Fernando López Gutiérrez

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Andrés Manuel López Obrador estuvo de gira por Europa la semana pasada. Como es característico de sus acciones, los motivos que expuso para la realización del viaje resultaron contradictorios y confusos. Para el presidente del Consejo Nacional de MORENA no fue adecuado o suficiente señalar que estuvo en el viejo continente con el objetivo de impartir una serie de conferencias, explicar la labor de su partido o saludar a la militancia de éste en el extranjero. Sus razones debían estar enmarcadas en una labor más necesaria y trascendente: generar una imagen diferente del país y aclarar que los mexicanos no somos iguales a quienes nos gobiernan.

Nuevamente, el líder de izquierda se atribuyó la representación del pueblo de México y creyó que era indispensable que él hablara para decirle al mundo que nuestra cultura es grandiosa, nuestra gente trabajadora y nuestro gobierno una mafia dirigida por algunos cuantos que todo lo controlan y dominan. Su discurso abundó en ataques, simplificaciones y señalamientos no demostrables, con la intención desacreditar el régimen institucional vigente y subrayar la urgencia de una transformación. Sin embargo, al ser cuestionado sobre el financiamiento de su viaje no dudó en mencionar que había sido pagado con los recursos económicos que le son otorgados al partido que dirige.

Andrés Manuel López Obrador es el de siempre, pero cada vez con menor credibilidad. Porque, aunque critica al sistema, ha vivido de éste durante toda su carrera; porque se cree la única persona con legitimidad para asumir las demandas de la gente; porque en su actuar y en su obsesión por alcanzar el poder denota el más profundo autoritarismo; porque en sus palabras no se encuentran argumentos y explicaciones claras, debido a que todo lo observa como una amenaza o una conspiración.

Como consecuencia de la visita a Europa del líder de MORENA, sólo una cosa parece ser clara: el será el candidato de su partido para ser presidente en el 2018. Con sus afirmaciones y acciones demuestra que ha comenzado una campaña (si no es que siempre ha estado en ella) cuando todavía faltan más de dos años para que dicho proceso se lleve a cabo, de acuerdo a las condiciones que la ley establece. Parece ser que el líder más importante de la izquierda en los últimos 10 años ha perdido la noción de lo que se requiere para ser una opción adecuada de representación popular, capaz de triunfar en un proceso electoral. Hoy se muestra como un político más, de la clase que la gente desprecia. Sus incondicionales y aduladores no serán suficientes para permitirle alcanzar lo que desde hace años persigue.