Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“In hoc signus vinces” lema de Constantino I El Grande.

Entre las innumerables desgracias y carencias que nos ha traído la modernidad con la conurbación, se encuentra la drástica caída en la producción de pulque en la delegación de Calvillito, demostrando de pasada que el proverbial encono entre los ocho barrios que la conforman que no pocas veces ha dado lugar a riñas interbarrianas, no depende de la ingestión de “pulmón” o de algún otro sucedáneo espirituoso, sino a que todo aquel que se precie de haber nacido en algún barrio debe defender su identidad a capa y espada, o de perdida, a guaparra y sombrero, que es lo que del ideal caballeresco hemos preservado.

Inspirados en el principio del Dr. Simio, los albañiles de Aguascalientes sin pulque pero con algunos similares y sin duda los de todo México, habrán amanecido el día de hoy “con la cruz a cuestas” arrostrando “la cruda realidad” de un miércoles que debería haber sido lunes (por aquello del San Lunes), luego de haber celebrado ayer el “Día de la Santa Cruz” que es también desde hace siglos, el día del constructor, del albañil, del alarife, o como quiera que se le designe. Caigo en la cuenta y para ello no hace falta ni el Corominas, ¡vamos! ni siquiera el Agustín Mateos, que la alcohólica etimología de la celebración sin duda alude a la resaca (neuritis pos-etílica) conocida vulgarmente como “cruda” o por su designación metafórica “cruz”.

Como año tras año desde mucho antes de que los mas viejos de la comarca tengan memoria, en la esquina de las calles Miguel Barragán e Independencia, precisamente en uno de los mas antiguos monumentos de la ciudad, el de la Santa Cruz, entre risas, libaciones, chascarrillos y versos, se festeja el “Día del Albañil”. Unos vecinos se han auto-nombrado los mayordomos de la fiesta y preservadores no sólo de la tradición, sino también de los restos astillados de la cruz original que, milagrosamente preservó la integridad de un chilpayate que trepó hasta la cruz, que no resistió su peso y vino a dar al suelo, de modo y manera que a no ser por unos cuantos raspones y la diarrrea consecutiva al susto, el muchacho de marras salió ileso. Aunque no falta quien diga, con evidente poca mala fe, que el milagro hubiera sido mas de celebrarse si le hubiese impedido subirse y por consiguiente no astillarse y menos aun romperse.

No todos recuerdan que el monumento se encontraba en el embarcadero del estanque, justo al lado de uno de los ramales del camino real, que pocas leguas adelante entroncaba con el camino a Zacatecas, a su vez ramal del Camino de la Plata o Camino Real de Tierra Adentro. Nada cuesta pensar que el nombre completo con el que durante muchos años se le conoció era el de “La Santa Cruz de los Buenos Aires” y ya entrados en gastos, nada impide conjeturar y hasta resulta entretenido asumir que estando en el embarcadero, el monumento se habría erigido en homenaje a Nuestra Señora de los Buenos Aires, advocación de la Virgen María originaria de Cagliari, Cerdeña, posesión de la corona española en el siglo XVI, protectora de los navegantes, culto muy difundido entre los marinos mediterráneos de la época y que diera origen también al nombre primigenio de la capital de Argentina. De momento resulta ocioso ocuparnos de que andaría haciendo un marino sardo en la altiplanicie mexicana.

Por cierto, van 593 palabras pergeñadas apresuradamente sin que se establezca la relación entre los albañiles y la Santa Cruz. Quiere la leyenda y quiere bien, que el emperador romano oriental Constantino derrotó a Marco Aurelio Valerio Majencio, emperador romano occidental, luego de haberse aparecido en el cielo, milagrosamente, a sus ejércitos un “crismón” según algunos, o una cruz, según otros, aunque ambos signos aludían al cristianismo, con la leyenda en griego “con este signo vencerás” que como mi Remington no tiene caracteres griegos, no tuve mas remedio que escribir en latín en el epígrafe de este articulejo. Constantino ordenó que sus soldados pintasen el signo de la cruz en sus armas y, como era de esperarse, con la ayuda divina derrotó al pagano Majencio. Convertido al cristianismo (no era para menos) Constantino encargó encarecidamente a su madre, Elena, después canonizada, que emprendiese un viaje a Jerusalén con objeto de localizar el sitio de la crucifixión y de ser posible encontrar y rescatar la cruz original del suplicio de Jesucristo. Santa Elena localizó el Gólgota y (aquí intervienen los alarifes), auxiliada por algunos albañiles encontraron tres cruces. No en balde Don Miguel de Unamuno afirmaba que la solución de todo problema acarrea nuevos problemas. ¿Cómo discriminar? ¿Cómo identificar la cruz de Jesucristo? Quiere la leyenda y quiere bien que para resolver el enigma se usara a una mujer gravemente enferma que al tocar la verdadera sanó de sus males.

El monumento de la Santa Cruz de los Buenos Aires junto al templo de la Medallita Milagrosa ha resistido el paso del tiempo, los embates de la intemperie, pero no ha sido indemne al vecino que inopinadamente empleó algunos albañiles (posiblemente descreídos o muy necesitados) para construir una barda “andarina” que ha “caminado” varios metros hasta ponerse a paño con el cuerpo del monumento, convirtiendo temporalmente en simple detentación la posesión de la ciudad. En el archivo histórico, para no ir mas lejos, se conservan fotografías en donde se aprecia perfectamente que el monumento se encontraba al centro de un espacio público, una plaza y que por lo tanto no era susceptible de apropiación particular. Mas aún, con el ánimo doloso de “legitimar” una mala acción, promovieron diligencias de jurisdicción voluntaria, que, como cualquier abogado debería saber, nunca causan estado, y por lo tanto no son oponibles ante el legítimo derecho que tiene el Ayuntamiento para defender uno de los monumentos mas antiguos y de mayor tradición de Aguascalientes. La Presidencia Municipal tiene la palabra.

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