… Y ese oscuro sacramento cinematográfico tan suyo.

Si los profetizados cataclismos comisionados por las fuerzas naturales para purgar de humanidad este dañado planeta llegan a ocurrir, la sociedad que fructifique de entre las ruinas y retome la senda preestablecida no tendrá problemas para identificar y replicar inmediatamente la firma cultural de occidente y discernible, más que nada, por un férreo teísmo que arropa a todo acto y diseño sociocultural, en particular las comunidades latinas o hispanas, las cuales gustan de modificar sus hábitos laborales y cotidianos en circunstancias litúrgicas muy específicas que encuentran una suerte de clímax en el venerado Triduo Pascual, conmemoración anual que construye todo un ideario alrededor de la forja espiritual que suponen los símbolos acuñados por la muerte y resurrección de Jesucristo, figura insigne de la cosmogonía monoteísta en contraposición del politeísmo autóctono. Es innegable la sugestión que en la mirada creativa y analítica puede surgir ante tal manifestación doctrinal, pues representa una simbiosis de las aspiraciones espirituales y terrenas de una comunidad usualmente castigada por procesos de desequilibrio judicial, económico y de género y que ante estos atropellos le obligan a posar la mirada en otro lugar que no sea en la experiencia mundológica. Mucha tinta y celuloide ha corrido al respecto, pero un observador en particular logró desarticular muchos de los componentes de este credo para usarlos como materiales de trabajo en un discurso que hasta la fecha, a pesar de los avances en la pluralidad perceptual gracias a la diversificación de mensajes vía medios, puede considerarse polémico: Luis Buñuel.

Este cineasta de ascendencia española mantuvo una postura de eternas nupcias con el eje surrealista, lo cual, según palabras del mismo creador, “violaba la razón y la conciencia” y procreaba extensas paradojas expresivas e interpretativas. Lo más interesante radica en su amalgama propuesta para la revisión de temas evangélicos con esta línea iconoclasta, erogando en proyectos cinematográficos que incomodan a mentes pías por su trato seglar y cáustico de los procesos de fe. De hecho, todo comenzó a principios del siglo XX, cuando Buñuel se alió con ese otro geniecillo inconforme de la configuración clásica llamado Salvador Dalí con quien fraguó dos manifiestos surrealistas de exquisita fotografía y provocativas imágenes de potente envergadura simbólica: “Un Perro Andaluz”(1929) y “La Edad de Oro”(1930). Esta última una declaración contundente sobre el absoluto desdén que ambos tenían para con la grey católica y sus instrumentos dogmáticos, pues la imagen de su mesías es corrompida e incluso ridiculizada en lo que bien podría considerarse una (muy) negra humorada de grecas abstractas sobre un hombre y una mujer que deben vencer los convencionalismos que impone la civilidad moderna para consumar su amor, encontrando principal obstáculo en la ideología católica. Buñuel utiliza estos arquetipos de unos Adán y Eva disfuncionales para comenzar su embestida contra la Iglesia de manera sublime y arrebatadora.

Después de diversas incursiones en otras disciplinas artísticas (escritura, dramaturgia e histrionismo), así como una incursión fallida en Hollywood –una anécdota marcada por su rebeldía digna de una película- Buñuel terminó en nuestro país para culminar lo que podría ser la ironía máxima, pues un ateo confeso de su caladura sólo podría encontrar material excelso para su estudio y exploración en una nación de fe como la nuestra, con unos hondos surcos clericales zanjados por tal convicción levítica. Su interés por los personajes que creaba semejaba el apasionamiento que tenía fuera de los sets por la entomología, pues cada uno de ellos era diseccionado por el bisturí de la profundidad psicológica y empalado cual crisálida en la vitrina de la pantalla, como se aprecia en “El Bruto”(1953), protagonizada por un violento Pedro Armendáriz que funge de peón para un anciano locatario; “El” (1953), con Arturo de Córdova como la apoteosis de los celos desmedidos o “Ensayo de un Crimen” (1955), meticuloso retrato de un obseso criminal (Ernesto Alonso) y su deificada musa (Miroslava). En estos filmes brotan los guiños y referencias surrealistas propias de su formación, pero es en cintas posteriores cuando su desbocado interés por la religión toma el mando de sus poderes creativos para culminar en argumentos que pretenden despojar a la religión de farsas y poses. Atisbos al respecto ya se percibían en “Los Olvidados” (1950), “La Ilusión Viaja en Tranvía” (1954) y, sobre todo, en “Nazarín” (1959), pero la ideogramatización de su perspectiva sobre el cristianismo se cimentó con “Viridiana” (1961), la historia de una joven monja (Silvia Pinal) que, próxima a tomar sus votos finales, es instada por su Madre Superiora a que visite a un tío viudo (el espléndido Fernando Rey), quien sólo tiene intenciones concupiscentes para con su sobrina. Durante su estadía, Viridiana no sólo confrontará a su tío y sus carnales intenciones, sino a la dualidad moral que implica la autosatisfacción y la satisfacción de otros, en este caso, hacia unos desposeídos contratados por ella para el auxilio de las labores domésticas. El último acto de la cinta explota en un cúmulo de imaginería hereje que funciona como profunda meditación del estado cultural del hombre común y su heredado vínculo con la aspiración seráfica. Brillante y angustiante.

El prosaico panorama diseñado por Buñuel se complementó con otras dos cintas: “El Ángel Exterminador” (1962), extraordinaria sátira sobre la parálisis de la voluntad ante el conformismo proporcionado por el materialismo y la autocomplacencia a través de un grupo de burgueses quienes, después de una fiesta, son incapaces de abandonar la sala donde se encuentran. Nada de fuerzas sobrenaturales o elementos místicos, simplemente la simbología de la condición social en acción, con un ritmo en crescendo que evoluciona la narrativa a la vez que los personajes involucionan su condición, de aristócratas a náufragos caseros. Especialmente puntuales y dignas de decodificación son elementos alegóricos, como un armario con la imagen del Arcángel Gabriel utilizado como sanitario y la escena final, donde un conjunto de borregos entran a una iglesia… saquen conclusiones. El otro filme es “Simón del Desierto” (1963), un predicador (Claudio Brooks) que enuncia desde la cima de una columna su palabra de salvación, en un paraje desolado donde es tentado por una demonesa (Silvia Pinal), tan sólo para terminar en una disco de Nueva York. ¿La futilidad en la actividad profeta o una metáfora sobre el desentendimiento masivo a la espiritualidad? Como sea, el resultado es fascinante.

Poco después, Buñuel partió a Francia para esquematizar etéreamente un panorama sobre las relaciones interpersonales y la manía erotizada en modernos clásicos como “La Vía Láctea” (1969), “El Discreto Encanto de la Burguesía” (1972) o “Ese Oscuro Objeto del Deseo” (1977), pero fueron sus intrusiones en la deliberación kerigmática lo que marcó su retórica y etiquetó su imagen como un subversivo quebrantador de buenas conciencias. Tal vez, como el siempre decía, es peligroso asomarse al interior.

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