Luis Muñoz Fernández

 Dice Michael J. Sandel que vivimos en una época en que casi todo puede comprarse o venderse. Y que esta situación no es algo que hayamos elegido deliberadamente, sino que se nos ha echado encima. A lo dicho por Sandel podríamos añadir que esta imposición ha sido tan sutil que, pasando sigilosamente frente a nuestra conciencia, se ha convertido en el filtro a través del cual percibimos la realidad. Es más, se ha convertido en nuestra única realidad. ¿Quién estaría hoy tan loco como para atreverse a cuestionar las innegables bondades del mercado?

El mercado no suele tomar en cuenta lo relativo a la vida buena, no hace consideraciones éticas y, además, no es neutro. Cuando carece de límites morales corroe todo lo que toca, especialmente ciertas cosas buenas de la vida que se corrompen cuando las convertimos en mercancías: salud, educación vida familiar, naturaleza, ciencia, arte, deberes cívicos, etc.

Como está ocurriendo con la sanidad pública –de esto escribiremos en otra ocasión–, el Estado ha iniciado un proceso de retirada económica (léase recortes) en el ámbito de la educación pública. Se está deshaciendo de sus responsabilidades sociales para dejarlas completamente en manos de la iniciativa privada, es decir, en manos del mercado.

Nuccio Ordine, en su extraordinario manifiesto La utilidad de lo inútil, señala que esta retirada cambiará radicalmente la función de los profesores y la calidad de la enseñanza. La advertencia de Ordine, más que dirigirse al futuro inmediato, es una descripción del presente. Una actualidad que ya podemos ver claramente como está sucediendo hoy no sólo en otros países, sino en nuestro propio medio. Por ejemplo: se observa un descenso sin atenuantes de los niveles de exigencia para permitir que los estudiantes superen los exámenes con más facilidad.

En lugar de que las universidades exijan mayores sacrificios a los estudiantes, se busca atraerlos mediante la perversa reducción progresiva de los programas y la transformación de las clases en un juego interactivo superficial, nos dice Ordine. Y esta actitud de las universidades se ve reforzada por los responsables gubernamentales de la educación, quienes usan las acreditaciones (y los apoyos económicos implícitos) para presionar en este sentido a los centros educativos. Un sentido con intereses políticos y económicos que privilegia la cantidad por encima de la calidad.

Las universidades, los profesores y los alumnos se ven afectados por estos cambios. Los estudiantes de las universidades de prestigio esperan que sus profesores sean competentes y eficaces, pero también sumisos, pues pagan cuantiosas sumas por la inscripción y las colegiaturas. Por lo mismo, desean graduarse cuanto antes para ganar dinero y así recuperar lo invertido. Las universidades, por desgracia, venden diplomas y grados […], ofreciendo cursos y especializaciones a los jóvenes con la promesa de obtener trabajos inmediatos y atractivos ingresos, plantea Ordine.

Y respecto a los profesores, señala lo siguiente: También los profesores se transforman cada vez más en modestos burócratas al servicio de la gestión comercial de las empresas universitarias. Pasan sus jornadas llenando expedientes, realizando cálculos, produciendo informes para (a veces inútiles) estadísticas […]. Parece que nadie se preocupa, como debería, de la calidad de la investigación y la enseñanza. Estudiar (a menudo se olvida que un buen profesor es ante todo un infatigable estudiante) y preparar las clases se convierte en estos tiempos en un lujo que hay que negociar cada día con las jerarquías universitarias.

La universidad se ha sometido al imperio de intereses que le son ajenos. Pareciese que su principal cometido es adiestrar sujetos dóciles al servicio de la maquinaria económica. En palabras de John Dewey: el logro viene a equivaler a la clase de cosas que una máquina bien planeada puede hacer mejor que un ser humano, y el efecto principal de la educación –la construcción de una vida plena de significación– queda al margen. Hoy y aquí somos testigos de este fenómeno.

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