Carlos Reyes Sahagún
Cronista del municipio de Aguascalientes

Para Luis Fernando Amézquita Patlán

O se mueren ellos o nos morimos nosotros; así que hay que ir, me dijo mi amigo Víctor Baltazar en octubre pasado, en referencia al anuncio de las presentaciones de los Rolling Stones en el Foro Sol del Ombligo de la Luna. Hay que ir, porque quizá sea última y nos morimos, teniendo en cuenta que sus edades fluctúan de los 68, del guitarra Ron Wood, a los 74, del batería Charlie Watts. En medio están Keith Richards y el Stone mayor, Mick Jagger, que observan con cara de ya ni modo, cómo se les acercan sus cumpleaños número 73. Entonces, como la vida no es para siempre, pues ya podemos imaginar cosas, de allá para acá, o de aquí para allá, lo que ocurra primero. Así que hay que darse prisa…

O nos morimos nosotros o se mueren ellos, dijo Víctor. Así que hay que escucharlos con toda atención; agregar esa estrella al currículum, para que se vea que uno es persona confiable; educada e ilustrada, dotada de buen gusto musical. Y a propósito de currículum, yo tengo en el mío el honor de haber estado en el primer concierto que ofrecieron en México, el primero, en el ahora legendario enero de 1995, entonces al lado de mi amigo Gustavo Vázquez Lozano.

Llegamos a México… La aproximación es, por decir lo menos, dantesca… Lechería, Cuautitlán, Tlalnepantla, Naucalpan. ¿Qué habrá hecho toda esta gente para merecer este destino? Este amontonadero de cosas, casas, calles, gente, automotores, basura, tiliches, bodegas, fábricas, el cielo grisáceo, la contaminación visual y auditiva, lo feo omnipresente… ¿Qué habrá hecho? Veo todo esto y se me figura que Dante Alighieri fue en verdad genial. ¡Mira que haber escrito la parte sobre el infierno de su Divina Comedia sin haber entrado a México por la autopista a Querétaro!… ¡En verdad qué gran imaginación la suya!

Llega la noche y con ella la hora del concierto, que inicia con Start me up, el primero de los 18 temas que interpretarán esta noche. Start me up… Se trata de una canción de lo más elemental, que por esta guitarra inicial sería fuerte candidata a despertar a las almas el día del juicio, para efectuar el procedimiento de separación del trigo y la cizaña, los buena onda y los ojetes de esta vida, y dar a cada quien su merecido; nomás eso… Start me up: Me enciendes, me pones como agua para chocolate, madrecita, ¡Yeeeees!…

Algunos de sus temas son mucho más que eso. Son himnos, declaración de principios, estatutos y programa de acción de vida, como una línea partidista que se adopta. Por ejemplo (I can’t get no) satisfaction, Honky Tonk women, Jumping Jack flash, Wild horses, You can’t always get what you want, It’s only rock n’ roll (but I like it), Street fighter man, Sister morphine, Sympathy for the devil, Start me up…

Terminada la primera pieza, Jagger clama: ¡Buenas noches! ¿Cómo están allá? Sigue It’s only rock & roll, but I like it. Perpendicular al escenario, y al centro de éste, se abre un corredor de unos 30 metros de distancia, que Richards, y sobre todo Jagger, utilizan con alguna frecuencia. Contra el fondo de las enormes pantallas, intensamente iluminadas, se ven tan pequeños; tan como nosotros… Trotan, se contorsionan, se mueven. Richards parece luchar con el instrumento. Se agacha como si la guitarra tirara de él, la adelanta, la gira, la acaricia, la estruja…

¡Hola, México; hola pues!, grita el vocalista al concluir, y siguen con Tumbling dice. El cantante se desabrocha la camisa –trae debajo una playera– y baila. Es como si sus piernas fueran de plástico. Además, contra la oscuridad en que nos encontramos, e iluminado por los reflectores seguidores, pareciera que flota, etéreo sobre esta tierra de magueyes y mezquites.

Además de la música, Mick Jagger es la gran atracción, su ingenio, desenfado con el que se mueve y habla. Entre Tumbling dice y la siguiente, Out of control, agradece en inglés, y luego, como con ganas de no equivocarse ni de palabras ni de sentido, dice en un español lento, así como para permitir la manifestación del respetable: “hace 10 años que no veníamos a México. (¿Ya oíste? El Jagger dijo la palabra México) ¡Un chingo de estar de vuelta! Antes tomábamos tequila; ahora tomamos mezcal –¿habría dicho mezcal con z, o con s?–. Regresa al inglés y anuncia Out of control, en la que tocará el órgano de boca. Sí, mejor en inglés… Se ve que durante los años de matrimonio con Bianca Jagger no hablaron mucho en castilla. ¡De veras, qué manera de moverse la suya, qué bárbaro! Se queda parado en un pie, se mueve lentamente, se contorsiona, se… A la hora de la guitarra solista, las pantallas muestran la mano derecha de Keith Richards haciendo que la guitarra ruja, se enseñoreé del aire y embriague nuestros oídos, amén. Son las suyas unas manos venosas, toscas… Acto seguido, viene Street fighter man, en la que Richards le da a la lira con todo el corazón

Unos 30 minutos después de iniciado el concierto viene un oscuro que dura unos segundos, –¿será para un sorbo de oxígeno, la verificación de los signos vitales, etc.?–, y al final Jagger anuncia que cantarán “algo para los mexicanos románticos”: Wild horses. Pues sí, pero ¡ni modo que le agarre la mano a Víctor!, o a los doctores José Antonio Ruiz Montañez y Martín López Cruz, los otros compas con los que fui al concierto.

La siguiente pieza es otro clásico: Paint it black y después, señoras y señores: Honky tonk woman, una pieza que hay que escuchar con reverencia y de pie. Por primera vez, a Jagger se le une en el estribillo un coro de miles de gargantas… –Todos nos la sabemos. Y si no, le inventamos–. El británico baila mientras canta, y más cuando no lo hace, porque no tiene otra cosa que hacer. Pareciera que está conectado a las guitarras, y que sus movimientos respondieran a las explosiones sónicas de los instrumentos, que por momentos son como erupciones volcánicas. Se mueve, se asume presa de un ataque de rock y se entrega. Va y viene, se quita el saco y lo avienta.

Por su parte, Richards mueve violentamente el mástil de su guitarra hacia su derecha, como si apartara al instrumento de algo dañino, y acompaña el gesto con una expresión de chico malo de la calle dispuesto a atorarle con quien se ponga enfrente, los labios echados hacia adelante. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).