, cualquier objeción moral que brote en la conciencia de sus seguidores se desecha inmediatamente en aras del estupor febril que produce el fanatismo exacerbado producto de la mórbida fascinación que despierta la violenta colisión de cuerpos a la caza de un balón oblongo. Y aquí entra el conflicto de intereses que plantea el doctor Omalu en esta cinta directamente a la mesa de la NFL, pues ha recibido el cadáver de un jugador de los acereros de Pittsburgh llamado Mike Webster (David Morse) quien a sus 50 años muestra un organismo sano pero mente misteriosamente estropeada, el pico de un iceberg conformado por diversos jugadores veteranos que comienzan a caer como moscas víctimas de lo que el galeno protagonista ha denominado ETC (Encefalopatía Traumática Crónica), producto de una proteína química gestada en el cerebro tras una repetición constante de golpes violentos y que eroga en una demencia que orilla a sus víctimas al suicidio consciente. Esta premisa resulta muy atractiva, pues con un manejo maduro y puntual con baños de ácido argumental podría generar una reflexión válida sobre la condición y alcances de índole funesto sobre un espectáculo avalado por las masas, poniendo en entredicho la validación social por una profesión atlética que irónicamente debería promover el buen estado físico y mental, incluso existe ya un documental producido por la PBS titulado “League Of Denial” (Michael Kirk, 2013) que aborda este tema con claridad, resolución y gran efecto dramático. Pues “La Verdad Oculta” deja caer el ovoide en todos los sentidos ya que su narrativa jamás ubica su eje argumental, sesgando severamente su premisa y las investigaciones a cuadro del doctor Omalu con la vida personal de éste, incluyendo una macabra obsesión por hablar con los occisos que llegan a su mesa de operaciones tratando de hacer pasar su morbidez por un ejercicio de libertad creativa que exaspera justificadamente a los colegas de este forense nigeriano, así como su elación sentimental con otra inmigrante africana (la talentosa y aquí desperdiciada Gugu Mbatha-Raw), que llega fortuitamente a su vida no para ofrecer una alternativa o diversificación narrativa sobre la lucha que Omalu entabla contra un poder económico y mediático más allá de su comprensión, sino como una mera extensión de su condición extranjera que es tanto paño de lágrimas como adorno de género sin evolucionar como instrumento de discurso.
Will Smith, por otro lado, demuestra una vez más cuán impedido se encuentra histriónicamente hablando al no lograr su consagración como actor dramático, ofreciendo un acento africano de caricatura y confundiendo peculiares gesticulaciones en lugar de trabajo expresivo para tratar de producir empatía en su perseguido personaje, sacrificando credibilidad. Por su parte, la labor del guionista y director Peter Landesman es por demás errática y blanda, pues la NFL no recibe los impactos que debiera como institución responsable en monitorear la salud mental de sus veteranos a causa de lo que ella exige en la cancha en un acto de sumisa concesión a la empresa para evitar, supongo, algún tipo de reclamo publirrelacionista, curiosamente lo inverso a lo que se supone el personaje principal representa como fundamento de principios éticos, además de trivializar un poco con sus posibilidades discursivas, prefiriendo acomodar al protagonista en una senda de martirio médico contra un Goliat corporativo para granjearse una forzada alianza con el público más incauto, sin que el conflicto alcance profundidad, restando interés en el resultado.
La película tenía potencial para lograr una anotación en términos de reflexión sociocultural en cuanto a la adoración pública por un deporte fiero y de brutal impacto, pero todo termina como una sucesión de pases incompletos que nunca logran cuajar la trama del todo. Tal vez en un futuro próximo algún osado director o productor se atreva a realizar en nuestros fueros una cinta sobre la aniquilación de neuronas producto del futbol soccer. Por supuesto, me refiero a la de su audiencia, no a los multimillonarios analfabetas en tachones que la producen.

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