Luis Muñoz Fernández

De hecho, existe un dogma popular que se refuerza todos los días en los medios de comunicación masiva –y, hay que decirlo, también por las declaraciones de muchos científicos– que se fundamenta en un gran error… André Pichot lo ha llamado la manía del ADN, que consiste en asumir que el código genético es la causa de la vida. Es como si yo creyese que mi reproductor de discos compactos es la causa de lo que siento al escuchar el trío en si bemol mayor para piano, violín y chelo de Schubert.
Denis Noble. The music of life. Biology beyond the genome, 2006.

El escrito de la semana pasada (“Madre sí hay más de una”) provocó varios comentarios en algunos de sus lectores que, además de mejorarlo en más de un sentido, me obligaron a introducir en su versión electrónica varias correcciones. Uno de esos comentarios también merece reflexiones adicionales para el beneficio de todos los interesados, incluyendo al que esto escribe.
La noticia de la existencia de un bebé de cinco meses que ha heredado el material genético de tres progenitores (el de su padre, el de su madre y el de una donadora voluntaria), pasa por alto un hecho de consecuencias fundamentales, aunque impredecibles, en la vida presente y futura de esa criatura. Así me lo hizo saber el doctor Leonardo Viniegra Velázquez con estas palabras:

En esta ocasión sobre el caso de tres progenitores en la gestación de un humano me refiero a los porcentajes de participación de cada uno de los progenitores por su contribución al genoma de la criatura, bajo el supuesto de que el ADN es lo único que cuenta; pues bien, la donadora del ADN mitocondrial también donó el intrincado aparato citoplásmico de regulación epigenética que probablemente -según mis puntos de vista- sea más influyente en la vida del pequeño que el genoma nuclear de su madre. Así que estimar la contribución basada exclusivamente en la proporción de ADN aportado es la típica falacia del reduccionismo genético que sostiene el determinismo genético y la existencia del programa genético de la vida.

Aunque no lo apreciemos a simple vista, el cuerpo humano está formado por unas unidades microscópicas llamadas células. Sin tomar en cuenta las numerosas bacterias que colonizan normalmente nuestra superficie corporal (unos 100 trillones) y que también son células, podemos decir que cada individuo está formado por unos 37 trillones de células humanas. Estas cifras son una estimación más o menos aproximada, ya que el monto exacto es muy difícil de calcular.
Cada una de ellas es un pequeño universo delimitado por una membrana (su frontera externa) que contiene una especie de gelatina fluida llamada citoplasma en la que se encuentran “flotando” numerosas sustancias químicas y estructuras más complejas llamadas organelos que cumplen diversas funciones. Uno de esos organelos son las mitocondrias de las que hablamos la semana pasada.
La donadora no sólo aportó el material genético sano contenido en sus mitocondrias, que representa solamente el 0.2% de todo el material genético que heredaría el bebé, sino que contribuyó también con la membrana y todo el citoplasma del óvulo que donó y al que los investigadores insertaron después el núcleo de la madre. El resultado fue un óvulo híbrido (con el núcleo de la madre y la membrana con el contenido citoplásmico de la donadora), que sería posteriormente fecundado in vitro con un espermatozoide del padre.
Vale aclarar que el doctor Viniegra sostiene desde hace años una visión de la vida y de los seres vivos que él mismo ha calificado heterodoxa y que ha plasmado en un libro no sólo formidable, sino fundamental para quienes nos interesamos en la Biología. El libro se titula Penetrando el proceso vital. Más allá de la adaptación, el azar y la selección natural (edición personal, 2012). La parte medular de la obra es su teoría de la interiorización del entorno y la anticipación, de la que ya tendremos ocasión de tratar en otra oportunidad. Y en él también destaca el papel que tiene la regulación epigenética en los procesos vitales, instrumento químico complejo a través del cual el medio ambiente regula la expresión de los genes, a la par que se ve influido por ellos.
Así lo expresa también Evelyn Fox Keller (The mirage of a space between nature and nurture, 2010) cuando desbarata la falsa disyuntiva de qué es lo que contribuye más en los seres humanos, si la herencia (los genes) o el medio ambiente. Pone como ejemplo el modelo de la cubeta: dos niños llenan una cubeta de agua con una manguera. Keller nos dice que en la realidad no podemos llegar a saber cuál de los dos niños contribuye más a llenar la cubeta porque ambos usan la misma manguera simultáneamente, uno sosteniéndola y abriendo la llave a la que está conectada y el otro dirigiendo la punta de la manguera para que el agua caiga en la cubeta. El ser humano (y cualquier ser vivo) –la cubeta con agua– es fruto de la acción concertada de los dos niños que representan la herencia y el medio ambiente. No podemos concebir a uno sin el otro. Así que la disyuntiva entre la herencia y la creencia no existe.
Hoy ya sabemos que la importancia de los mecanismos epigenéticos en las funciones vitales, la regulación de la expresión de los genes e incluso en la evolución de las especies es muy grande. Sin embargo, es todavía mucho más lo que desconocemos al respecto. Una de las principales aportaciones que ha hecho el Proyecto Genoma Humano ha sido poner al descubierto la existencia de nuestra infinita ignorancia sobre nosotros mismos.
Llegamos a creer que al terminar el Proyecto Genoma Humano quedarían resueltos la mayor parte de los interrogantes sobre nuestra biología, pero no ha sido así. Todo lo contrario. Con su conclusión se han presentado ahora más preguntas que las que teníamos en un principio. En los pequeñísimos espacios del núcleo celular (unas cinco milésimas de milímetro) y del citoplasma (unas 15 milésimas de milímetro) se esconden muchos secretos.
Así que, volviendo al niño de los tres progenitores, asumir que lo aportado por la donadora se reduce solamente al material genético de sus mitocondrias es, por decirlo suavemente, una ingenuidad. Ese niño heredó también buena parte de los mecanismos epigenéticos contenidos en el citoplasma del óvulo de la donadora. Herencia cuyas consecuencias presentes y futuras desconocemos. ¿Cómo se manifestará esa herencia que los científicos involucrados parecen no tomar en cuenta? ¿Cómo intervendrá en la vida de este infante? No lo sabemos. Ignoramos cómo influirá en su carácter, en el funcionamiento de sus órganos y en las enfermedades crónico-degenerativas que desarrollará sobre todo durante la segunda mitad de su vida.
No sólo le fueron dadas las mitocondrias sanas que necesitaba para sobrevivir mucho más allá de lo que habían logrado sus dos potenciales hermanos mayores, sino que le fue entregada una herencia cuyo contenido y poderes desconocemos casi por completo. La vida sigue siendo un misterio sin resolver y en nuestro empeño por reducirla a sus componentes más simples estamos perdiendo de vista su maravillosa complejidad.

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