“¿Qué es peor, vivir como un monstruo o morir como un buen hombre?”
Teddy Daniels, en conversación

COLUMNA CORTE 1El ser humano viene incluido, por lo general, con una puerta abierta en nuestra psique para recibir una sarta de horrores que llegan para habitar nuestra conciencia y cuyo nombre se nos reveló conforme nos familiarizábamos e incluso aprendíamos a vivir con ellas: traumas, viles pasajeros sin una voz coherente con cual vociferar su origen o su propósito… a menos que se integren como el punto medular en una historia trabajada por Martin Scorsese, uno de los cineastas indispensables del siglo XX (y, por lo visto, del XXI), basándose en el éxito literario de Dennis Lehane y generar uno de los mejores thrillers psicológicos de los últimos años: “La isla siniestra”, cinta disponible desde hace algunos años en DVD y donde las fracturas emocionales y el lado oscuro de la fuerza emocional dictan los destinos de los personajes principales.
Una vez más, Scorsese se alía con Leonardo DiCaprio para desarrollar un relato ubicado en el Boston del año 1954, donde el agente federal Teddy Daniels (DiCaprio) y su compañero Chuck Aule (un controlado y eficaz Mark Ruffalo) son enviados al Hospital Psiquiátrico Ashecliffe de Isla Shutter donde, al parecer, una paciente de nombre Rachel con características esquizoides (ahogó a sus hijos para después pretender que siguen vivos y llevar una rutina de ama de casa normal) ha escapado de las instalaciones y no puede ser hallada, situación que alarma al director del hospital, el Dr. Cawley (encarnado con aplomo por Sir Ben Kingsley) y a su misterioso asociado, el Dr. Naehring (Max Von Sydow), quienes consideran que la fuga es de preocupación nacional debido al alto estatus del que goza tal recinto frente al gobierno estadounidense y por las características demenciales de la prófuga. A partir de este momento comienzan las pesquisas por averiguar su paradero, pero mostrando que no estamos en territorio de Agatha Christie, la cinta comienza a enfocarse en la naturaleza psicológica del agente Daniels, quien sufre de estrés postraumático después de su participación en los frentes europeos durante la 2ª Guerra Mundial y en particular con la liberación de judíos en el campo de concentración de Dachau, donde presenció horrores que lo asaltan constantemente a modo de pesadillas recurrentes, además de que su esposa e hijos fueron ultimados durante un incendio provocado por un tal Andrew Laeddis, su demonio personal. Todos estos elementos van conjugándose para mostrar un laberinto existencial que mora en este personaje y, por ende, pareciera inevitable su presencia en ese lugar donde la locura y lo insano cobran cierta forma.
Scorsese pone en evidencia su gran formación cinéfila al recurrir a diversas argucias narrativas y plásticas que remiten directamente al expresionismo alemán y al cine negro (atmósferas sombrías y lúgubres, contraluces y sombras cargadas, paleta cromática sepia y gris a tono con la estructura y universo interno de la historia, etc.), sobre todo cuando comienza a exponer, vía la búsqueda de tan peligrosa paciente, la ominosa carga emocional que llevan sus personajes a cuestas (en un momento de la cinta el Dr. Naehring, después de un esgrimeo verbal notable con Daniels, trata de poner en evidencia el espíritu violento del agente al preguntarle quién lo ha criado, a lo que Daniels responde atinadamente: “Los lobos. Fui criado por lobos”. Una respuesta que se consolida como afirmación nihilista de su propia naturaleza y a la vez un brillante guiño a la figura del mismo Von Sydow, al verse sumergido en la siamesa “Hora del lobo” bergmaniano, a quien Scorsese indudablemente está homenajeando), dotando a la narrativa de una dimensión filosófica de interpretación necesaria por parte de la audiencia, ya que es sencillo extraviarse cuando la película no posee escenas de acción espectaculares o persecuciones gratuitas. Todo está contenido al servicio de la historia.
Es en este punto cuando Scorsese proyecta su Polanski interno, tratando de manifestar el desequilibrio que surge entre una experiencia traumática y la vida cotidiana en la mejor tradición de “Repulsión” o “El inquilino”, tornando una rebanada del pay de manzana americano en amargo manjar para Daniels, y tal vez para el espectador, transfigurando la trama en un ejercicio terrorífico donde hasta el gore está presente.
Es por ello que la cinta debe verse sin los rosados cristales de la complacencia, ya que por tratarse de un discurso inteligente sobre las voces que incesantemente buscan nuestra figurativa destrucción, entonces el criterio cuenta, más cuando Scorsese es quien, a través de imágenes inquietantes, personajes perturbadores y vueltas de tuerca pavorosas, nos pregunta directamente a los ojos de la conciencia: ¿Qué prefieren, vivir como monstruos o morir como buenas personas?

¿Y bien…?

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