Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Muy seguramente el villano favorito de nosotros los mexicanos sigue siendo Don Antonio López de Santa Anna y, sin embargo, parece que esta pobre Patria nuestra sigue sus cojos pasos.  ¿Qué por qué lo escribo con don, recordando la pregunta de la novicia a la Madre Superiora? Pues por la sencilla razón de que a estas alturas de la tercera edad he aprendido a recelar del “juicio inapelable de la historia”, a poner en duda la “verdad oficial”, a cuestionar la “verdad histórica” y, también, ¿por qué no?, los informes oficiales provengan de grupos de expertos, de expertos desagrupados, de inexpertos inagrupados, de grupos de inexpertos y de grupos expertos o inexpertos. Probablemente hace algunos años, no tantos, Don Porfirio Díaz se colocaba en la cumbre indiscutible de la villanía, de una década a esta parte, quizá un poco mas, Don Porfirio ha sido reexaminado y re-valorado porque prácticamente no existe rincón del país en el que no se conserve testimonio o monumento del porfiriato. ¿Qué chiste? Me dirán si permaneció treinta años en el poder. Bueno…hagamos el siguiente ejercicio: dividamos su obra entre 6 y obtendremos lo que puede hacerse en un sexenio. Don Luis Echeverría, sin duda, ocupó efímeramente la cumbre de la villanía, pero fue desbancado limpiamente por Don Carlos Salinas de Gortari. A Don Vicente Fox le quedaría grande el puesto, porque hasta en un spaguetti western se vería ridículo y a Don Felipe Calderón no le bastó la guerra fratricida declarada aunque el saldo mortuorio de su decisión siga incrementándose todos los días.

En sus maravillosos Sueños Don Francisco de Quevedo y Villegas, que por cierto se publicaron primeramente con el nombre de Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio, escrito para denunciar los “abusos, vicios y engaños de todos los oficios y estados del mundo”, lo que le da dolorosa actualidad, narra de un Alguacil que al referirse al demonio siempre lo hacía anteponiendo el Don. No faltó quien le recriminase que se refiriera con respeto a la infernal criatura, digna mas de desprecio que de honra, a lo que aquél respondió, palabras más, palabras menos: uno nunca sabe las vueltas que da la vida y con lo que habrá de encontrarse el día de mañana.

Don Antonio de Santa Anna es un personaje que, como dice Don Armando Fuentes Aguirre “Catón”, me hubiera gustado conocer. ¡Once veces jefe de gobierno! bien está que con diferentes denominaciones, pero de que era jefe, ¡era jefe!. Bueno, la última vez tuvieron que mandar por él de Sudamérica donde se había retirado para que nos hiciera el favor de gobernarnos. Por cierto, que en sus memorias, que a la vez que interesantes son divertidas, explica y justifica cada una de sus acciones, incluyendo el sacrificio de ofrendar una pierna en el altar de la Patria, para la que, no podía ser menos, se oficiaron oficios de difuntos. Debió haber sido de una personalidad subyugante, arrolladora, ¡un auténtico seductor! que, entre otras cosas, se atrevió a ordenar a un actor representar el papel de sacerdote para que le casara casado por la ley de Dios con una atractiva joven que le había llenado el ojo. Mas aún, si no fueran suficientes los indecibles males que a Santa  Anna se le atribuyen, entre otros, desde luego el encogimiento del país, habría que impetrarle la nociva práctica de mascar chicle, que he oído en no pocos mentideros que S.A.S. tenía la pésima costumbre de masticar la savia de ese árbol tropical y acostumbraba llevar consigo suficiente cantidad con una textura como de migajón seco. Según los díceres al ser prisionero de los “güeros” para calmar los nervios masticaba el chicle y un joven teniente que lo custodiaba, llevado por la curiosidad le pidió un poco y discurrió que si a aquella pasta le agregaba algún saborizante ganaría mucho la sosa costumbre de masticarlo. El teniente, dicen, se apellidaba Adams.

Durante el siglo XIX, la historia de México es la historia de los enfrentamientos entre los grandes partidos, por llamarles de algún modo, de conservadores y liberales. Un siglo de desangríos, agravios, desagravios, invasiones, triunfos efímeros, derrotas honrosas, invasiones oprobiosas, pérdida de territorio y soberanía y, finalmente la consolidación de un país, bajo la figura de una república democrática, representativa y federal. Don Agustín de Iturbide y Don Antonio López de Santa Anna, son sin duda, las figuras señeras de los conservadores y de la visión centralista del estado, que, además tuvo también el pasajero imperio de S.M. Maximiliano de Habsburgo, en el que, dicho sea de paso, Aguascalientes fue capital del departamento mas grande del imperio. Por el bando liberal, aunque hay muchos, la figura de Don Benito Juárez se yergue reconocido por propios y ajenos. Causa, sin embargo, cierto escozor que el título de “Benemérito de las Américas” haya sido acordado por el gobierno de Colombia a instancias del gobierno yanqui ¿¡Qué se le va a hacer!?.

En los años recientes luego de mas de un siglo de federalismo, que, bueno es decirlo, fue asumido por imitación extralógica de los EE.UU. de los que, hasta el nombre copiamos aunque, patriotas, le agregamos el apelativo de “mexicanos”, una serie de reformas y particularmente una catarata de “leyes generales” a las que habrá de “armonizar” (término lo bastante suave para parecer inocuo), las leyes de las entidades federativas, han fortalecido al gobierno central, al extremo de parecer endeble el andamiaje federal. Carl Schmitt, uno de los grandes teóricos del estado, llamó decisiones políticas fundamentales, que se conceptualizan como los principios que determinan la forma de gobierno, su estructura orgánica, los derechos humanos, la división de poderes, el papel de las iglesias, etc.. Jorge Carpizo identificó 7, entre las que se encuentra como eje el sistema federal. La creación de órganos alternos de toma de decisiones como la CONAGO, el fortalecimiento de Organismos de carácter central, la determinación de unificar policías y sistemas de seguridad, y otras medidas parecidas llevan a, los suspicaces a considerar que el sistema federal se debilita. Puede ser que sea lo que convenga a este país, pero cambiar una decisión política fundamental requeriría si no un nuevo constituyente, al menos un plebiscito.

Mientras lo convocan, saco mi pastilla de chicle Adams, me pongo a masticarla y pienso en Don Antonio López de Santa Anna.

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