“Aún no comprenden contra qué se enfrentan, ¿verdad?
Un organismo perfecto. Su perfección estructural sólo
es igualada por su hostilidad…”
Ash, un androide (“Alien, el 8º pasajero”)

Yo tenía 10 u 11 años cuando vi mi primera caja torácica destrozada.
En un evento que caracterizó mi experiencia cinéfila durante la década de los ochenta, mi padre me llevó al extinto Cinemas Gemelos de El Dorado en el mítico año de 1985, para presenciar un reestreno de “El regreso del Jedi” en el riguroso programa doble que las añejas salas cinematográficas estilaban. La cinta complementaria representó la antítesis del feliz espectáculo de matiné que simbolizaba el filme de George Lucas, pues era un desmoralizante adiestramiento en nihilismo galáctico con un título que me resultaba enigmático, y a la vez ominoso y fascinante: “Alien, el octavo pasajero” (1979). Lo sé, en la era de la corrección política resulta impensable tal emparejamiento en la cartelera de hoy día (así como cualquier noción de dos cintas por el precio de una), pero tales experiencias resultaron invaluables para la forja de la percepción cinéfila de toda una generación (supongo que aún habrá treintañeros que recuerdan con añoro emparejamientos descabellados, pero muy disfrutables como “Tiburón” y “El Padrino”, por ejemplo). En el caso de “Alien”, su pesimista y oscura visión sobre la conquista del espacio y aquella proverbial frontera final que alegremente proclamaba la serie de “Viaje a las Estrellas”, sólo albergaba un grito que, en el espacio, nadie podía escuchar, y marcó un contraste que empequeñecía aquellas abultadas amenazas siderales de morfología insectoide y ojos saltones acechando a impolutos astronautas en naves ídem hace apenas unos años antes, cuando la ficción confortable y desprovista de ciencia ofrecida por espectáculos taquilleros como “La guerra de las galaxias” o “Encuentros cercanos del tercer tipo” reverenciaba las posibilidades redentoras o mesiánicas de la vida alienígena. Es aquí cuando entra la imagen de un tórax hecho pedazos por un extraterrestre que se abre camino entre vísceras y osamenta para simbolizar tanto su violento nacimiento como la concepción de una mirada más sombría a lo que aquellos felices space-operas nos habían habituado. En aquella visceral y ultrajante escena, un cosmonauta muere, al igual que nuestra ingenua concepción de la ciencia ficción.
Así como Kubrick revelaba una suerte de paraíso inspirador en su compleja y poética cinta “2001: Odisea del Espacio” (1968) donde el brillante cineasta discursaba sobre componentes metafísicos propios del pensamiento occidental, como la identidad de Dios y su participación en los procesos de pensamiento humanos, el director británico Ridley Scott optó por zanjar la senda al infierno con esta obra maestra de la atmósfera y el suspenso, donde una gigantesca nave espacial llamada Nostromo (nombre tomado en calidad de préstamo a la novela de revolución y corrupción política de Joseph Conrad y que revela de antemano las intenciones del cineasta), sustituye al deificado monolito del filme sesentero, mas en lugar de contener los misterios del universo capaces de dotar de entendimiento al hombre primitivo, éste posee un microcosmos mundano que sintetiza el razonamiento del homo urbanus de un futuro muy distante en tecnología, pero muy cercano en motivaciones. Siete tripulantes y un gato habitan esta monstruosidad metálica que se acerca más a un castillo gótico de la Hammer con sus goteantes corredores oscuros y cadenas colgantes, que al Halcón Milenario. Mas su misión, a diferencia de los valerosos héroes espaciales de los seriales de los treinta y cuarenta, carece de cualquier trasfondo altruista o científico, pues todos ellos son tan sólo peones y obreros de una poderosa compañía que ve en el insondable espacio tan sólo otro país tercermundista qué explotar y despojar de recursos. Su carácter y forma de conducirse manifiesta tal incompetencia, egoísmo e intereses pueriles, que pareciera como si Scott sugiriera a susurros que merecen la muerte. Tal vez por ello resulta inevitable su encuentro con el Alien, todo un compendio ambulante de las fobias de la clase media blanca estadounidense -salvajismo, parásitos, contaminación, falodependencias y el coco- y que subvierte la más querida y sagrada de las instituciones del continente americano: la maternidad. Es ese intruso de piel oscura que sólo tiene en mente la destrucción de sus amados constructos culturales. Por ello es invencible y aparentemente amorfo. En el momento que las respuestas sólo puede darlas un androide desquiciado que sangra semen (irónicamente, el oficial científico de la nave), es cuando debemos dejar de creer que la respuesta se encuentra en el diodo de un control remoto para pantalla LCD y asumir la postura del Señor K ante el cotidiano. Renovarse o morir, como debe hacer la protagonista (Sigourney Weaver), una trabajadora que abandona su piel urbana (así como el alien cambia también de epidermis) para ponerse un traje de sobreviviente y encarar a la formidable creación del diseñador sueco H. R. Giger, evolucionando y erigiéndose como icono cultural que será pivotal en una saga que jamás soñó con serlo.
El gargantuesco éxito de crítica y taquilla provocó una ídem progenie de imitadoras, pero la secuela oficial arribaría hasta 1986, cuando James Cameron dirigió “Alines, el regreso”. El resultado es demencial y delicioso, incluso los abundantes lapsos de lógica, científicos y sentido común se ven acallados por lo vertiginoso del acelerón que imprime el director de “Terminator” al relato. Mientras Scott prefirió la postura lovecraftiana y meticulosa, Cameron despliega el espectáculo que la generación Reagan necesitaba, pero además revela un trasfondo satírico donde se ridiculiza la bienamada creencia de los estadounidenses en la superioridad por potencia de fuego, ya que una vez reactivada la amenaza de los xenomorfos en una pacífica comunidad de colonos instalada en el planeta donde se encontró al nido de aliens de la primera cinta, se organiza un pelotón de rudos y malhablados marines (muy post-Vietnam, pero demasiado pre-Guerra del Desierto) acompañados de Ripley (Weaver), sólo para verse diezmados ante una multiplicada amenaza alienígena, sin importar la furia de sus imponentes armas o el número de ellas. Una vez más, el principal enemigo de los humanos no es el mortífero, polidentado y acídico alien, sino su propia incompetencia y ambición, transfigurando este violento discurso en una fábula de Esopo para adultos. En términos estrictamente cinematográficos, la cinta funciona por su desquiciado sentido del humor y un interés honesto por sus personajes, con un clímax apoteósico donde la más cruenta lucha entre progenitoras se entabla en términos de dominio y orgullo.
Las dos cintas subsecuentes han dividido a la opinión pública, pero es innegable que ambas valen bajo sus propias reglas del juego. “Alien 3” (1992), prosigue el vals entre Ripley y los xenomorfos en un planeta prisión cuyos internos llevan una vida monacal, por lo que la confrontación entre la espiritualidad y la sangre impulsan una trama bien confeccionada y excelentemente dirigida por el debutante David Fincher, quien ya mostraba talento en eso de las ambientaciones deprimentes, pero fotográficamente bien construidas. Por su parte, el francés Jean-Pierre Jeunet abandona el ludismo de sus cintas previas (“Delicatessen, “La ciudad de los niños perdidos”) para concentrarse en una plástica digna del cómic europeo y con una sensibilidad eminentemente gala (personajes socarrones, humor negro, etc.) en una historia donde una Ripley clonada reencuentra su humanidad en el último encuentro con los aliens. Desposeída de cualquier intertextualidad, la película sólo busca ser entretenimiento antes que alegatos sociológicos y en ese apartado cumple exenta de justificación o excusas.
Treinta años después, he visto cómo esas cajas torácicas revientan una y otra vez, no en condiciones de malsano placer por la violencia gratuita, sino únicamente por lo que conlleva: tal vez todos tenemos uno de esos dentro, muy adentro de nuestra psique y supongo que liberarlo nos matará tarde o temprano. Y cuando eso suceda, será en la oscuridad, donde nadie pueda escuchar nuestro grito…
Esta columna está dedicada a Fernanda y Daniela, a quienes les agradezco todo su apoyo en videoteca y a Casa Terán en general.

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