Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaArranca 2016 con malas noticias. Se hunden todavía más el petróleo y otras materias primas; se desploman el peso y las monedas de los países emergentes; caen la bolsa mexicana de valores y casi todas las bolsas. Es claro que la crisis desatada desde 2008 no ha sido superada. Frente a ocho años de estancamiento económico, la pobreza y la desigualdad han crecido, y los jóvenes se quedan sin oportunidades. México y otros países que han obedecido el catecismo neoliberal ven cada vez más lejos el paraíso prometido. Pero mantienen la fe y la esperanza.

Dice Fernando Escalante, en su libro Historia Mínima del Neoliberalismo, que el neoliberalismo se ha convertido en una especie de religión universal, cuyos dogmas se han impuesto como infalibles, haciéndonos creer que son tesis ”de sentido común”. Prácticamente todos estamos convencidos de que el mercado es “dios”; el mercado todo lo sabe y todo lo resuelve: es el mecanismo más eficiente de asignación de recursos; lo hace a través de una señal inequívoca (gracia divina), que es el precio; el cielo son las ganancias.

Según el neoliberalismo los seres humanos somos egoístas por naturaleza; nuestra conducta tiene una motivación intrínseca que es maximizar el beneficio personal (ganancia), comprando barato y vendiendo caro, por lo que el equilibrio se encuentra en el precio de mercado, que produce el mayor beneficio posible para la población en general.

Como toda religión, el neoliberalismo tiene predicadores. El altruismo es para ellos el mayor pecado. Hace unos días leí un sermón de Sergio Sarmiento en el que condenaba a Mark Zuckerberg, dueño de Facebook, por anunciar que, con motivo del nacimiento de su hija, donaría a fundaciones altruistas 99 por ciento de su fortuna, calculada en 46 mil millones de dólares.  Acciones similares han sido anunciadas por Bill Gates y Warren Buffet, los dos hombres más ricos del mundo, pero no por Carlos Slim, quien ha caído al quinto lugar. Para justificar a Slim,  Sarmiento dice textualmente: “Slim, Gates, Buffet y Zuckerberg han ayudado más a la humanidad con su innovación, inteligencia e inversiones que la mejor de las fundaciones de caridad” (!).

¿Cómo podemos ignorar que la mayoría de las fortunas se han construido, no en la innovación, sino en el sacrificio salarial de los trabajadores, o en la explotación de tarifas monopólicas en servicios públicos de primera necesidad? Si las fundaciones altruistas son criticadas por que corren el riesgo de convertirse en organizaciones burocráticas, ¿cómo no exigir a las grandes empresas –especialmente las trasnacionales– que compartan sus exorbitantes ganancias con sus trabajadores? Muchas de las comunidades y localidades donde se instalan estas empresas están sumidas en la pobreza; ¿por qué no exigirles que, a cambio de la explotación de minerales, derramen directamente allí beneficios en forma de agua potable, hospitales, escuelas, calles y parques que eleven la calidad de vida de las  familias de sus trabajadores?

El neoliberalismo es especialmente fanático en sus tesis contra los aumentos salariales. Sus argumentos son falaces e hipócritas. Dice que no deben subir los salarios por decreto, pero esconde que los salarios se han deprimido durante décadas por decreto. Dice que primero debe subir la productividad, pero esconde que el salario de los trabajadores mexicanos no ha estado relacionado con su productividad, sino con las precarias condiciones de negociación en los contratos laborales a costa de la enorme reserva de población en edad de trabajar. Dice que si subieran los salarios se dispararía la inflación y al final del día los trabajadores saldrían perjudicados, pero deliberadamente esconde que los salarios representan sólo una proporción mínima del costo final de los productos.

El margen para subir los salarios en el campo es enorme, ya que los campesinos trabajan en condiciones de esclavitud; los precios de los productos agropecuarios son manipulados por los intermediarios, no dependen de los sueldos. También es muy amplio el margen para elevar los salarios en la industria manufacturera maquiladora, ya que los trabajadores ensamblan piezas importadas y el precio de los productos (autos, televisores, computadoras) está definitivamente determinado por el tipo de cambio, no por las remuneraciones laborales. En la prestación de servicios básicos (salud, educación, alimentación, cuidado de personas, transporte, limpieza) quizá el margen para aumentar salarios es más reducido, pero, en cambio, los servicios de avanzada como los financieros (bancos, aseguradoras, calificadoras) y los relativos a las tecnologías de la información y la comunicación, que presumen enormes ganancias a sus socios mexicanos y extranjeros, podrían compartir más beneficios con sus empleados mexicanos.

La mejor manera de escapar de la crisis iniciada en 2008 es crear un mercado interno sólido a partir de fortalecer la demanda doméstica, y ésta pasa por las remuneraciones salariales. Subirlas requiere un Estado y una legislación que tutelen mejor a los trabajadores, pero también, por supuesto, requiere encontrar fórmulas para “escasear” la oferta de mano de obra. ¿Es posible reducir la población que busca empleo? Tal vez sí, a condición de que nuestro sistema educativo sea tan pertinente y de tal calidad que forme cada vez más emprendedores y más profesionistas autoempleables.

A pesar del neoliberalismo, debemos subrayar que Dios todavía existe, que los seres humanos somos trascendentes, imposibles de ser atrapados por el mercado,  y que la ética, la justicia, y la caridad son los valores que verdaderamente nos humanizan.