Luis Muñoz Fernández

La buena y la mala suerte. La fortuna que le sonríe o le llora a un ser humano es un corte de caja que sólo se cierra con la muerte, nunca antes. El decir popular establece que hay quienes nacen con buena estrella y quienes nacen estrellados. Los ejemplos salen sobrando. No cabe duda de que existe un destino que se manifiesta desde la cuna. Es más simple tener buena suerte que esforzarse por tener buena suerte. Ante la variedad múltiple de circunstancias existenciales resulta ingenuo y amañado hablar de justicia. Nadie se lo cree. También están aquellos cuyas vidas transcurrieron sin mala y sin buena suerte. Una especie de mediocridad en la fortuna en que no se dieron las grandes catástrofes de la vida, pero tampoco los grandes logros. Como el estornudo que se anuncia pero que no ocurre. Para algunos la vida ha sido llanto, para otros, risa y para el resto, una mueca. Hay quienes logran un llamado golpe de suerte, una gran carcajada.

 

Eduardo Césarman. “El saldo final” en: Morralla, 1989.

La joven mujer yacía en la mesa de autopsias y uno de los residentes de patología leía en voz alta su historia clínica. Había sido prostituta, una vida muy difícil, sin duda. Súbitamente, uno de aquellos jóvenes médicos pronunció la palabra “pecadora”. Y así se refirieron a ella –a su caso– desde entonces. El joven médico adscrito que supervisaba a los residentes enarcó las cejas y sepultó aquel epíteto en su memoria durante más de veinte años… hasta hoy.

Larga ha sido la tradición de una relación paternalista entre los médicos y los enfermos. Por siglos se asumió como incuestionable la idea de que sólo el médico sabía lo que verdaderamente le convenía al enfermo bajo su cuidado. La opinión de este era soslayada, especialmente si su postura se oponía a la del médico. Con una asimetría tan marcada en esa relación, se podían esperar ciertos abusos. Así ha sucedido y sigue sucediendo. Esta problemática es uno de los temas de la reflexión bioética: las relaciones sanitarias.

En las sociedades democráticas actuales y a partir de elevado nivel jerárquico que tiene entre los deberes éticos en la relación asistencial el respeto a la autonomía del paciente, se tiende a abandonar la relación médico-paciente de tipo paternalista que ha predominado a lo largo de la historia para reemplazarla por un modelo de colaboración médico-paciente.

Como su nombre lo indica, se trata de incluir al paciente en las decisiones que tienen que ver con su salud, tomando muy en cuenta sus deseos que, salvo contadas excepciones –daños a terceros y repercusiones en la salud pública–, deben ser respetados. Es en este modelo que han surgido aspectos tan importantes de la práctica médica y la investigación biomédica como el consentimiento informado y los documentos de voluntades anticipadas.

Si bien este modelo de colaboración se ha privilegiado en las últimas décadas, debe reconocerse que todavía no se ha generalizado, sobre todo en las sociedades poco democráticas o en las que la democracia es débil e incipiente, reducida casi exclusivamente al ámbito electoral, sin extenderse plenamente a los demás aspectos de la vida social. El viejo paternalismo sigue todavía vigente en muchos lugares, especialmente en donde los derechos de los ciudadanos son poco menos que letra muerta y no son reclamados de manera enérgica y constante por sus titulares, es decir, por los propios ciudadanos. Salvo algunas excepciones, ese es el caso de México.

Tal vez exista una faceta del paternalismo médico que va más allá del ámbito estrictamente sanitario. Es esa actitud de una supuesta superioridad moral del médico. Como si sus conocimientos técnico-científicos lo calificasen para juzgar todos los aspectos de la vida del paciente y señalar supuestas faltas cuando el enfermo no se apega de manera estricta a las indicaciones que se le dictan.

En este sentido, recuerdo que a los diabéticos se les llamaba “diabólicos” por el poco apego que tenían al tratamiento, sin tomar en cuenta lo difícil que es saberse condenado a tener una enfermedad de por vida, cuyo tratamiento puede incluir medidas nada fáciles de tolerar como las inyecciones de insulina. Se ha avanzado desde entonces, incluso se han desarrollado insulinas que pueden administrarse de manera menos traumática, sin embargo, estas opciones siguen estando fuera del alcance de la mayoría de los diabéticos en nuestro país.

Los obesos son uno de los blancos favoritos del médico erigido en juez, “dueño de vidas y haciendas” –no pocos enfermos terminan en la ruina para poder pagar los honorarios profesionales y los gastos del hospital–, porque en la actualidad la imagen corporal se ha constituido en una virtud en sí misma. El gordo es mal visto y se asume que lo es por descuido, por glotonería, en pocas palabras: por su propia voluntad (o por la falta de ella).

Desde luego que habrá casos así, pero cuando nos referimos alarmados a la “epidemia de obesidad” que tenemos actualmente en México, ¿nos hemos preguntado si existen algunas causas que no sean atribuibles a los propios obesos? Si reflexionamos más allá de los lugares comunes, nos daremos cuenta que hay muchos más responsables de esta situación.

No todo se le puede achacar al paciente. Por eso no basta con recetar “un cambio en el estilo de vida” y no siempre está justificado molestarse al comprobar que el paciente sigue igual de obeso que cuando acudió a consulta la última vez. ¿Existen en nuestro país las condiciones propicias para que la mayoría de la población acceda a una alimentación apropiada y adopte hábitos saludables? Si lo pensamos un poco, nos daremos cuenta que no es así y que todas esas campañas de nombres tan bonitos estarán destinadas al fracaso mientras que la mayoría de los mexicanos no gocen de una educación de buena calidad y un mejor nivel de vida.

Por tanto, no juzguemos a la ligera. Así como somos capaces de investigar la causa y los mecanismos de las enfermedades, investiguemos y, en su caso, denunciemos y combatamos las condiciones sociales, económicas y políticas de esas enfermedades. Antes de condenar, conozcamos a fondo no sólo biología de los enfermos, sino todas aquellas facetas que tienen una relación íntima con su bienestar y su salud. Sólo así podremos servir con eficacia y humanidad a los pacientes.

En este sentido, una buena lección la ofrece un pasaje de la novela Cuerpos y almas, de Maxence van der Meersch (Punto de lectura, 2006). A finales de los años treinta del siglo XX, en un hospital público de París, el doctor Géraudin, cirujano, rodeado por sus estudiantes, se dispone a operar a una mujer con una grave infección del útero y los ovarios sin advertir que, aunque anestesiada, la paciente los está escuchando. El cirujano le pregunta a la monja asistente:

-Diga, hermana, ¿qué hacía esa mujer?

-Tenía la cartilla –repuso Sor Angélica–.

-¡Ah! Muy bien –dijo Géraudin–. Ahora se explica todo. Se trata de una mujer pública.

Volvió a coger el bisturí y se dispuso a continuar. Y de pronto, en medio del silencio que reinaba en la sala de operaciones, se oyó una voz extraña, fuerte, ronca y tranquila que decía:

-No es culpa mía, señor doctor…

… Y con voz ruda, tranquila, una voz ronca y cascada por el abuso del alcohol, que no obstante surgir de aquel vientre abierto se mantenía singularmente vigorosa, trataba de justificarse. Contó la seducción, el desengaño, la criatura que vino al mundo, el abandono, la miseria.

-Me quedaba la pequeña –decía–…Pero cayó enferma, me la llevé a París y la cuidé durante siete semanas. Luego, un domingo a mediodía, murió… No tenía un céntimo, señor doctor, y había que pagar al médico, el entierro, el cura, todo… Y aquella noche ofrecí mis servicios a una casa pública. Cincuenta clientes, quizá cien… Ya sabe usted lo que son esas guaridas… Pero gané lo suficiente para pagar el féretro y las flores.

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