Terry: -“¡Que los antiguos demonios partan! ¡Que ardan en el fuego de la condenación! ¡Que se congelen en la eterna oscuridad de su propia y horrenda creación…!”
Glen: -“¿No es eso un poco ofensivo?”
Terry: -“Debe serlo, supongo. Estamos tratando de librarnos de ellos¼”

-“TUNEL AL INFIERNO”
Si no fuera por ese sistema límbico alojado en nuestro cerebro, todo aquello que mora en las tinieblas nos tendría sin cuidado, pues la oscuridad jamás detonaría esa conocida respuesta emocional controlada por dicha red neuronal que provoca estupor en cualquier adulto y que no logra dominar, aunque los convencionalismos sociales dicten su sumisión (y en todo caso, cualquier intención de erradicarlo se va al desagüe cuando nuestra frágil vejiga nos pone en evidencia). ¿Que de qué hablo? Pues del miedo, claro está, aquella némesis primordial de la entereza y constante bache en nuestra ruta a la arrogancia desde que éramos simple materia cruda. Todo adulto tiene un temor secreto y éste generalmente fue concebido durante nuestra niñez por el omnipresente concubinato de lo desconocido con lo incontrolable, frustrando nuestros gallardos intentos de mantener una mirada erguida ante el devenir cada vez que nos abrazan las tinieblas por un apagón en la tormenta eléctrica o en todo crujido inexplicable que fractura la quietud del hogar. Por supuesto que el sobresalto no equivale a cobardía, mas ello no impide que el rubor asalte las mejillas cada vez que el temor posesiona nuestros sentidos aunque sea por un instante, tornándose una experiencia frustrante al regresarnos por fracciones de segundo a una vulnerada sensación de desamparo que nos recuerda a la infancia, etapa de indigencia en cuanto a valentía y cuando constantemente nos entregábamos a un estado de horror por demás puro, nutriendo nuestras oscuras fantasías y recibiéndolas casi con sádico placer en nuestras pueriles pesadillas. Tal torcido sentido del candor infantil lo hemos perdido al crecer, pero que bueno sería recapturarlo para enfrentar nuestros pavores cobijados por una inaudita capacidad de asombro que sustituye la valentía por un arrojo que no mide consecuencias. Los niños conocen el miedo, tal vez mejor que cualquiera, y figurativamente suelen vencerlos cotidianamente, gracias al cine esto puede ser también una realidad.
El subgénero de chiquillos vs. seres de la sombras establece esa dicotomía que plantea el terror a lo oculto, ya que mientras se cuenta con protagonistas de condición frágil tanto física como psicológica en condiciones de inocencia absoluta, éstos componentes los hace idóneos contendientes para los miedos primigenios, pues parafraseando un conocido cliché, son la luz perfecta ante tal oscuridad, amén que sacia nuestros anhelos guardados en el archivero nemotécnico cuando, hace años, creíamos que bastaba nuestro insensato arrojo para vencer al mal. Y, propulsados por las ficciones de celuloide que así lo validaban, quien sabe¼tal vez lo hicimos en algún momento.
Los niños se tornaron los sigilosos y discretos salvaguardas de su cotidiano frente a la diversa sobrenaturalidad que infesta nuestros temores básicos cuando la cinematografía decidió, por fin, dotarles de protagonismo ante tales amenazas. Probablemente por su capacidad de filtrar los aspectos banales de su entorno, los adversarios más socorridos al respecto hayan sido los de índole espiritual, fantasmal y etéreo. Es así que aquellos filmes donde los pequeños doblegan su miedo ante presencias espectrales suelen ser los que gozan de mayor atención tanto del público como de los creativos, como es el caso de “El Otro” (Mulligan,E.U.,1972), aterrador relato sustentado en una línea relativamente contemplativa y no efectista donde un jovencito debe dominar su muy real lado oscuro .representado por su difunto gemelo en ambientes sorprendentemente diurnos y bucólicos, Lo  que enriquece una atmósfera realista; “La Mujer de Blanco” (LaLoggia,E.U.,1988) relato que se manifiesta en una vertiente clásica sobre la relación que surge entre la ánima titular y un chico interpretado por un diminuto Lukas Haas (“El Origen”); “Ojos en el Bosque” (Hugh,E.U.,1980), un fragmento en la etapa experimental de los Estudios Disney cuando pretendieron desentenderse de proyectos familiares y acercarse un poco a la oscuridad. Comenzaron con su interesante adaptación del texto de Ray Bradbury titulado “La Feria de las Tinieblas” y siguieron con este filme, donde una jovencita pretende aclarar el misterio que habita en un ominoso bosque donde surgen voces y fenómenos paranormales. La cinta casi lo logra, mas condesciende demasiado al gran público y no logra trascender. Por supuesto, es obligado recordar también “El 6º Sentido” y “El Espinazo del Diablo”, destacadas producciones que acercaron más allá de la zona de confort a los pequeños en situaciones normalmente reservadas para adultos confrontándolos a la oscuridad que mora en rincones y espectros, con amplios despliegues de inteligencia, fortaleza histriónica y giros de tuerca memorables.
La década de los 80’s fue por demás pródiga en filmografía infantil, emparejando a los niños con toda clase de situaciones y argumentos, pero aquellos donde vieron a los ojos a contrincantes de índole bestial lograron colarse en las filas de los placeres culpables, sin importar el pelaje, condición o extracto mitológico del elemento antitético, pues lo mismo daba que fueran demonios como en “Túnel al Infierno / The Gate” (Takacs,E.U.,1987), entretenida mini épica sobre dos niños (uno de ellos Stephen Dorff bien cachetón) que destapan accidentalmente un portal al inframundo de donde surgen memorables amenazas de todos tamaños con la vida que da el stop motion de calidad (por cierto, tal premisa la comparte con la cinta del veterano y añorado Joe Dante titulada “Miedos”, menos efectiva pero solvente), “El Closet de Cameron”(Mastroianni,G.B.,1988), torpemente realizada pero con un demonio manufacturado por Carlo Rambaldi por demás espeluznante, “Eso” (Wallace,E.U.,1990), efectiva adaptación al texto de Stephen King donde explora las fobias y temores más enraizados en el corazón infantil con un adversario de antología y “No le Temas a la Oscuridad” (Nixey,E.U.,2010), proyecto con todos los tics narrativos de su productor y guionista Guillermo del Toro pero ampliamente disfrutable por el genuino riesgo que transpira en la trama el enfrentamiento de una chiquilla con los demoníacos hados de los dientes que habitan una mansión. Creaturas de corte más clásico persisten en filmes como “El Escuadrón Cazamonstruos / The Monster Squad” (Dekker.E.U.,1987), genuino producto de su época donde se fusiona la irreverencia pueril de “Los Goonies” con la parafernalia visual que caracterizó su década, además de una caracterización notable donde participan todos los personajes clave del horror fílmico (Drácula, el monstruo de Frankenstein, una momia, hombre lobo y un mutante acuático tipo Laguna Negra), clásico de culto que no debe nada a otros éxitos de la época como “Los Muchachos Perdidos” y “Bala de Plata”. En ambas, vampiros y hombres lobo respectivamente, se las verán con el ingenio y carisma del entonces demoledor Corey Haim, crío indispensable en las pantallas ochenteras junto a su tocayo Feldman creando algunos momentos icónicos de la heroicidad infantil en su perenne escaramuza con los habitantes de la noche.
Entonces, mientras ese famoso sistema límbico permanezca en su sitio sin que logremos erradicarlo o controlarlo a voluntad, debemos estar siempre agradecidos por esos menudos combatientes que mantienen a raya nuestros miedos más recónditos en conflagraciones anónimas que mantienen el status quo de nuestra feliz sociedad, pues hacen que el someter a las fuerzas del mal, parezca un mero juego de niños.
Nota: Varios de los títulos mencionados se encuentran a la renta en el C.C. Casa Jesús Terán
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