Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaEl principal motivo por el que México crece poco y con enorme desigualdad, no es la reciente debilidad de sus variables macroeconómicas (déficit y deuda pública), sino su tradicional productividad laboral baja, resultado de un catastrófico sistema educativo, señalan varios organismos financieros internacionales.

El argumento en su forma más simple se lee así: debido a su deficiente sistema escolar, México no puede tener una mano de obra más calificada para competir con China, Corea del Sur y otras potencias manufactureras del mundo emergente.

Según reconoce el propio Secretario de Educación Pública, la productividad laboral de un coreano duplica la de un mexicano, y la de un noruego es seis veces más alta.

La baja productividad laboral condena a México a convertirse en una plataforma de maquila de la industria automotriz, aeroespacial y electrónica.

Este esquema es útil a los inversionistas extranjeros para acceder en condiciones ventajosas al mercado más grande del mundo, que sigue siendo el estadounidense. Pero los salarios son bajos porque los puestos son automatizables, de escaso valor agregado, y porque a México lo que le sobra es población disponible en edad de trabajar, tan necesitada de ingresos como carente de preparación.

Dejaré para futuras colaboraciones varios pendientes educativos, como la educación superior, la capacitación, la investigación y la innovación. Hoy me referiré exclusivamente al tema de la educación básica, que ha sido secuestrada por caciques magisteriales que quieren preservar privilegios absurdos como comprar, vender o heredar plazas vitalicias y ascensos laborales.

Maestros entregados y de trayectoria reconocida aceptan que pocos planteles escolares se desempeñan como comunidades de aprendizaje; en muchos reinan, en cambio, fenómenos nocivos como el bullying, el pandillerismo, las adicciones y la violencia.

Los resultados son de todos conocidos: apenas la mitad de los niños mexicanos termina su educación obligatoria, y sólo la mitad de los que la terminan muestra haber adquirido las competencias mínimas de razonamiento lógico tanto verbal, como matemático y científico. Dicho de otra manera, de poco le sirve al país contar con tantos jóvenes si sólo una cuarta parte de ellos tiene las herramientas básicas para ser personal y socialmente productiva.

De hecho, México se ubica en el puesto 53 de los 65 países que participan trianualmente en la prueba internacional PISA para estudiantes de 15 años. La misma prueba nos proporciona un dato ilustrativo: los niños chinos que viven en condiciones paupérrimas a las afueras de Shangai obtienen mejores resultados académicos que el más alto diez por ciento de los niños mexicanos.

La publicitada Reforma Educativa se ha quedado trunca. En los textos de la Reforma Educativa se incluyó el derecho de los niños a obtener una educación de calidad. La Suprema Corte de Justicia avaló la constitucionalidad de la evaluación docente para controlar la calidad del servicio.

Sin embargo, tal parece que toda la Reforma ha quedado reducida a la pura aplicación de exámenes a los maestros, lo cual no tiene nada de novedoso, excepto que ahora se amenaza con despidos. Pero dudo que el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación pueda, con los instrumentos disponibles, medir las habilidades de un maestro para controlar la disciplina de un grupo, priorizar a sus alumnos en riesgo o detectar y evitar el bullying.

En una verdadera educación de calidad de clase mundial se esperaría que los maestros fuesen capaces de organizar tan sólidamente su actividad de enseñanza que consigan simultáneamente, entre otros, estos resultados: lograr el desarrollo intelectual y afectivo de sus alumnos de acuerdo a su edad, mantener el interés de los estudiantes avanzados, asegurar el éxito de los rezagados, construir ambientes de aprendizaje colaborativo y evitar situaciones de violencia.

En una educación de calidad, los maestros deberían desarrollar en sus alumnos habilidades de razonamiento lógico matemático para tomar decisiones acertadas, disminuir riesgos y optimizar resultados; habilidades de comprensión lectora para establecer un diálogo enriquecedor con los grandes pensadores de la humanidad de todos los tiempos; habilidades de razonamiento científico para adquirir conciencia de quiénes somos y dónde estamos, a fin de poder imaginar un mundo mejor y transformarlo con respeto a los demás y al medio ambiente.

En una educación de calidad, las asignaturas del currículum oficial deberían revisarse y reorganizarse para permitir a los maestros desarrollar en sus alumnos competencias fundamentales como pensamiento crítico, comunicación asertiva, mediación de conflictos, resolución de problemas, orientación a resultados y, sobre todo, habilidades para compartir y competir con respeto a reglas en un mundo incierto (soft skills).

Seguimos esperando que la Secretaría de Educación Pública nos informe cuándo y cómo va a desarrollar en los maestros esas competencias pedagógicas tan avanzadas que les exige una educación de calidad.

No nos oponemos a la evaluación, pero, a tres años de aprobada la Reforma, se echa de menos un verdadero programa de desarrollo magisterial a partir de la premisa de que la actividad de la enseñanza que realiza el maestro es la que determina la calidad del desarrollo psicológico de sus alumnos; que la madurez intelectual y afectiva de los niños no viene con la edad, sino que es el maestro el que tracciona el aprendizaje de sus alumnos. Y sólo podrá hacerlo si conoce y utiliza los métodos de enseñanza adecuados.

Evitemos caer en dos errores muy comunes hoy en día. Primero, creer que los niños aprenden por sí solos (el internet y la televisión están ocupando el lugar del maestro). Segundo, creer que los resultados de aprendizaje están predeterminados por la herencia biológica o social del niño. Si así fuera, ¿para qué contar con un gigantesco sistema educativo nacional que atiende a un tercio de la población mexicana con dos millones de maestros?

Una escuela pública rígida en su currículum, con maestros desmotivados o poco convencidos de su propio potencial, puede agravar las diferencias sociales en lugar de cumplir su papel de vehículo de movilidad social, que es su razón de ser original. México necesita hoy más que nunca de sus maestros, pero hay que reconocérselos con palabras y hechos.

jesusalvarezgtz@gmail.com

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