Luis Muñoz Fernández.

 Mi secreto deseo es que estas páginas convoquen a los que no entienden que el hombre pueda odiar al hombre, en la esperanza de que al terminar su lectura se pregunten más bien cómo es posible que ellos alguna vez, y tantos tontos todavía, hayan creído tener que amarlo.

Ariel Magnus. Oda al odio, 2015.

Generalizar sobre las virtudes y los vicios es muy peligroso. Por eso es una verdadera ingenuidad considerar buenos a todos los aguascalentenses sólo por el hecho de serlo, aunque puede comprenderse que este calificativo busca, más que describir una realidad, señalar un noble ideal al que todos deberíamos aspirar. Siempre hay que tener los pies en la tierra y reconocer que ni la bondad es una prerrogativa exclusiva de los originarios de aquí, ni la maldad es característica de los foráneos. Esto es algo tan evidente e indiscutible que sorprende como todavía hoy algunos “líderes de opinión” esgriman con inusitada frecuencia esta forma de maniqueísmo. Dicho brevemente: “en todos lados se cuecen habas”.

Es muy preocupante que en nuestra comunidad tengan notable arraigo e influencia la intolerancia, el dogmatismo y la ignorancia, tanto de la realidad social como de la naturaleza humana, a despecho de un conocimiento científico creciente y dinámico, así como de los avances sobre los derechos humanos que se observan en otros estados y países. De ahí el interrogante plasmado en el título.

El fomento a la discriminación de los homosexuales que se impulsa sin rubor desde la jerarquía eclesiástica a través de diversas agrupaciones “laicas” y “defensoras de la vida y de la familia natural” es verdaderamente lamentable. A estas alturas de la historia de la humanidad no debemos aceptar ese discurso de odio que a veces se disimula con una falsa pátina de conmiseración.

Debe quedar muy claro: la homosexualidad no es una enfermedad ni un delito y, si desde el punto de vista de algunas religiones es un pecado, entonces el problema está en los que sostienen esas creencias. Por vivir en un estado laico, no debemos permitir que las creencias religiosas, por otro lado respetables, determinen nuestras reglas de convivencia, es decir, nuestras leyes. Los homosexuales, por el hecho de serlo, no necesitan la misericordia de los creyentes, sino leyes justas que les garanticen de manera palpable y práctica la igualdad con el resto de los ciudadanos.

A nuestros legisladores, que hasta ahora han incumplido el mandato constitucional de legalizar el matrimonio (mal les pese a los puritanos del lenguaje) entre personas del mismo sexo aduciendo argumentos impropios de su investidura, ocultando unos su temor al poder eclesiástico y anteponiendo otros sus creencias religiosas personales a su alto y más que bien remunerado deber como funcionarios públicos, les recordaremos que no habrán de sustraerse del juicio de la historia, aunque le apuesten a la desmemoria y a una indiferencia ciudadana que cada vez es menor, incluso en este idílico rincón de la República Mexicana.

Los frutos de la intolerancia que ya empiezan a darnos fama en el ámbito nacional e incluso internacional (“Mañana se podrá casar un señor con un perrito”, publicado en: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/01/actualidad/1412136056_350588.html) se acumulan y favorecen un ambiente adverso para quienes son tachados de enfermos o pecadores. Este lunes 27 de junio de 2016 –“mal empieza la semana para el que ahorcan en lunes”– nos enteramos de que un homosexual fue atropellado y muerto al ser embestido por un vehículo cuando se dirigía a una marcha para defender sus derechos como miembro de esa comunidad. Aunque se trató de un accidente de tránsito, no puede dejar de advertirse cierta falta de protección oficial, con el bloqueo de calles y la vigilancia policíaca, que normalmente se da a las manifestaciones públicas autorizadas como esta. Mucho tenemos que avanzar como sociedad para que hechos tan tristes y condenables no vuelvan a repetirse. Para aquellos que, a través de las redes sociales –“las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas”, decía Umberto Eco–, justificaron o incluso celebraron la muerte de Luis Fernando Ferra Aguilar, sólo caben el firme rechazo y la esperanza de que algún día superen su ignorancia y crueldad.

Una de cal por las que van de arena. La reciente titulación como Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes de Ingrid Aneth Gómez Ramírez, la primera mujer transgénero en hacerlo aquí, es un avance. La Universidad obró de acuerdo a las leyes vigentes. Graduó a una mujer según consta en las actas del Registro Civil. Por esta vez, privó la razón expresada en nuestras leyes, al margen de las posibles creencias religiosas de los involucrados.

Quienes ven en hechos como este o en la legalización de los matrimonios del mismo sexo una amenaza para el tejido social o un complot de origen internacional para debilitar y así dominar al género humano, reproducen la conducta de muchos sacerdotes durante la epidemia de peste bubónica que asoló Europa en el siglo XIV. Aquellos clérigos azuzaron el odio contra los judíos a quienes culpaban de envenenar el agua que bebían los cristianos. Esa paranoia es la más peligrosa, aquella que funda la propia identidad (racial, religiosa, política o sexual) en el rechazo a los que son diferentes. Alineación bajo la bendición de un dios iracundo que, por lo visto y lejos de la caridad que predican sus ministros terrenales, detesta la diversidad y la libertad de sus propias criaturas.

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