Fernando López Gutiérrez

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La falta de medallas y las condiciones adversas en que algunos de los atletas de la representación mexicana han tenido que competir en los Juegos Olímpicos Río 2016 han propiciado severas críticas a la labor de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE). De manera particular se ha cuestionado el desempeño del titular de la Comisión, Alfredo Castillo, al reprochársele su inexperiencia y falta de capacidad en el ejercicio del cargo.

Ante los ataques y opiniones negativas respecto a su gestión, Castillo se ha defendido con la arrogancia que lo caracteriza y ha señalado que los verdaderos responsables de la falta de apoyo a los atletas son las federaciones y el Comité Olímpico Mexicano (COM). Los planteamientos del Director General de la CONADE se ciñen a la verdad; sin embargo, la actitud de confrontación que mantiene y sus insolencias como funcionario le restan credibilidad ante la opinión pública.

Es cierto que en la mayoría de las federaciones deportivas de nuestro país se han observado, en distintos momentos, casos de corrupción, ilegalidad o ineficiencia en el manejo de recursos; procesos dudosos en la selección de autoridades, entrenadores o deportistas; o irregularidades en el otorgamiento y gestión de apoyos para los seleccionados. Es verdad que el COM funciona de forma opaca y que es el responsable principal en nuestro país en cuanto al movimiento olímpico se refiere. No obstante, la manera en que Alfredo Castillo ha exhibido estos asuntos —sin mostrar elementos suficientes para identificar a los responsables, ni aprovechar sus facultades para darle cauce institucional a las denuncias que realiza— resulta poco efectiva y termina por complicar, aún más, la difícil situación que enfrentan los atletas mexicanos.

Si a lo anterior se suman la ocurrencia que el Director de la CONADE tuvo al llevar —ataviada como atleta y con las acreditaciones necesarias para ver los eventos que quisiera— a su novia a Río 2016, así como las lamentables y continuas declaraciones que ha realizado para diluir su responsabilidad y poner pretextos, no es de extrañar que hoy se lo señale como el principal culpable de los limitados resultados de México.

Como aseguró la medallista olímpica de Londres 2012, Aída Román, ante la desorganización y el conflicto surgidos de la confrontación entre los directivos del deporte mexicano, los atletas son quienes resultan más perjudicados. Es extraño que alguien como Alfredo Castillo, más vinculado a la política que al deporte, sea incapaz de reconocer que el error principal de su gestión, el que probablemente propicie su relevo en el cargo, radica en su incapacidad para identificar la lucha por el poder que desde hace muchísimos años subsiste en el deporte mexicano y las implicaciones de ésta en el funcionamiento de la dependencia que dirige.