Un retrato sobre la violación sistémica de la identidad

“Frankenstein o El Moderno Prometeo”, tanto el texto original de 1818 escrito por Mary Shelley como cualquier adaptación posterior, le donó al patrimonio cultural una plusvalía en la experiencia perceptual al tergiversar la holística noción de Aristóteles sobre el todo y su valoración con respecto a la suma de las partes, ya que es la recopilación y conjunción vía experimental con catalización eléctrica de éstas últimas lo que hicieron del personaje titular una mórbida reflexión sobre la definición y homogeneidad existencial de una entidad, aún si ésta era de naturaleza sintética. Después de todo ¿Qué ha creado el doctor Víctor Von Frankenstein en su lúgubre castillo y en medio de una tormenta sino uno de los alegatos más contundentes sobre la despersonalización y extravío de idiosincrasia casi 200 años antes del Facebook? La recopilación de retazos anatómicos con los que configuró a su criatura pasó de una malsana actividad necrófila a una interesante meditación sobre la desorientación identitaria, ya que si carecemos de herramientas para forjar nuestro cariz, pues lo mejor será manufacturar otro aunque sea por vías poco ortodoxas. Y aún si el cine ha convencionalizado dicha noción, su núcleo permanece intacto, tal vez por ello Almodóvar no se resistió y lo ha utilizado como motor narrativo de su más reciente filme, una genuina antítesis tanto en contenido como forma de la desparpajada y extravagante “Movida Madrileña” que ayudó a procrear en la década de los 80’s pero que manifiesta una búsqueda honesta y madura de voz e identidad propias en la siguiente etapa de la metamorfosis creativa que significa su arribo a la tercera edad (62 años recién cumplidos) creando cintas de tersas cavilaciones pero grotesco proceder. Exactamente como el monstruo de Frankenstein.
Antonio Banderas interpreta a Robert Ledgard, un brillante cirujano plástico cuya vida ha dado una brusca vuelta en U a la vereda de la locura a raíz de una tragedia personal que lo orilla a desfigurar su propia conciencia, portando ese imprescindible rasgo característico de todo científico loco que se precie: la infinita tristeza que provoca el vivir, uniéndose a las filas de “mad doctors” célebres como el mismo Frankenstein, Herbert West en “Re-Animator” (Gordon, E.U., 1985) o Carlos López Moctezuma en “La Horripilante Bestia Humana”(Cardona, México, 1969), por citar algunos. En el caso de Ledgard, se trata de dos suicidios: el de su esposa incapaz de lidiar con sus horrendas quemaduras producto de un incendio y el de su hija, cuya frágil psique se vio desmoronada al ser violada. Ambos elementos encauzan la motivación del personaje principal, quien enfoca todos sus esfuerzos intelectivos en la creación de una piel sintética que sustituya la epidermis dañada en cualquier persona (literalmente a prueba de fuego e incluso picaduras de mosquito), por lo que recluta a su madre (Marisa Paredes) para que funja tanto de apoyo y ama de llaves como vigilante de una bella chica que se encuentra bajo la custodia de Robert y que, por supuesto, cumple la función de conejillo de indias para los injertos epidérmicos. En este punto la trama, como diría Hitchcock, “se espesa”, ya que la identidad de esta joven, de nombre Vera Cruz (¡) e interpretada con matiz y holgura por Elena Anaya, se mantiene en absoluto secreto hasta bien desarrollada la trama y es una vuelta de tuerca que, por obvias razones, no le puedo revelar pero sí manifestar mi agrado por la contundencia y redondez que le brinda a la historia.
La película jamás da entrada o pie al más mínimo sentido del humor, pero a través de este laberinto de oscuridad clínica afloran los aspectos básicos del discurso de Almodóvar: personajes extravagantes de conducta y vestimenta chocante representados en Zeca (Roberto Álamo), quien trabaja en un espectáculo carnavalesco vestido de tigre e irrumpe en el proceso cotidiano de Robert amparado por un secreto que su madre guarda celosamente y con lujuriosas intenciones para con Vera; aspectos de übersexualidad que allanan tanto la conciencia de los personajes como sus puros/impuros cuerpos, llevando la analogía del ultraje más allá de las penetraciones no deseadas y, cómo no, una retorcida relación madre e hijo que ennegrece la concepción de mera codependencia sin ser necesariamente incestuoso -simplemente tortuoso-, lo que complementa el mosaico subversivo antisocial que fundamenta el idiolecto del director manchego.
Ante este despliegue de espíritus y organismos enfermos que pretenden sanar tanto con procedimientos quirúrgicos experimentales como con copiosas fricciones corporales, pareciera que es el mismo Almodóvar quien pretende meterse bajo la piel de David Cronenberg -de hecho, él mismo ha reconocido que esta película es su intento por crear un filme de horror-, ya que esta cinta emana un aroma similar a trabajos previos del director canadiense tanto en la plástica como en ciertos puntos narrativos, aludiendo al constante enfrentamiento que surge en la guerra de la mente vs. la carne en proyectos como “Dead Ringers”(1988) o “Los Engendros del Diablo”(1979) y la presentación estilizada de monstruos de carne y hueso capaces de llegar hasta las últimas consecuencias por alcanzar un fin (aún si los medios son tan solo terapéuticos en la consolidación de su monomaníaca catarsis). ¿Lo más notable? Que el director español logra filtrar en su mirada creativa tales componentes y asimilarlos a su idiolecto, generando una película absorbente, fascinante y tal vez la más vistosa en su filmografía, ya que por fin se atreve a expandir un poco su puesta en escena acostumbrada (o costumbrista) y su trabajo con actores, quienes brindan un desempeño impecable al percibirse más sueltos y libres sin las ataduras de los arquetipos almodovarianos.
No cabe duda de que Pedro Almodóvar se acerca cada vez más a cumplir su fantasía: ser el Luis Buñuel de esta generación. Solo está a una prolongada estadía en México y un exilio en Francia de lograrlo.
Nota: La cinta se encuentra a la renta en la Videoteca del Centro Cultural Casa Jesús Terán.
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