Por Jesús Álvarez Gutiérrez 

ciudad-vivaHace algunos siglos todavía se discutía si la Tierra era plana o redonda. Hoy el debate es si el mundo puede crecer económicamente de manera continua o si estamos condenados a un estado permanente de aletargamiento. “La tierra es plana y debemos aprender a sobrevivir en un estancamiento secular: bajo crecimiento, baja inflación y bajas tasas de interés”, dice la revista norteamericana Foreign Affairs en su edición más reciente.

El caso de Japón es paradigmático. Mientras más eficiente se vuelve, más bajos son los precios y menor el incentivo de los consumidores para comprar hoy: mañana será más barato. A este círculo deflacionario se le denomina “síndrome japonés”. Para Japón no es un problema; ocupa los primeros lugares de desarrollo en el mundo: mayor esperanza de vida, menor tasa de criminalidad, y excelentes sistemas públicos de salud y educación. Su tasa de desigualdad social no pone en riesgo la calidad de vida de su población en general. Esta etapa de “postcrecimiento” se enfoca en el bienestar de la gente, y no en el crecimiento del producto interno bruto.

En el caso de México y de los países subdesarrollados, el bajo crecimiento de la economía mundial deteriora cada vez más las precarias condiciones de sus poblaciones. El bajo crecimiento combinado con alta concentración del ingreso y la riqueza crea un coctel explosivo.

Necesitamos crecer para distribuir, y distribuir para crecer. Lo primero lo entienden bien nuestros políticos, pero desgraciadamente no compran lo segundo. Por eso la desigualdad social y la pobreza siguen agravándose, como han denunciado Thomas Piketty y varios premios Nobel de Economía.

La desigualdad social y la pobreza se han convertido en problemas difíciles de desterrar porque tienen raíces profundas en la cultura del egoísmo reinante en nuestros tiempos. José A. Lozano Díez dice que la visión del hombre como “homo oeconomicus”, egocéntrico, que sólo piensa en su beneficio individual, nos hace homínidos, es decir, “parecidos al ser humano” pero no humanos porque carecemos de rasgos determinantes de la persona humana: solidaridad, cultura, espiritualidad, dignidad y virtudes tan esenciales como el altruismo.

En la lista anual de la revista Forbes 2016 aparecen los 1800 empresarios más ricos del mundo, y en ella se reflejan las transformaciones de la economía global. Hace 25 años las fortunas más importantes se derivaban de imperios inmobiliarios; la lista de este año nos habla de un mundo donde las tecnologías se han convertido en la principal fuente de creación de valor. Es liderada por Bill Gates (Microsoft), Amancio Ortega (Zara), Warren Buffet (BerkshireHathaway), Carlos Slim (América Móvil), Jeff Bezos (Amazon), Mark Suckerberg (Facebook). Entre los innovadores aparecen muchos emprendedores brasileños, sudcoreanos, chinos, estadounidenses y muy pocos mexicanos.

Los 14 mexicanos que aparecen en esta larga lista están encabezados por Slim, a quien le ha costado más de 20 mil millones de dólares la reforma en telecomunicaciones recientemente implementada en México, pero todavía ostenta 50 mil millones de dólares. Luego siguen Germán Larrea, Alberto Bailleres, Eva Gonda, Ma. Asunción Aramburuzabala, Jerónimo Arango, Ricardo Salinas, Antonio del Valle, Emilio Azcárraga, Carlos Hank Rhon, José y Francisco Calderón Rojas, Roberto Hernández, David Peñaloza y Alfredo Harp Helú; en conjunto estos trece empresarios concentran una fortuna equivalente a la de Slim.

La desigualdad en nuestro país surge de varios factores, entre los que menciono dos: por un lado, la ausencia de competencia en sectores claves de la economía y, por otro lado, la enorme polarización que existe en el sistema educativo que tiende a preservar (y, por lo tanto, ampliar) la desigualdad. En la medida en que un niño de clase media urbana tiene mejores oportunidades de aprender que el hijo de un campesino en la sierra de Oaxaca, la brecha de desigualdad se va ampliando. Y más cuando la educación se ha entendido como instrucción, capacitación, trasmisión de conocimientos técnicos para formar mano de obra para maquiladoras internacionales.
Una educación de calidad, enfocada al desarrollo integral de la persona humana, es fundamental para elevar el bienestar de nuestra población. Si bien algunos de los innovadores que más han dejado huella no terminaron la universidad como Thomas Alva Edison, Albert Einstein, Bill Gates, Steve Jobs, Michael Dell y Mark Suckerberg, lo cierto es que se trata de individuos excepcionales que tenían obsesión por crear y comprobar su talento. No es el caso del 50 por ciento de los estudiantes mexicanos que abandonan sus estudios de bachillerato y/o de universidad.

En la actualidad hay varios miles de jóvenes en México con el deseo de inventar algo que “pegue” en el mercado, un software, una app o un videojuego que los haga ricos y famosos. Sueñan que serán descubiertos por algún inversionista ansioso de encontrar un geniecito. La triste realidad es que un porcentaje ínfimo de estos emprendedores llega siquiera a presentar sus proyectos a inversionistas, y sólo unos cuantos crean una start up. Ni la política educativa, ni la industrial, ni la laboral, ni la fiscal favorecen a nuestros emprendedores.

Aunque el mundo sea plano, México puede crecer si se anima a cambiar las políticas que no funcionan. Aguascalientes puede poner el ejemplo a nivel nacional, apostándole al conocimiento, la innovación y la generación de valor, a través de la investigación y el apoyo a los emprendedores locales.

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