“…siendo ésta la noche embrujante, cuando el cementerio bosteza y el infierno exhala
contagiando al mundo…” – Macbeth

Tal vez los adelantos tecnológicos provean al ciudadano promedio un gran sentido de confort y aplomo ante el derrumbe de la certidumbre que éstos instrumentos en una cruel y perfecta ironía ponen a su alcance a través de sus desalentadores mensajes (ya saben: desplomes perpetuos en los mercados bursátiles mundiales, los obscenos salarios percibidos por deportistas analfabetas, constantes ejecuciones perpetradas por el hampa, “La Rosa de Guadalupe” aún al aire, etc.), pero antaño, en aquellos períodos históricos desprovistos de Internet o televisores HD, la catarsis se efectuaba en actividades tumultuarias donde los sujetos compartían un intercambio de miradas y el furor se colectivizaba. La etiqueta de Carreño los denominó paganos, pero entonces sólo era una bonita interacción social donde el politeísmo era la norma y la herejía una forma de vida, que requería el ocasional sacrificio de vírgenes -hombre o mujer- y las ofrendas que demandaban sus exigentes y ocasionalmente grotescas deidades. Algunas aún subsisten y la aterida Aldea Global toma nota de su aplicación y mimetización en los modelos culturales contemporáneos para señalarlas como instrumentos demoledores en la propagación y conservación de costumbres étnicamente relevantes, sin posibilidad de coexistencia. Es aquí cuando invariablemente nos preguntamos ¿Acaso debe el Halloween ceder su lugar en la preferencia popular ante el Día de Muertos? Después de todo ¿Qué culpa tiene la festividad crepuscular celta del Samhain por el frío que siente la masa social cuando se le retira la cálida cobija electrónica que, con sus mensajes benignos e indoloros nos conduce a una determinada senda de pensamiento? La nacionalidad no se crea ni se pierde, sólo se ajusta a la conveniencia de los medios, así que si la sensibilidad patriota acepta sin pudor esquemas alimenticios, de interacción y mediáticos del extranjero, pues ¿Qué daño puede hacer ponerse en el rostro una careta de demonio impío y salir a la calle con el sano propósito de solicitar golosinas a las almas caritativas que los donan? Después de todo, se trata de una festividad, y como tal no hay que sumarse cual rebaño, sino participar de ella, ahora con los elementos que sustituyen la adoración apóstata con que los druidas celebraban el fin del verano: los filmes que la abordan.
La Víspera de Todos los Santos ha sido retratada hasta la saciedad en infinidad de cintas, pero probablemente pocos han logrado amalgamarse con el espíritu oscuro y ominoso de estos festejos como la saga originada por el maestro John Carpenter en 1978 titulada simplemente “Halloween”, al grado de homologar su visionado con la fecha misma. Esta cinta lograba colarse en la apertura temática que vio su nacimiento durante los setentas, donde la violencia era más explícita y los horrores sobrenaturales cedían su lugar a los más factuales: maníacos, homicidas y criminales despiadados. En este caso, un psicópata de nombre Michael Myers cuyo rostro permanecerá oculto en el anonimato que provee su característica máscara blanca carente de rasgos específicos, añadiendo ciertas cualidades simbólicas al clásico ejercicio de las heridas por cuchillada al mostrarlo casi como una fuerza de la naturaleza que impávidamente asesina sin piedad a quien se cruce en el camino, explorando a su vez componentes que se remontan a los miedos infantiles (el coco) y adultos (aquello que acecha en las sombras puede estar vivo y portar un arma blanca). Las inevitables secuelas fueron diluyendo su potencia una vez que la fórmula y la abundancia en las pantallas de homicidas casi sobrehumanos sofocara la creatividad argumental, destacando acaso la rareza que significó su tercera parte, la única donde no participa Myers y cuya historia se enfoca en un enloquecido fabricante de máscaras para Halloween que, asistido por una roca de la mística Stonehenge, planea la aniquilación de la humanidad. Dirigida por Tommy Lee Wallace en 1983, se ha vuelto objeto de culto superando sus extravagancias (por no decir torpezas) narrativas y una ejecución fuera de lo común, dando como resultado la más divertida pero aborrecida cinta de la saga.
A lo largo de los 80’s, la festividad sirvió como pretexto para alimentar los fuegos argumentales de diversas cintas, labrando una trayectoria muy desigual donde igualmente encontramos entretenidos ejercicios escapistas y piezas de ornato con fecha de caducidad muy reducida. Entre estos diversos ejemplos encontramos: “Creepshow” (1982), una verdadera obra maestra de George A. Romero que homenajea a los macabros cómics de la EC mostrando ejemplaridad tanto en su tratamiento antológico como en la elaboración de atmósferas literalmente de historieta; “Cementerio del Terror” (1985), un intento de Rubén Galindo Jr. por replicar los horrores paridos por Lucio Fulci o Umberto Lenzi en aquel entonces que, francamente, no salió tan mal, destacando la participación de nuestro eterno defensor del mal ultraterreno, Hugo Stiglitz, y el pavoroso copete a la Elvis de un púber Eduardo Capetillo, con unos zombis de antología en simbiosis con asesino serial del más allá; “Trato o Truco” (1986), producto ochentero como los que más sobre un fallecido cantante de Heavy Metal que vuelve de la tumba para atormentar a su más ferviente fan, con hilarantes cameos de Gene Simmons y Ozzy Osbourne y “La Noche de los Demonios” (1987), un muestrario de efectivos maquillajes y momentos grotescos con la tónica acostumbrada: grupo de jovencitos desafían el sentido común al realizar una fiesta de Halloween en una abandonada mansión donde habita un feroz espectro femenino. Saquen sus conclusiones. Logró suficiente popularidad para parir una secuela / farsa muy lograda y un remake jamás estrenado en nuestro país. Actualmente, la celebración ha dado pie a producciones con un afán revisionista como “Behind The Mask” (Glosserman, E.U., 2006) o la magnífica “Trick r’ Treat” (Dougherty, E.U., 2007), madurando la fórmula del terror para prodigarle un discurso postmoderno que rebasa los afanes efectistas de las décadas pasadas.
Entonces, aflojemos pues un poco nuestra ceñida sensibilidad histórica y aceptemos aquellos invitados culturales de prolongada estadía. Después de todo, todos requerimos algún paganismo en nuestras vidas, al punto que aún se colocan los germanos y saturnalios árboles con esferas durante Navidad ¿No es verdad?
Nota: Varios de los títulos mencionados se encuentran en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.
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