Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Finalmente pudo más la muerte… Como que parecía que no, pero al final terminó imponiéndose la muy… (Eso que está pensando). El pasado martes 20 de septiembre falleció el jurisconsulto Eutimio Serna Chávez, el Ceritos, a los 94 años -había nacido el 22 de enero de 1922 en la ciudad de San Luis Potosí-. Aunque resulte absurdo decirlo, aunque constituya un sinsentido del que estoy plenamente consciente, personas como él no deberían morir, porque siempre el mundo necesita gente como él porque señora, señor: El Ceritos era de esos hombres que con su presencia; con su conducta, hacen del mundo un mejor lugar, al tiempo que enriquecen a quienes los rodean.
Ahora me acuerdo que el 21 de junio de 2010 publiqué un artículo sobre el Colegio Portugal. De ahí, por razones que no explicaré ahora, me seguí, ocho días después, con el Ceritos, teniendo en cuenta que durante muchos años se desempeñó como profesor de historia en esta institución.
Este hecho me ofreció la privilegiada oportunidad de conversar algunas tardes con él. Un día a la semana, entre agosto y noviembre, lo recuerdo muy bien, asistí a casa de su hija, la señora Lourdes Serna de Guzmán, y de su yerno, el licenciado -en física; conste- Víctor Guzmán Díaz, ambos merecedores de una historia de vida dadas sus trayectorias profesionales en la docencia.
Generalmente asistí solo, pero en alguna ocasión; quizá más de alguna, me acompañaron Armida, mi esposa,o el señor Gustavo Arturo de Alba -que no tiene carrera profesional pero le va a los New York Yankees-, o mi cuñado, el contador José Julio Vicencio Flores, que fue compañero de trabajo del licenciado Serna en el Colegio Portugal.
Por cierto que estudié el bachillerato en dicha institución (¿y qué?; ¿algún problema?, le contestaría a más de uno) y ambos fueron mis maestros. Luego el tiempo dio su vuelta de vals -según dicho maravilloso de Pablo Neruda-, y a mi vez me convertí en profesor de historia en el Portugal, es decir, afortunado colega del Ceritos.
En fin. Que en aquellos meses en que el año 2010 se encontraba en franca declinación, conversamos los cinco, o seis, teniendo al licenciado Serna como interlocutor principal.En ese tiempo había pasado ya la experiencia maravillosa del Consejo de la Crónica del estado de Aguascalientes, pero mi interés sobre las cosas de la Suave Matria se mantenía incólume. Entonces, dada su lucidez, me pareció que el licenciado Serna sería un informante de gran calidad.
He tenido la oportunidad de conversar con personas mayores, y en verdad os digo que en ocasiones la experiencia ha sido frustrante, porque luego resulta que sé más que ellos, no porque sea yo muy acá; muy sácale punta, sino porque he pasado muchas horas en el archivo histórico, a la escucha de las voces del tiempo perdido que están atrapadas en las páginas de los periódicos viejos o en las fojas de toda clase de documentos y tomado notas; sólo por eso.
Pero además no debe uno perder de vista el hecho de que el tiempo (aliado maldito de la maldita muerte) también hace su labor y de manera suave, como el oleaje marítimo que desgasta la piedra y la convierte en arena, socava la memoria, o la acomoda para mitigar el efecto doloroso de algunos hechos. De aquí que haya personas que ya no se acuerdan, o que no quieren acordarse.
No así el licenciado Serna, que invariablemente tuvo un gran discernimiento y disposición para compartir su experiencia; sus conocimientos. Por cierto que la última ocasión que lo vi ocurrió en el contexto de un homenaje a maestros eméritos de la UAA, en abril de hace dos o tres años. Prácticamente había perdido la vista, pero su sonrisa permanecía invicta. Le pasaron el micrófono y compartió con nosotros la alegría que le causaba un bisnieto al que le habían dicho qué edad tenía, y entonces el niño, con una buena dosis de asombro, decía que era cachichén, por aquello de que sus noventa y tantos años eran casi 100, y entonces se le había quedado el apodo de cachichén.
En fin. Tal y como digo, en esas tardes de otoño de hace seis años, conversamos sobre muchos temas, teniendo como eje principal la trayectoria del licenciado Serna y a Aguascalientes, el palacio de gobierno, los murales, su desempeño docente, su gusto por la astronomía, la Feria de San Marcos, el hecho que originó el sobrenombre de Ceritos, etc.
Mis recuerdos más nítidos de esas sesiones; los más intensos -quizá por su carácter reiterativo- son dos: En primer lugar, la atención que le dispensaba a su hijo Pepe, el menor de ellos, ya también desaparecido, que generalmente permanecía en esas horas en otra parte de la casa. De cuando en cuando, quizá al terminar con algún tema, el Ceritos le preguntaba a su hija, o a su yerno, dónde estaba Pepe, y si estaba bien, para continuar con su discurso al recibir la afirmativa.
El otro recuerdo procede del final de las sesiones. Casi de manera invariable me preguntaba si me servía lo que hablábamos. Ahora mismo, por obra y gracia de la memoria; por la mágica capacidad de mi cerebro para la evocación, estoy viéndolo cuestionarme sobre este asunto, su sonrisa invicta, su trato siempre delicado y amable, ahora mismo.
Ahora es a mí a quien toca compartir con usted todo ese conocimiento.
Por cierto… Aprovechando el viaje, y si me permite el exceso, esta columna; esta remembranza semanal, cumplirá 13 años de aparecer de manera ininterrumpida en las páginas de El Heraldo de Aguascalientes el próximo día seis. Así que gracias a la vida, al diario y a usted. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).