[…] Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento,

cuente el número de la Bestia, pues es número

de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis.

Apocalipsis 13:18

Ah, el Anticristo. Esa reverberación simbólica de la conjugación omnisantificada que denominamos Salvador o Mesías, y cuyo nombre revela la cualidad adversa y antitética para quien va dirigido y por quien fue creado (una pista: nació en Belén y tenía vocación para la carpintería). Él, ella o eso fue, durante centenares de años, simplemente eso: una reverberación simbólica, la interpretación que de los textos contenidos en las Revelaciones de San Juan pronosticaban una abstracta alegoría de monstruosidades policéfalas con testas coronadas, ángeles detentores de llaves misteriosas y lluvia ígnea como metáfora de la purificación a la que estaremos sujetos por haber visto cualquier programa de revista mañanero o el futbol (y muy merecido lo tendremos). Las extravagantes visiones de ruina y perdición que se profetizan en ese texto, fueron tomadas simplemente como alegorías inventivas sobre las condiciones humana y divina, sometidas a un proceso celestial de enjuiciamiento cuyo veredicto eminentemente moral sesgaría al puro del deshonesto, para purgar de entre las masas a aquellos dignos de ingresar en el paraíso y condenar al fuego y crujir de dientes a aquellos que no lo sean. La reserva del derecho de admisión llevado a instancias límite y todo gracias a la aludida Bestia que, con artimañas y astucia, confundió la voluntad de los hombres propiciando este fatídico sino.

Pero déjenle al cine –y por cine me refiero a Hollywood- la posibilidad de literalizar tales acontecimientos en espectaculares relatos donde la presencia del adversario máximo adquiere corporeidad, identidad y hasta nombres y direcciones claras, pues tal figura resulta irresistible para una exégesis fílmica, sobre todo considerando que el Anticristo posee todas las características físicas de una persona normal, aunado a su galana elocución, carismática proyección ideológica y expendedor de falacias como verdades absolutas (por ello, de antemano podemos descartar a nuestros políticos y su iletrado dirigente, pues su barata demagogia ya sería un recurso exuberantemente desesperado, incluso para un peón de Satán). La centralización narrativa en cualquier cinta sobre semejante concepto–personaje seduce tanto a creadores como espectadores, pues en nuestra instrucción occidental de tendencia teocéntrica, tan atractivo resulta una monografía benévola sobre la divinidad favorecida por culto masivo como su rival aforístico. Y todos sabemos que el retrato del enemigo alude a nuestra percepción eminentemente falible y humana, aún si éste nos turba por su estremecedora cercanía.

La cinta pionera en esta lid es, sin lugar a dudas, “El bebé de Rosemary” (E. U., 1968), indiscutible clásico que plantea por vez primera en cine lo que Lovecraft o Clark Ashton Smith fraguaron en sus apóstatas relatos en la década de los veinte: la concepción del falso profeta desde una perspectiva biológica y antropomórfica. Despojada de alegorías kerigmáticas o de aspiraciones catequistas, el filme genera una peculiar sensación de angustia ante las tribulaciones de Rosemary (Mia Farrow pre-Woody Allen y post-Frank Sinatra), un personaje atado a la realidad de su generación que un día como cualquiera va al salón de moda para hacerse un corte de cabello chic y al siguiente su vientre alberga al engendro de Lucifer. Su esposo, un actor frustrado (interpretado con ironía por John Cassavetes, adalid del cine independiente de línea nihilista doméstica), comparte su vida en su nuevo departamento ubicado en un suntuoso y gótico edificio neoyorquino. Aquí, la telaraña narrativa se teje sobre ellos una vez que los residentes muestran peculiar interés por la nueva inquilina, especialmente en sus cualidades fecundativas, activando una dinámica donde la cordura de Rosemary se verá a prueba tratando de dilucidar si todo es normal ahí o se cierne un complot satánico. La dirección de Roman Polansky alcanza niveles de grandeza al dosificar la cuidadosa exposición de sus personajes para torcer la historia al rumbo de la paranoia absoluta (como ya lo hiciera en “Repulsión”), tomando las opresivas paredes del hogar para mostrarlo como caldo de cultivo social con trasfondo infernal. Un clásico en toda forma y sentido.

Por su parte, el buen Damian Thorne alcanzaría su estatus de icono absoluto entre los anticristos cinematográficos con su apariencia de paradójica santidad, pero diabólica entraña, tal vez el punto neurálgico en el éxito que significó “La profecía” (Donner, E. U., 1976), pues, después de todo, ¿quién podría sospechar que un niño angelical es producto de la simiente de Mefisto? La cinta maneja con delicadeza el tema al privilegiar el conflicto interno que desata en el padre adoptivo de Damian (Gregory Peck, quien dota de credibilidad al personaje y respetabilidad al filme) tal noción, mientras que ingeniosas muertes de tinte accidental (25 años antes que cualquier “Destino final”) comienzan a diseminarse entre aquellos que obstaculizan el designio de su malévolo progenitor. Tensa e inteligente, la película parió tres secuelas, cada una más decantada que la anterior, culminando en un desabrido remake hecho al vapor por capitalizar un sensacionalista estreno el 6 de junio de 2006. Esto sí es una herejía.

Las imitaciones y proyectos siameses no tardaron en proliferar, y los oportunos productos de bajo presupuesto inundaron las salas de cine durante los años ochenta y noventa, con diversas variantes del Dragón bíblico, tales como: “Holocausto 2000” (Martino, Italia, 1979), con Kirk Douglas siguiendo los pasos de su amigo Gregory Peck en todos los sentidos, pues este filme es análogo con el de este último en muchos aspectos, mas, ¿qué podíamos esperar de los infalibles italianos en el menester del plagio?; “La profecía del año 2000” (La Loggia, E. U., 1980), inepto escaparate de grotescos –pero entretenidos- efectos especiales que adornan la sosa historia de un jovencito en una academia privada que descubre ser vástago de Luzbel, pero su verdadero pecado es no tener ni pizca de talento actoral; “El año de la Bestia” (Thomas, E. U., 1981), cinta de propuesta intrigante: ¿Qué pasaría si el Anticristo triunfara y dominara al mundo? Pues si el resultado es lo que se narra en esta obtusa y vaga cinta sobre un maestro universitario y su familia tratando de sobrevivir en una risible puesta en escena postapocalíptica, entonces los católicos y cristianos no tienen nada que temer; y “Los sirvientes del crepúsculo” (Obrow, E. U., 1991), adaptación del libro de Dean R. Koontz (créalo o no, el único que le ha pisado los talones a Stephen King en el apartado de ventas) donde un detective (Bruce Greenwood) trata de salvar la vida de un niño perseguido por un culto liderado por Grace Zabriskie, convencido de que el infante es ya-saben-quien. Todo queda en una cinta de apariencia y desarrollo meramente televisivos. Algunos anticristos pueden ser presentados bajo ópticas alternas, ya sean cómicas, como en la desternillante y blasfema cinta española “El día de la Bestia” (1995), la cual consagraría a su director Alex de la Iglesia, o dramáticas, como en “El abogado del Diablo”(1997), oscura sátira sobre los residuos de la cultura yuppie ochentera que, al haber desgastado las posibilidades autogratificantes que brindó su templo Wall Street, ahora pone sus ojos en la abogacía, y qué mejor figura para encarnar tal ideal que Keanu Reeves como un exitoso litigante que es contratado por el misterioso y radiante Al Pacino, quien supura azufre donde vaya. Una producción trabajada e interesante dirigida primorosamente por el británico Taylor Hackford, quien da en el clavo con un balance medido entre los momentos terroríficos y aquellos que exponen la debilitada naturaleza humana.

Así pues, durante esta temporada de bruma familiar entre incontables estrenos hollywoodenses diseñados para consentir la complacencia masiva mientras le escarba la cartera, conviene colocar todo en la báscula de la perspectiva y apreciar tanto aquellos filmes orientados al emblema de la cristiandad, como los que presentan a su oponente doctrinario, pues ya sabemos que así como hay un Paraíso, éste tiene un sombrío reflejo y uno no puede existir sin el otro. De este modo, ese oscuro ángel llamado Abadón llegó desde hace décadas para instalarse en la conciencia colectiva a través de estos procesos culturales y mediáticos, y ahí encuentra su más preciada zona de confort, urdiendo nuestro propio Armagedón para nuestro masoquista deleite.

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