José Luis Macías

Lamentablemente, hoy por hoy, una atractiva estrategia política es hablar en contra de la política. Pero… ¿en qué momento llegamos a esto?

Es irrefutable la profunda crisis de representación de los sistemas democráticos en el mundo occidental. Las repugnantes historias de corrupción, los frustrantes casos de opacidad y torpeza en el ejercicio público, así como los lamentables momentos de impunidad hechos por los partidos políticos y los actores emanados de ellos, han construido una barrera difícil –aunque no imposible– de destruir entre el pueblo y sus gobernantes.

Ante esto, no sería necesario ser un agudo estudioso de la sociología para recomendarle a cualquier persona inexperta que decida participar en la política y aspire a un cargo de elección popular, que utilice para ganar reflectores, un discurso dedicado a atacar a los políticos de siempre. Aunque perversa e incongruente, para estas figuras la estrategia es fácil: para tener éxito en la política, hablaré mal de la política.

En el caso de los países latinoamericanos, estas realidades se han convertido en el caldo de cultivo perfecto para el ascenso de los outsiders y bajo el brazo de ellos, el acecho del neopopulismo.

El concepto outsider, dentro del lenguaje de los estudios de la política, se refiere a aquellos individuos que no pertenecen al sistema instaurado en momento y espacio determinado y que de forma repentina aparecen con ofertas electorales sustentadas en la crítica hacia los políticos en turno. Su condición de ser una persona que nunca ha participado en la política sumado a una trayectoria exitosa en algún otro espacio social, convierten al outsider en un producto muy antojable para un electorado con hartazgo de los políticos tradicionales. Al respecto, este péndulo en las decisiones populares a menudo termina haciendo mucho daño.

Apenas vemos cómo cae un régimen con tufos totalitarios en algún país instaurado por un outsider, cuando en otra latitud del continente emerge un nuevo “redentor de pueblos” con sus discursos seductores conquistando corazones que se convierten en votos.

Estos personajes mesiánicos (quizá el caso más representativo es el de Alberto Fujimori en Perú), que sustentan su argumentación en criticar más que proponer, en la mayoría de los casos, una vez que llegan al poder, permutan las buenas intenciones en retorcidas acciones que, sacrificando a los derechos humanos, imponen como única idea válida la que sale de sus pequeñas mentes y con ello revierten los engranes que llevaba ese país rumbo al sendero de la democracia.

Dentro de este análisis, no podemos dejar de considerar al tercer elemento para tener la tormenta perfecta en toda democracia: el neopopulismo.

Los discursos huecos pero llamativos, los argumentos insostenibles pero atractivos y las ideas torpes pero seductoras constituyen las armas más letales del neopopulismo y, desde luego, resultan totalmente armónicas con el discurso de la antipolítica y las figuras de los outsiders.

¿Por qué albergamos de forma latente este riesgo de tormenta en Latinoamérica?

La respuesta es sencilla: porque tenemos sistemas democráticos precarios. Sobre esto, algunas coordenadas que nos ayudan a comprender, son los siguientes comunes denominadores de las sociedades latinoamericanas:

  • Endebles soportes institucionales. La mayoría de los países adolece de marcos normativos, sistemas burocráticos y diseños políticos necesarios para que siempre la democracia salga ganando.
  • Insatisfacción colectiva. La evolución del individuo latinoamericano y con ello el cambio de sus necesidades culturales, políticas y económicas que no han podido resolver los partidos políticos.
  • Precario nivel de ciudadanía. No solo los Estados distan de cumplir su función, también las sociedades que las conforman adolecen de valores ciudadanos que cualquier democracia exige para su adecuado funcionamiento. En países como México el problema es más profundo, no solo tenemos fallas en nuestros patrones culturales, sino que tenemos una irritante pobreza y marginación que mantiene sumergida a la democracia. No le pidamos a alguien que participe en la política cuando hay días que no prueba un solo bocado.

Si se perturbó un poco con estas reflexiones, déjeme le comento lo peor de todo, lejos de ver que la llama de esta hoguera se extinga, parece que se está expandiendo incluso a zonas de las que nunca hubiéramos vaticinado, me refiero a Estado Unidos y el avance cada vez más difícil de contener del imbécil de Donald Trump, un perfecto ejemplo del político outsider con discurso de la antipolítica y vociferando enormes estupideces bajo una retórica neopopulista. Algo grave nos está pasando.

@licpepemacias