Fernando López Gutiérrez

ferlog14@gmail.com

@ferlog14

La dimensión de la derrota que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) sufrió en las elecciones pasadas ha generado intranquilidad en sus militantes y dirigentes. Como se ha destacado en los medios, desde el Gobierno de la República y el Comité Ejecutivo Nacional de este partido se trabaja en la realización de un diagnóstico y en el planteamiento de una estrategia que le permita ajustar su desempeño con miras a los próximos procesos electorales y, principalmente, a las elecciones presidenciales del 2018.

Hasta el momento, el priismo nacional ha aceptado que es necesaria la realización de un cambio  en su manera de hacer política, con la finalidad de mostrarse ante la ciudadanía como una mejor alternativa para la expresión de sus necesidades. No obstante, se desconoce en qué consistirá este cambio o cuáles son los aspectos que se pretende transformar.

Desde hace muchos años se habla en nuestro país de un nuevo PRI, sin que dicha afirmación se sustente en acciones concretas o modificaciones en la manera de operar del partido. La XXI Asamblea Nacional Ordinaria —última asamblea nacional del PRI, realizada en marzo de 2013— se anunció como un proceso de transformación profunda, pero fue tan solo un ajuste al interior del partido, con el objetivo de respaldar las iniciativas de reforma que, en aquel momento, preparaba el Poder Ejecutivo. Al final, esta asamblea, realizada bajo el lema “Transformando a México”, fue una vez más la expresión del simbolismo priista y la reafirmación de una estructura tradicional y autoritaria para la toma de decisiones.

“El nuevo PRI”, “el PRI que viene”, “el PRI del siglo XXI” y un sinnúmero de acepciones similares han terminado por ser, a los ojos de la población e incluso de los militantes del mismo partido, expresiones retóricas, carentes de significado, cuya falsedad se evidencia cuando salen a la luz actos de corrupción, nepotismo o autoritarismo realizados por líderes o gobernantes priistas.

Hoy se analizan las causas de la reciente derrota electoral del partido y, ante la incapacidad de reconocer y asumir de frente las fallas estructurales, se discurre respecto a los factores coyunturales. Se dice que el PRI perdió por la iniciativa que el Presidente anunció sobre el matrimonio igualitario y debido a la intervención de la iglesia al respecto; se sugiere que al interior de las dependencias federales muchos panistas operaron para favorecer a candidatos de otros partidos; se menciona que, en el ámbito local, se perdió la coordinación y el apoyo a los candidatos del partido. Es posible que cada uno de esos factores tuviera alguna relevancia en procesos específicos, pero considero que la principal razón del voto de castigo hacia el PRI se encuentra en el descrédito que éste tiene y la desaprobación que mantiene el Presidente, aunados a la decepción de una militancia que cada vez observa menores oportunidades de proyección individual en una estructura política vertical y autoritaria.

La transformación del PRI debe pasar por el reconocimiento de los factores anteriores, lo cual implica el establecimiento de una postura diferente ante los actos de corrupción y la protección de quienes los cometen; la profesionalización de la administración pública y el control de salarios desmedidos para funcionarios —muchos de los cuales son seleccionados por dedazo—; la selección democrática de candidatos y el impulso a políticos jóvenes, con una visión distinta; el acercamiento a la ciudadanía por parte de políticos y candidatos. El mensaje de la ciudadanía es más claro de los que el priismo ha podido aceptar hasta el momento. Depende de sus dirigentes y militantes responder con acciones a dichos exigencias para demostrar que la promesa de un nuevo PRI es realizable.