Juan Pablo Martínez Zúñiga

¿Podrían dejarla en su sarcófago de una buena vez?

Hace 85 años el atmosférico y muy eficaz cineasta nacido en Checoslovaquia Karl Freund legó al panteón de criaturas cinematográficas el mito de la momia egipcia que resucita para esparcir su maldición entre los humanos que osaron perturbar su sueño eterno. La sola idea de un ente con apergaminada textura que cuasi repta para darnos fin es aterradora, pero añadida la excelente interpretación del legendario Boris Karloff bajo sus vendas la cosa adquiere tintes apoteósicos capaces de dejar catatónico de placer a cualquier fanático del género… pero eso fue en una época cuando se daba un quinto por el género de horror y éste a su vez procuraba sustraer hasta la última gota de sudor frío a su audiencia mediante narraciones inteligentes, dirección provocativa e histriones comprometidos a la naturaleza fantástica de la trama y sus papeles. Ahora tenemos a Tom Cruise en una de sus películas de diseñador haciendo lo mismo de siempre por obra y gracia de un guion-tablón (por pesado y plano) que obliga al no-director Alex Kurtzman a mostrar tantas cosas que no van a algún lado y que termina ofendiendo la inteligencia del respetable ante su construcción argumental tipo Lego, donde todas las piezas se pueden ver y luce esa pestilencia artificial que inicia como arcada mental y culmina con mentadas de madre silenciosas a la pantalla.
Cruise se pone en los ágiles zapatos tenis de Nick Morton, soldado de fortuna quien junto a su compadre Chris (Jake Johnson) se meten en problemas durante sus andanzas en Medio Oriente. Más un guion caprichoso y lerdo querrá que ambos acaben auxiliando a la arqueóloga militar Jenny (Annabelle Wallis) a extraer una milenaria cripta de la cual, faltaba más, emergerá la maléfica Ahmanet (Sofia Boutella), legítima sucesora al trono de los faraones pero traicionada y enterrada vida hace miles de años. Ahora buscará vengarse y, a la vez, desplegar esos famosos poderes de momia que la trilogía igualmente bruta estelarizada por Brendan Fraser popularizara hace algunos años (tormentas de diversa índole con la faz del antagonista, control sobre bichos y animales para rememorar las plagas de Egipto, inmortalidad, esclavos zombis, etc.) ahora reforzados con la moderna tecnología digital en efectos especiales.
Entre los numerosos problemas que tiene la cinta, habrá que puntualizar el más grave: un guion tan difuso que hace ver algunos trabajos de los alumnos de la Universidad Autónoma como escritos por Aaron Sorkin, pues simplemente no decide el rumbo que desea tomar, bifurcando -y en momentos descaradamente se segmenta- incluso a géneros opuestos, presentando intentos de comedia a la vez que de horror con lastimosos resultados, pues Cruise tiene la gracia de una ensalada de papas y Wallis ídem, además de no generar ningún tipo de química que redima este penoso emparejamiento, mientras que los aspectos terroríficos que debería tener una cinta con un ser de ultratumba superpoderoso jamás aflora, quedando en los mencionados guiños a las momias posmodernas de Stephen Sommers e incluso depredar a otras producciones más destacadas como “Un Hombre Lobo Americano en Londres” (Landis, E.U., 1983) -genuina cátedra de terror cómico- y las cintas de la Hammer en cuanto a la búsqueda de ciertas atmósferas. Lo más lamentable es que los estudios Universal pretendían con este fallido ejercicio detonar un “Universo Oscuro” donde todos sus monstruos clásicos (el hombre invisible, el hombre lobo, la novia del monstruo de Frankenstein, etc.) fueran relanzados y reunidos en algún melé épico (Nota a los millenials: esto no es necesario porque este estudio ya tuvo un Dark Universe hace más de ocho décadas con resultados más satisfactorios). Pero si esto es tan solo el inicio, bien podríamos hablar de muerte prematura ante un resultado tan lastimoso ¿La solución? Aplicarle la maldición de la momia a Marvel por darles estas ideas a su competencia y distraerlos de su verdadera meta: crear historias originales que recuperen aquella capacidad de asombro que tenían las versiones de antaño, capaces tanto de aterrar como divertir sin esforzarse tanto. Siempre será más grato ver a un adversario envuelto en vendas que se desplaza a dos metros por hora que Tom Cruise corriendo por enésima vez hacia la pantalla. “La Momia” versión 2017 es en genuino horror por todas las razones equivocadas.

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