Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Indudablemente los Rolling Stones son la bandera de una época; su marca. ¡Qué digo marca!: un rasguño, el desgarrón de una cultura que se levantó en armas en contra de otra, muy formalita y acartonada, de traje y corbata hasta para ir al baño. Las armas de esta rebelión fueron las guitarras, la batería, el bajo; el rock y sus canciones estruendosas. Fueron los jóvenes sesenteros que ya no les pidieron permiso a sus papis para subirle a los amplificadores de sus guitarras, sino que se sirvieron con la cuchara grande y le subieron… A los amplificadores, a las letras de las canciones, a las visiones del mundo y a las formas de ser de una época, siempre con la intención de transgredir, escandalizar, hasta que ellos mismos pasaron de la contracultura a la cultura; se convirtieron en el establecimiento, lo aceptado, una formidable máquina de hacer dinero.

Terminan los Stones con la cienmilésima interpretación de las damas del HonkyTonky Jagger nos informa: “la estamos pasando bien en México. Sean Penn vino al hotel a entrevistarme. Me le escapé. Fuimos al zocálo (sic), a las pirámides, pero lo mejor fue cuando fuimos a las luchas”, y alza los brazos y empuña las manos. Espera a que el rugido amaine, y agrega: “Charlie quiso subir al ring”. Cada afirmación es saludada con un grito de aprobación, como si el acto de nombrar los lugares que nos son familiares significara una especie de recreación.

Nadie como los Stones. Tan es así que no importa que sus conciertos se realicen entre semana, como este lunes 14 de marzo de 2016, y no en viernes o sábado; no importa. La gente aventará -aventaremos- todo con tal de estar ahí.

Al doblar la hora de cátedra roquera viene Midnight rambler, con una espléndida improvisación de guitarra y la boca más grande de los Stones interpretando en la armónica, en tanto Richards casi abraza la guitarra; la baja y la inclina hacia la vertical, como si le dijera: véngase, chiquita mía; mi niña. Ahora lleva una camisa que yo no me habría puesto ni en mis 15 años; es una prenda de un color rosa mírame que aquí estoy.

Ustedes son chidos, ¿ah?, dice el bocón, que ahora se ciñe una guitarra, aparentemente conectada, y el ensamble ataca las notas de Miss you. Por un momento, visto en pantallas, parece que Richards sufre un malestar… Se lleva una mano a la frente y se apoya en una tarima. Inmediatamente la cámara nos distrae con Darryl Jones, que se lanza en un solo de bajo. Momentos después aparece el guitarrista, ahora con un cigarrillo en la mano.

México canta increíble, dice Jagger al final, luego de colocar una bandera mexicana en el bombo de la batería, que es el tambor más grande. Acto seguido, viene Gimme Shelter, en la que el vocalista cede la voz principal a la neoyorquina Sasha Allen. El cantante se le acerca, se le recarga, se le…

Ahora llega, a punta de saltos, Jack, y de nueva cuenta la noche se ilumina con fuegos de artificio. Como durante prácticamente todo el concierto, los guitarristas van y vienen, se miran, se sonríen, se ponen de acuerdo, y muy de cuando en cuando se dicen algo, y hacen sonar las guitarras de manera celeste, sobre todo Wood, que es mejor guitarrista, aunque mantiene un perfil más bajo que Richards.

La última y nos vamos, dice sir Mick Jagger, y el ensamble se arranca con Sympathy for the devil, y de nueva cuenta miles de gargantas le hacen el coro a la guitarra solista, sensual, lenta. Las pantallas proyectan llamas, círculos rojos y al vocalista, que se ha echado en los hombros una capa roja. Termina la simpatía demoniaca, pero el coro sigue unos segundos más.

Acto seguido, tocan Brown sugar al final Jagger grita: ¡Muchas gracias México, hasta luego! Se apagan las luces y se van… Se apagan las luces y solo quedan las de la Luna y de Júpiter, que subrepticiamente; en silencio, se acerca a su culminación. Se van los músicos, aunque del otro lado todo el mundo se queda; nos quedamos, a gritar, a chiflar, a esperar.

Pero algo se mueve en el escenario, a los lados se vislumbran dos grupos de personas que van acomodándose. Segundos después a los gritos se suma un orfeón que canta el estribillo de You can’t always get that you want… El coro va creciendo poco a poco, invitando al respetable a la escucha. La canción llega y sienta sus reales, con Jagger tocando una guitarra acústica, que termina por dejar para dedicarse a lo suyo, que es la cantada.

Finalmente viene el que, en mi inútil opinión, es el himno principal de los ingleses: (I can’t get no) Satisfaction, en la que para Richards la guitarra, ya no es la mujer delicada que abrazara hace un rato, sino un rifle; una metralleta.

Al final los músicos, todos, vienen al frente, al borde del escenario, se abrazan y agradecen. Luego se retiran los acompañantes y quedan solos los cuatro Stones, que siguen un momento en la misma: los agradecimientos, los abrazos, las caravanas, las sonrisas, y adiósLos gritos no cesan, pero los vestigios de una época no vuelven. Es hora de regresar. Luego de lo que hemos visto, de la vitalidad desplegada en escena, mi amigo Víctor Baltazar me dice: ¡oye! ¡A lo mejor nos morimos nosotros primero! Pues sí; a lo mejor. O más bien a lo peor

En fin, quizá no falte mucho para saber si, efectivamente, fue esta la última gira de los Rolling Stones… (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).