Jesús Eduardo Martín Jáuregui

 

La tortura ha prevalecido en México, por ser un instrumento eficaz, no de investigación, sino de fabricación de culpables. Amnistía Internacional, México, Tortura e Impunidad, Madrid, Amnistía Internacional (E.D.A.I.) 1991

La tortura como método inquisitorial fue usada por nuestros antepasados europeos tanto como por nuestros antepasados americanos. La hegemonía del jefe del estado llámese rey o tlatoani se sustenta en la fuerza de las armas, en el control de las finanzas y en hacer sentir la superioridad sobre sus súbditos. El delincuente se coloca contra la ley, contra el estado y contra el jefe del estado que por añadidura tiene su potestad por favor o voluntad divina, por lo tanto queda sujeto a los castigos por su comportamiento ilícito. Por añadidura si ese ser antisocial que es el delincuente no confiesa su conducta contraria a la ley, el estado (su jefe) tiene la potestad de lograr el reconocimiento de los hechos aunque no implique reconocimiento de culpabilidad y quizás menos aún, propósito de enmienda. El soberano tiene siempre el prurito de ostentarse como justo (nadie quiere ser un sátrapa aunque se comporte como tal), por eso requiere la confesión, en cuanto a la intención delictuosa por una ficción legal se presume y así se completa el cuadro para castigar al delincuente.

Con la masonería, con el liberalismo, con la Enciclopedia, con las corrientes independentistas viene una reacción contra la soberanía del monarca y cambia el acento hacia el pueblo: La soberanía ha recaído en el pueblo diría el síndico del Ayuntamiento de la ciudad de México hoy entidad federativa Ciudad de México y anticiparía el pensamiento “liberal” en el que el eje es el “hombre”. Unos años después, pocos, muy pocos, Don Ignacio López Rayón prócer reducido a calle, como tantos otros, apuntaba en sus “Elementos Constitucionales” en 1811 en el punto número 32: “Queda proscrita como bárbara la tortura, sin que pueda lo contrario aún admitirse a discusión…” Y pensar que más de doscientos años después un buen número de mexicanos, la mayoría para acabar pronto, justifica la tortura cuando se trate de investigar delitos graves.

El lunes y martes de esta semana se llevó a cabo en la vecina Zacatecas, convocado por la Comisión Nacional de los Derechos, la Sociedad Alemana para la  Cooperación Internacional y la hospedería de la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Zacatecas, el llamado Primer Encuentro Internacional Mecanismos Nacionales de Prevención de la Tortura, con la causa eficiente del décimo aniversario de la creación del Protocolo Facultativo de la ONU que creó los Mecanismos.

La presencia de notables representaciones de España, Portugal, Guatemala, Honduras, Costa Rica, Colombia, Perú, Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina y la estimulante presencia del Presidente de la CNDH, del representante del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, del Vicepresidente del Subcomité para la Prevención de la Tortura de la ONU, y de representaciones de diversas organizaciones de la sociedad civil que luchan en contra de éste, con razón llamado “flagelo” de la tortura. Por cierto llamó la atención la ausencia de Amnistía Internacional, cuyo representante en México, me consta, es muy difícil de localizar y desde luego no sería de un caso de desaparición forzosa ni forzada.

Al margen de la hospitalidad zacatecana, de la belleza de la ciudad que juega un papel relevante en cualquier evento celebrado allá, de la atingencia de la reunión y de la eficacia y eficiencia de la organización, queda siempre el sentimiento de cierta insatisfacción, que me hizo recordar a una ahijada de mi mamá, Virginia, que al terminar de comer exclamaba: ¡Bendito sea Dios, que no llené”. Pensar que solo tuvimos una probadita de las personalidades que nos acompañaron, que por la dinámica propia de la organización y la tiranía explicable del tiempo no fue posible que se extendieran en sus exposiciones, y que el “intercambio” se limitara a las preguntas que por escrito se formularon pasando por el tamiz de los moderadores. Pensar que como sibarita del conocimiento y goloso de las personalidades me quedé como dijera el Piporro: Qué gana el pobre con tener ganas de lo que tantas ganas tiene, llega otro que más gana y lo deja con las ganas. Se entiende, como señaló el Defensor del Pueblo de Colombia, la limitación de tiempo pero se lamenta, eso lo digo yo, que no los hubiéramos aprovechado más.

Quien colocó una pica en Flandes fue el Dr. José Antonio Guevara Bermúdez, Director Ejecutivo de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, que señaló una serie de acciones y de omisiones que podrían realizarse desde la autoridad y desde los órganos autónomos defensores de Derechos Humanos, particularmente la CNDH, que habría valido la pena discutir y enriquecer uno por uno. La intención es que en un tiempo relativamente corto lo tengamos en Aguascalientes dándonos un taller.

Merece la pena destacar también la intervención del Dr. Luciano Mariz Maia, Sub procurador General de la República de Brasil que señaló, palabras mas palabras menos, que sobre la tortura pesa el estigma de las cuatro “in”: invisible, indecible, ininvestigable e impunible. La sociedad, o mejor aún: las personas no la quieren ver, no la quieren aceptar como una realidad lacerante y por lo mismo inaceptable, por lo que prefieren decimos en México “hacerse de la vista gorda”, como, por otra parte, sucede en lugares cerrados, en los centros de detención, en los vehículos en que se transporta a los detenidos, en centros alternos en donde por algunas horas son torturados antes de consignarlos a la autoridad competente, en los centros de compurgación en donde son frecuentes torturas que no se denuncian por temor, etc., resulta cómodo no aceptarlo. Es indecible, quizás hubiera sido mas apropiado “innombrable”, con eufemismos se le llama malos tratos, penas crueles, tratamientos inhumanos, etc., cuando se trata lisa y llanamente de tortura, nombrarla es aceptarla y es el principio para combatirla, sin eufemismos y sin ambages; las autoridades no la quieren investigar porque son autoridades quienes la practican, la solapan porque consideran que con la detención de “culpables” gracias a la práctica de la tortura, cumplen con su cometido, sin caer mientes en que si se le diera un seguimiento cercano se encontraría la tremenda realidad de la inconsistencia de las “investigaciones” que se derrumban ante la justicia constitucional, dice Mariz: la policía sabe a quien golpear, la sociedad tiene un gran número de “intorturables”, la sociedad acepta la tortura en los “bueyes de mi compadre”, pero las clases pudientes, las clases pensantes, las clases dirigentes, son intorturables, agrega que la tortura no se puede practicar sin que los superiores estén enterados; finalmente, dice, la tortura es impunible porque ante la conspiración del silencio es complicadísimo, cuando no imposible que pueda acreditarse ante un juzgado, especialmente cuando su práctica se ha vuelto mas sofisticada, dejando pocas o nulas huellas físicas.

México fue uno de los cinco países escogidos por la ONU hace diez años para la aplicación del Protocolo facultativo para combatir la tortura, se pensaba, seguramente con razón, que nuestro país tenía los elementos personales, instrumentales e institucionales para aplicarlo y ejemplificar frente al mundo. Sí, como en muchas otras áreas, especialmente de la administración pública, lo tenemos casi todo, falta la voluntad política. Escuchar las condiciones en que se encuentran los países de Iberoamérica, con las excepciones quizás de Argentina, Chile, Uruguay y Colombia, no es consuelo.

Sigue lacerantemente vigente el documento El infierno de Dante, elaborado por la Coordinadora de Comités de Derechos Humanos de Internos del Distrito Federal, hace algunos años: La tortura en México se institucionaliza como medio de represión y control social, hasta convertirse en una norma de conducta de los cuerpos policíacos que, con su impunidad, hacen nugatorio el estado de derecho a que aspiran el pueblo y el gobierno […] la tortura lejos de desaparecer, no sólo persiste sino que se institucionaliza, con la complicidad de la judicatura y la ineficiencia de la CNDH para abatir la impunidad de los torturadores.

La Convención Interamericana para prevenir y sancionar la tortura, aprobada por la Asamblea General de la OEA en diciembre de 1987, definió la tortura como: … todo acto realizado intencionalmente por el cual se inflijan a una persona penas o sufrimientos físicos y mentales, con fines de investigación criminal, como medio intimidatorio, como castigo personal, como medida preventiva, como pena, o con cualquier otro fin. Se entenderá también como tortura la aplicación sobre una persona de métodos tendientes a anular la personalidad de la víctima o a disminuir su capacidad física o mental, aunque no causen dolor físico o angustia psíquica.

Max Weber se formulaba una inquietante pregunta ¿lo malo es malo porque lo prohibimos o lo prohibimos porque es malo? probablemente la respuesta no pueda ser un sí o no. Las prohibiciones parten de un constructo cultural que en un lugar y tiempo determinado fija un catálogo de conductas aceptables y de las inaceptables. Aún aquellas que se consideren inmutables como el respeto a la vida, se matiza culturalmente. En el occidente el suicidio tiene una carga negativa, en el cristianismo es una ofensa a Dios y a su plan de salvación, en el oriente, el suicidio ritual es valorado como un acto de suprema dignidad.

Resulta por lo menos difícil de explicar en Aguascalientes, en donde tenemos la presunción de tener un nivel de información, de comunicación y, en una palabra, de cultura, por encima de la media nacional, escuchar las expresiones comunes en niveles de ignorancia, tales como “los derechos humanos son para los humanos derechos” que implican, otra vez, una distinción apriorística. Los humanos “derechos” tienen derechos, los “otros”, los pobres, los migrantes, los que no son “gente” pueden ser sujetos de vejaciones, de maltratamiento, aún de tortura.

Parece pensarse: La tortura es mala pero no lo es quien la aplica si lo hace para lograr castigar a un malo. Lo malo se justifica por el fin. Una doctrina bastante conocida de la que tuvimos en Aguascalientes una versión reciente, en la opinión de monseñor Ramón Godínez: Las limosnas de los narcos se santifican cuando llegan a manos puras que las usarán para un fin benéfico. La contradicción es clara. En el estadio actual los derechos humanos se reconocen y corresponden a la dignidad humana. La tortura es inaceptable bajo cualquier circunstancia. La autoridad es responsable desde el jefe hasta el ejecutor y la sociedad, las personas, en la medida que son el ciego que no quiere ver.

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