“ NO TENGO NI IDEA SI EL VIAJE TEMPORAL ES POSIBLE, PERO ES UN CONCEPTO QUE CIERTAMENTE VALE LA PENA EXPLORAR”
Carl Sagan

Con la llegada de la hace tres décadas mítica fecha del 21 de octubre del 2015 propuesta en la trilogía de “Volver al Futuro” como el punto de convergencia cronal donde sus principales eventos tomarían cauce a la vez que presentaba un cuadro por demás elogioso de nuestros alcances tecnológicos, estéticos y morales, no sólo se antoja un proceso revisionista sobre el poderío de la especulación fílmica en relatos de ciencia ficción como éstos (y que, por regla general, no suelen ser muy halagadores al sucumbir ante pesadillas Orwellianas dramáticamente más atractivas) sino a reflexionar sobre el inevitable avance del flujo cronológico que invita a la introspección retrospectiva sobre los procesos evolutivos en nuestra existencia. Siempre es tentadora la inoculación en nuestra conciencia del omnipresente “¿Qué tal si…?”, esa primordial especulación que da entrada a un océano de mecanizaciones intelectivas donde reemplazamos las decisiones, acciones y reacciones reales por las ideales, fantaseando sobre nuestro actual estado físico y mental si las cosas hubieran sido diferentes… un fenómeno que el cine ha explorado desde toda línea temporal alterna.
Por supuesto que la fascinación inherente en un concepto tan vasto como el recorrido en las diversas sendas cronológicas ha cautivado la imaginación de diversos entes creativos (sobre todo literarios por sus posibilidades narrativas y científicos, por su sorprendente capacidad de factibilidad) desde hace siglos, pero el cine lo ha potenciado de tal forma que prácticamente ha edificado todo un subgénero a tan fantástico concepto, comenzando con las obligadas adaptaciones fílmicas de textos clásicos de rigurosa revisión sobre el viaje temporal como “Un Yankee en la Corte del Rey Arturo” – destacando la versión de 1949 con el melódico Bing Crosby -, “Canción de Navidad” – donde Charles Dickens ubica a su personaje Ebenezer Scrooge en diversos periodos de su propio pasado – o “La Máquina del Tempo” – maravilloso escapismo victoriano obra de H.G. Wells que inspiró la excelente y homónima adaptación de George Pal en 1960 con Rod Taylor en icónica interpretación, así como la interesante y especulativa “Escape en el Tiempo” (1979) donde Michael McDowell encarna al mismo Wells como creador del adminículo que le permite viajar al futuro para confrontar a Jack el Destripador (David Warner) a la vez que encuentra el amor (el amable lector tendrá que creerme que la ejecución supera estas descabelladas líneas). De la horrenda versión del 2002 con un desaprovechado Guy Pearce, ni hablar.
Con el furor de la ciencia ficción durante los 60’s y 70’s, surgieron numerosos proyectos que mantuvieron vigente esta idea, destacando “Viajeros en el Tiempo” (Melchior, E.U., 1964), “Viaje al Centro del Tiempo” (Hewitt, E.U., 1967), “2000 Años Después” (Tenzer, E.U., 1970), o la saga de “El Planeta de los Simios” donde el desplazamiento temporal es pivotal para la trama de los 5 filmes. Hasta el mismo Santo, el Enmascarado de Plata, tuvo su propia divergencia cronológica en “Santo y El Tesoro de Drácula” (Cardona, México, 1969).
La fijación con las infinitas posibilidades en el viaje temporal permitió que incluso el concepto se hibridara con otros géneros, como es el caso de “Pide al Tiempo que Vuelva”, cinta obligada para románticos recalcitrantes sobre el amorío imposible entre Christopher Reeve y Jane Seymour separados por un siglo de distancia pero unidos por una mirada de él a la fotografía de ella, sin estrambóticos efectos especiales o DeLoreans voladores. “La Cuenta Final”, un drama bélico donde el acorazado comandado por Kirk Douglas regresa con toda la tripulación al ataque de Pearl Harbor y los debates morales de intervención que eso implica, y “Bandidos del Tiempo”, exquisita farsa inglesa de un insuperable tono socarrón por el ídem director Terry Gilliam.
Los 80’s y 90’s vieron en el concepto transdimensional una formidable oportunidad para situarlo en experiencias dinámicas y trepidantes como fue el caso de “Terminator” (Cameron, E.U., 1984) y secuelas, “El Experimento Filadelfia”(Raffill, E.U., 1985), “Trancers”(Band, E.U., 1985), la infaltable trilogía de “Volver al Futuro”, la jocosa dupla de “Bill y Ted” -con un imberbe y desenvuelto Keanu Reeves -, la poética “Navigator” (Ward, Australia, 1988), la hilarante “Los Locos Visitantes” (Poiré, Francia, 1993), la modesta filosofía y notable ejercicio cómico que es “Hechizo del Tiempo” (Ramis, E.U., 1994); “Timecop” (Hyams, E.U., 1994) -indudablemente el mejor filme de Van Damme – o “12 Monos”, inteligente y paradigmática reinterpretación del otrora confortable desplazamiento temporal.
Una reciente intelectualización del tópico ha erogado en cintas que brillan tanto por su minuciosa ejecución e hilvanado narrativo como por su aporte a este exprimido tema, surgiendo cintas tan logradas como “Donnie Darko” y “Southland Tales”, ambas de Richard Kelly; “Primer” y “Triangle”, donde se pone de manifiesto las posibilidades dramáticas y relativamente trágicas de estas paradojas o “Los Cronocrímenes”, ingenioso thriller español de Nacho Vigalondo con un guión repleto de retruécanos, la única cinta rescatable de este timador ibérico. Alimento para la mente y la imaginación dignos de revisión para brindarnos aquella sensación descrita por el Dr. David Filby (Alan Young): “Ahora tienes todo el tiempo del mundo…”.
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