Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

No… No se trata ni de un dulce, ni de un juguete –específicamente una marca de muñecas–, aunque esta palabra, Marinoni, eso me evoque… Se trata más bien de la marca de una máquina impresora; una imprenta, pues, que debe su nombre a su creador, el francés Hipólito Augusto Marinoni.

A decir de Peter Watson (Ideas, p. 5), el historiador Thomas Carlyle consideraba que “los tres elementos más grandiosos de la civilización moderna son la pólvora, la imprenta y la religión protestante”. Con las extremas no me meto, y menos con la tercera. Así que me quedo con la imprenta, un arma más poderosa que la pólvora. Una, digamos, arma de construcción masiva –pero lo contrario también– que indudablemente ha tenido la capacidad de impulsar la difusión de todo tipo de conocimientos e ideas. En efecto, a través de la historia, la imprenta nos ha puesto a discutir; nos ha reunido con los mejores intelectos para establecer conversaciones de gran altura y calidad.

La imprenta difunde ideas, experiencias, literatura, conocimientos; todo. Permite que una persona se comunique con otra, sin importar que el emisor haya muerto hace siglos, y aunque en el caso de este medio de comunicación el principio sea otro, en última instancia es gracias a la imprenta que puedo llegar hasta sus ojos; a su mente, algo por lo que me siento muy agradecido. Por eso el oficio de impresor me parece de lo más noble de esta vida.

En fin… Le cuento esto porque hace tiempo –vergüenza me daría decir cuánto– me escribió María Guadalupe Leticia Hernández Padilla, cuyo padre, el señor Benjamín Hernández, fuera uno de los fundadores de El Sol del Centro, y que tuvo una imprenta en el Pasaje Ortega, que recuerdo entre brumas, allá en los años sesenta. Pasaba uno por ahí y resultaba obligado escuchar el ruido de las máquinas trabajando y aspirar el químico aroma de la tinta. Luego la empresa pasó a la avenida Zaragoza.

El correo de Guadalupe incluyó otro de su hermano, el señor Sergio Hernández Padilla, a los que ahora me referiré.

Me cuenta Guadalupe que su padre compró una máquina Marinoni a otro impresor, el señor José Campos, a quien sí conocí. Tenía su imprenta… donde sigue hoy en día, en la calle Antonio Arias Bernal, en el barrio de San Marcos. El ya no está, pero sus hijos continúan cultivando el arte supremo de Johannes Gutenberg.

El señor Campos hizo saber que dicha máquina había pertenecido a la imprenta de José Pedroza Trinidad Pedroza, en la que el grabador José Guadalupe Posada aprendió los rudimentos del oficio e inició su trayectoria rumbo a la eternidad, de tal manera que muy probablemente en esa máquina de bella apariencia se imprimieron aquellos legendarios ejemplares de “El jicote, periódico embustero pero no hablador, publicado por un enjambre de avispas”, dado a luz por un grupo de opositores al gobernador Jesús Gómez Portugal a fines de los años sesenta del siglo XIX, y en el que aparecieron los primeros grabados conocidos de Posada.

Años después, el señor Benjamín Hernández estuvo en posibilidades de modernizar su negocio. Entonces la Marinoni tuvo otro destino que le dio una nueva vida; una nueva oportunidad, y se convirtió en pieza de museo…

El impresor era amigo del maestro Víctor Sandoval, entonces director de la Casa de la Cultura, a quien conocía por ser su empresa la que elaboraba la papelería de la institución cultural, publicidad incluida. Por cierto que a decir de Sergio Hernández, en ese tiempo la imprenta de su padre era la única que estaba en condiciones de imprimir en los tamaños propicios para la publicidad, y se estampaban en la Marinoni. Esa máquina, dice Sergio, era manual, y requería al menos de tres operadores, y fue modificada por don Benjamín. La dotó de un motor y bandas que le permitieron funcionar con mayor rapidez, y disminuir el personal que debía atenderla.

Cuando el señor Hernández llevaba a cabo la modernización de su imprenta estaba en formación el Museo Guadalupe Posada, allá a mediados de la década de los setenta del siglo anterior, por lo que decidió donar el aparato a la nueva institución, en lugar de venderla como fierro viejo para desguazar.

A cambio de la donación, Hernández pidió que se realizara una investigación sobre la máquina, y que se le agregara una placa que recordara cómo había llegado el artilugio al museo. Esto último no se hizo, pero sí la investigación, que se realizó por parte de personal especializado del INBA, que corroboró lo afirmado originalmente por el señor Campos.

Sin embargo, continúa Guadalupe, tiempo después la imprenta fue desarmada, por considerarse un conjunto de fierros viejos. Algunos miembros de la familia Hernández hablaron con quien correspondía, para explicar el valor de la máquina, por lo que fue armada nuevamente, al tiempo que se solicitó que el aparato fuera colocado en un lugar notable del museo, a fin de que todo el mundo pudiera apreciarla.

Yo me acuerdo del ingenio, instalado en el lado sur del patio del museo, a un lado de una banca. Luego, supongo que cuando el edificio fue remodelado, en 2010, la imprenta se ubicó en la sala de exposiciones temporales, el salón principal a la izquierda de la entrada, en donde se encuentra.

Hoy la Marinoni de Posada ocupa el lugar que se merece, pero nada indica cómo fue que llegó ahí y, sobre todo, quién tuvo la generosidad de donarla al museo. Escribo esto para que conste. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).