Por:Juan Pablo Martinez Zuniga

Tal vez usted no se ha percatado, pero si baja unos centímetros el diario que tiene en sus manos y alza un poco la mirada a su entorno social, se dará cuenta de que la población mundial se encuentra en actividad mimética boyante, participando alegre y voluntariamente de una suerte de aquelarre posmoderno con atavíos adecuados para la ocasión, con el fin de integrarse a los procesos culturales que el entretenimiento cinematográfico moderno provee a esta generación: recitar conjuros en voz alta en un latín maltrecho, para sumarse a la experiencia mediática que significa la diseminación y desparrame de producciones que aluden a las artes oscuras pero diluidas y empanizadas con sabor a dulce, para su consumo inmediato y sin consecuencias dolorosas en la conciencia, como lo han hecho incontables series televisivas (“Los Hechiceros de Weaverly Place”), híbridos fílmicos que pretenden unificar fantasía u horror con las efigies arcanas (“El Aprendiz de Brujo”, “El último Cazador de Brujas”) y, por supuesto, las cintas de aquel asexuado e imberbe hechicero llamado Harry Potter, quien acarameló ritos y ceremonias ocultistas por las que hace unos 500 años las autoridades eclesiásticas perfeccionaran la receta del chicharrón de fea manera, mediante la quema pública de brujas(os) y otros seres de hechura hereje. El que hasta la fecha, una cantidad considerable de entes metropolitanos se sume colectivamente a una tibia catarsis sociocultural que involucra disfraces, caracterizaciones y revisiones a mansalva por televisión de esta pueril “saga”, con el fin de subsanar insuficiencias de realidad -fenómeno agravado tanto con la adoración mostrada recientemente hacia el facilón y maniqueo “Doctor Strange”, como con el reciente estreno de “Animales Fantásticos y dónde encontrarlos” – sólo nos acerca cada vez más al Springfield de “Los Simpson”, pero nos da un excelente pretexto para abordar aquellas producciones cinematográficas que gustosamente contrarrestan tan cándida e irritante visión de las ciencias ocultas para ofrecernos algo de sangre, tortura y aquella vieja ultraviolencia, además que en estas fechas donde el desencanto asoma su fea testa ante el triunfo político de ese inquisidor étnico apellidado Trump, se antoja una reflexión sobre los aspectos antitéticos que en cine se exploran mediante el arcano gusto por adorar al diablo y no a su creador.
Bueno, claro que, en el inicio, la imaginería nigromántica no resultaba tan extrema. De hecho, comenzó de forma discreta pero aparatosamente plástica con aquella obra maestra expresionista titulada “Häxan: La Brujería a través de los siglos” (1922), una producción protodocumentalista sueca-danesa dirigida con audacia y maestría por Benjamin Christensen, quien aborda descriptivamente tanto el cotidiano de las brujas y sus procederes (incluyendo vívidas y fascinantes recreaciones de aquelarres y ritos impíos) como el de sus perseguidores y su implacable guía: el malleus maleficarum (“El Martillo de las Brujas”, texto generado en 1468 donde se plantean todas las normas y requisitos tanto para la identificación de brujas como de su posterior tortura). Un filme por demás vanguardista que destaca por sus retorcidas atmósferas retratadas en glorioso blanco y negro.
Al pasar los años, la inquisición y sus crueles herramientas de interrogatorio, encontraron una voz distorsionada a las representaciones que guardaban fidelidad histórica en los directores que vieron en aquel pasaje cronológico una magnífica oportunidad para crear productos que impactaran y zozobraran al espectador. El afamado actor de culto, Vincent Price comenzó incluso a identificarse con personajes de esta índole gracias a su participación en “La Fosa y el Péndulo” (1961) y “Cuando Arden las Brujas” (1968), siendo la primera muy recordada por los cinéfilos y adoradores de Poe, debido a la potente dirección y puesta en escena del mítico Roger Corman (una versión posterior dirigida por Stuart Gordon, con Lance Henriksen como el famoso inquisidor Torquemada, privilegiaría tan solo los aspectos sórdidos del relato original), mientras que la segunda debe mucho al escalofriante guión y dirección del británico Michael Reeves, quien se basó en las andanzas del genuino cazabrujas Matthew Hopkins, y que según fuentes llevó a su fin a aproximadamente 5,000 practicantes de la magia negra. Un filme destacable por su histrionismo clásico y una morbidez entre líneas que provocó su veto en muchos países.
Por supuesto, nunca faltaron aquellas brujas o hechiceros que, una vez purificados por las llamas de la Inquisición, decidieron retomar donde se quedaron vía el bonito recurso de la resurrección / reencarnación, brindando títulos desiguales que alcanzaron status de culto como: “La Máscara del Demonio”(1960), escalofriante cinta del maestro italiano Mario Bava, quien maneja con maestría su cámara para brindarnos algunas de las composiciones fotográficas y atmósferas más propositivas del género; “El Barón del Terror”(1962), producción mexicana de abismales proporciones cortesía de los dos titanes de la chafez absoluta del cine nacional: Chano Urueta y Abel Salazar, lo que, por supuesto, es un atractivo más para disfrutarla a mares; “Superstición”(1985), cinta de capital italiano pero rodada en los E.U. donde una bruja le hace ver su suerte a los moradores de una bucólica residencia de Virginia y, por supuesto, “Vacaciones de Terror” (1990), cinta sobre bruja reencarnada en muñeca (cosas del cine mexicano) que confirma aquello de que Pedro Fernández, como actor, es buen cantante, aunque no dé una en ambas cosas.
Brutales representaciones de las torturas inquisitorias las podemos localizar en aquellas producciones de explotación setentera europeas como: “La Marca del Diablo” (1970), producción alemana que contaba tanto con destacados valores de producción que dotaban al filme de suntuosa apariencia como de la participación del excelente actor inglés Herbert Lom como un concupiscente y asertivo perseguidor de bruja e “Inquisición” (1976), cinta española del autor Paul Naschy quien por poco comete el error de transformar su sombrío relato de época en una historia de amor. Filmes de difícil revisión en nuestro país pero que ameritan un esfuerzo por parte del cinéfilo dedicado al escrutinio de subversiones en celuloide.
Estos, claro está, son tan solo una muestra de la justicia papal aplicada a aquellos que prefieren matar su tiempo de ocio en invocaciones, maleficios y sortilegios. Por lo que siempre quedará el consuelo de que algún día, algún audaz representante del vaticano lleve a la hoguera a Joanne K. Rowling y todas sus abominables creaciones no para salvar nuestras almas, sino nuestra cordura y paz mental.

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