Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Dista mucho el montaje para el mensaje presidencial presentado en Palacio Nacional hace unos días, con todo bombo y platillo por el C. Presidente de la República, de los informes que eran la apoteósis de los gobiernos revolucionarios y que alcanzaron su máxima expresión en el sexenio del presidente Adolfo López Mateos, por el que la población sentía una auténtica simpatía y una muy clara admiración, y en el que reconocía un liderazgo de estadista con proyección internacional, a lo que aludía con el sobrenombre de “Adolfo López Paseos” y en él que aceptaba, quizás por un atavismo, ciertas debilidades de las que daba cuenta el chiste de mal gusto que sostenía que cada mañana en el acuerdo con su secretario particular Humberto Romero, el Presidente preguntaba: ¿Qué me toca hoy, Humberto, viaje o vieja?. Su popularidad resistió todas las pruebas, particularmente las del anonimato de la multitud, en las funciones de box a las que era afecto o en las corridas de toros en las que se hacía presente, el público le tributaba cariñosas ovaciones, que bien saben los políticos que ésas, en un espectáculo público de ingreso pagado, no se pueden programar.

Luego de la etapa de informe casi subrepticio al que se vio orillado el presidente Felipe Calderón, que optó por el cumplimiento formal, adecuando las disposiciones legales, de presentar por escrito un informe “del estado que guarda la nación” en la instalación anual del Congreso de la Unión para su período ordinario de sesiones, reservándose para dirigir a sus “cuates” en petit comité un mensaje sin las grandilocuencias de los pasados informes de los gobiernos revolucionarios, por no decir priístas, en el que subrayaba algún aspecto relevante, que tenía más de mensaje político que de informe. Cierto que la ceremonia y el documento revestían ambos aspectos, por una parte cumplir con el compromiso de informar al Congreso la situación general del país, información que se consideraba indispensable para la tarea de legislar, dotando al poder legislativo de los insumos para su trabajo. Conocer para legislar. Por otra, el “informe” era el día del Presidente, el día del Tlatoani (señor de la palabra en náhuatl), en el que el mensaje presidencial como Evangelio se esperaba, se festinaba, se glosaba, y marcaba el derrotero político del país, a partir del examen de los doce meses pasados para orientar las políticas públicas del siguiente año.

El actual Presidente de la República, en su campaña, luego en su toma de posesión y desde sus primeras espectaculares acciones, en especial el aprisionamiento de la “líder moral del magisterio” Sra. Elba Esther Gordillo, evidenció su nostalgia por el “presidencialismo” y la tentación, por no decir la intención, de reinstaurarlo en el país. La historia no tiene “r” de regreso pero sí “v” de vueltas, más en la espiral que quería Nietzche que en el ritornello que algunos añoran. El México de la segunda década del siglo XXI, dista mucho de lo que era el país en la segunda mitad del siglo XX, y luego del ’68 que puso en crisis al gobierno, se tuvo que dar una apertura democrática condicionada también por factores externos. La ayuda económica de muchos los diferentes planes promovidos para “su” América por los vecinos del norte, se hacían depender de planes concretos de democratización y medidas legales y políticas que así lo mostraran. La farsa electoral alcanzó su culminación con la campaña del licenciado José López Portillo, que sin contrincante arrasó en las elecciones con un porcentaje, me parece recordar, de un 80% de los votos. El resto de la historia hasta nuestros días, es mas o menos conocida, luego de la gran reforma del propio presidente López Portillo, cada elección se encuentran fallas en los ordenamientos y en los organismos electorales, se proponen los cambios, se pactan las alianza, se discuten las modificaciones, se aprueban las reformas para crear nuevas leyes y nuevos organismos, tan solo para que en la siguiente elección se conozcan otros fallos de la legislación y de los organismos, se propongan cambios, se pacten alianzas, se discutan modificaciones, se aprueben reformas y volvamos a empezar, con un sistema imperfecto por definición, carísimo por decisión y que tiende no a un parlamentarismo, sino a un partidismo que pretende atemperar el ejercicio del gobierno presidencialista.

El acto en Palacio Nacional, tuvo un no se qué de nostalgia, el Presidente dueño de sí, “con muchas ganas y con mas fuerza”, con una duración de mas de dos horas, que si bien se quedó corto ante las 5 horas y mas que duraron informes presidenciales de los sesentas y setentas, deslumbró luego de la discreción timorata de los informes del presidente Calderón. El marco era espléndido, los patios de Palacio Nacional, remozados por cierto para recuperar la grandiosidad que les dió nuestro paisano Pani, que construyera el tercer piso y diera consistencia a su arquitectura, la presencia de los que “debían de estar” y la ausencia de los que “no tenían por que estar”, la representación de los tres poderes, la de los órganos autónomos, los embajadores acreditados en nuestro país, los “medios” de comunicación, el enlace de las difusoras, hicieron que, con razón se evocara el “día del Presidente”.

El Presidente impecable, claro, preciso, con lo que ahora se conocen como “datos duros”, cifras que representan como hemos avanzado en relación al 2012, que fue la temporalidad que se tomó como referencia. Todo está bien, todo está mejor, con un pequeño prietito del arroz, el número total de pobres se ha incrementado en el país, algo así como dos millones, lo que no deja de ser un cierto desdoro, que, como dijo el Presidente, nos obliga a redoblar los esfuerzos por acabar con esa pobreza que es ancestral y esas hondas divisiones que, no han de ser estructurales, porque las reformas ya se hicieron. No soslayó temas aunque, las alusiones fueron discretas: alguna fuga, algunos enfrentamientos, el combate frontal a la delincuencia organizada, la ratificación de la confianza en las instituciones, la ovación al Ejército que compartieron Marina y Fuerza Aérea. La profesión de fe republicana y democrática. El rumbo definido, el timón firme, la pasión encauzada y, sin embargo, algo faltó. ¿Faltó el entusiasmo?, ¿falló la euforia?, ¿no se incendiaron los corazones con el fervor patriótico?. La programación de entrevistas en los medios con los “líderes de opinión” por parte del Presidente, se han constituido en continuación del informe y en el mejor de los casos autoglosa, pero, en mi opinión, parece flotar en el ambiente una pregunta ¿y entonces…?

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