Silvia Guerra

Una vez más hemos sido partícipes de un debate de los candidatos demócrata y republicano a la presidencia de los Estados Unidos. La guerra sucia entre ellos se encarniza conforme se acercan las elecciones y muy seguramente, el partido demócrata esperó hasta el último momento para filtrar hábilmente el desafortunado audio del candidato republicano con aseveraciones misóginas y denigrantes, esto fue una bomba meticulosamente plantada que dio en el blanco. Ninguna campaña política se escapa de semejantes descalabros, ya que lo que buscan es obtener la delantera a costa de casi cualquier cosa. Dependiendo de lo duras, insensibles y sucias que hayan sido las acciones y estratagemas de un candidato para demeritar al otro, podrán ser las acciones y represalias de regreso en esta horrorosa guerra sucia.

Después del primer debate de estos candidatos y del estruendoso escándalo del audio con comentarios “de vestuario” del Sr. Trump, se esperaba un segundo debate, muy distinto a lo que fue. Las incongruencias no se dejaron esperar cuando el candidato republicano intenta desdecir lo que ha afirmado tantas veces: intenta ponerse como amante de los latinos, cuando ha demostrado lo contrario; se dice respetuoso de las mujeres, cuando una y otra vez ha confirmado que no lo es; dice apoyar a los afroamericanos, cuando ha hecho comentarios cruentos y racistas. Es complicado buscar una victoria y una credibilidad cuando te rodea la incongruencia y la falsedad.

Indiscutiblemente el lenguaje corporal y la actitud del Sr. Trump dieron un vuelco tremendo del primer debate a este último. Se mostró de actitud relajada, más controlado y pausado en su manera de contestar; aún cuando reclamaba a los moderadores, no perdía la compostura ni utilizaba lenguaje corporal amenazador al hacerlo, a diferencia de lo que vimos en el primer debate en donde todo su cuerpo, gestos y entonación fueron mucho más agresivos. No logro entender por qué sus asesores permitieron que utilizara una corbata tan larga; sobre pasaba por mucho la hebilla del cinturón que portaba, haciéndolo ver extraño. La mayor parte del debate mantuvo su saco desabotonado aún cuando se mantuvo de pie; estaría de acuerdo con esto si el traje fuera pequeño o si sus movimientos fueran extensos y en este caso, ni uno, ni otro.

La candidata Clinton dejó mucho que desear con el atuendo que portaba, ya que la hacía verse pálida y cansada con ese gris perla que no le favorecía en nada. Ella claramente tenía ventaja sobre su contrincante, un candidato golpeado por la “vergüenza”, por lo que debió optar, en mi humilde opinión, por un color que además de ser el de su partido y el de sus ojos, le aportara más presencia, más autoridad y a su vez ratificara su posición de liderazgo: el azul. Sus ademanes eran adecuados y justos, como siempre; se nota que es una mujer muy preparada.

En general, los candidatos intentaron dar un toque “casual” al evento, ya que ambos caminaban por el foro y se acercaban a las personas que hacían las preguntas, dando una impresión de interés y atención. Aún así, sí se sintió un ambiente algo denso, lleno de gestos, reacciones y miradas pesadas. Esperemos ver qué nos tienen preparado para el último debate.

Nos vemos la próxima semana.

 

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