Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaAnte la recurrencia de las crisis, el estancamiento global, la pobreza y la desigualdad, el desempleo y los bajos salarios, no pocos pensadores profundos han caído en el pesimismo y la desesperanza. A continuación reproduzco algunas ideas con las que la escritora francesa VivianeForrester logró provocar al mundo hace algunos años, en un ensayo que denominó El Horror Económico.

Vivimos en medio de una falacia descomunal, un mundo desaparecido que se pretende perpetuar mediante políticas artificiales. Un mundo en el que nuestros conceptos del trabajo, y por ende del desempleo, carecen de contenido y en el cual millones de vidas son destruidas y sus destinos aniquilados. Se nos quiere hacer creer que la extinción del trabajo es coyuntural, cuando en realidad, por primera vez en la historia, el conjunto de los seres humanos es cada vez menos necesario.

Descubrimos —dice la escritora—que hay algo peor que la explotación del hombre: la ausencia de explotación; descubrimos que una gran parte de los seres humanos es ya considerado superfluo por el mercado global.

Nuestras concepciones del trabajo, y por consiguiente del desempleo, en torno de las cuales se desarrollan las políticas públicas se han vuelto ilusorias, y nuestras luchas motivadas por ellas son tan alucinadas como la pelea de Don Quijote contra sus molinos de viento.

En todos los foros se habla constantemente del “desempleo”. Los políticos nos hacen promesas vanas. Se nos hace creer con estadísticas que el desempleo ha caído cuando, con diversos pretextos, excluimos de la contabilización, por ejemplo, a los que trabajan unos días al mes, a los jóvenes de 15 años, o a los que, desesperanzados, admiten que “ya no buscan trabajo”.

Nos resistimos a reconocer que en la actualidad un desempleado no es objeto de una marginación transitoria; está atrapado por una implosión general, un fenómeno comparable con esos maremotos, huracanes o tornados que no respetan a nadie y a quien nadie puede resistir. Es víctima de una lógica planetaria que supone la supresión de lo que se llama trabajo, es decir, de los puestos de trabajo.

Sin embargo, se trata y se juzga a los desempleados de hoy en función de los criterios propios de la época en que abundaban los puestos de trabajo. Despojados de empleo, se los culpa por ello, se los engaña y tranquiliza con promesas falsas que anuncian el retorno próximo de la abundancia, la mejoría rápida de una coyuntura adversa. De ahí resulta la marginación inexorable y pasiva de un número inmenso y creciente de “buscadores de empleo”. Se les acusa de aquello de lo cual son víctimas.

Se les reprocha por llevar una vida miserable o estar al borde de ella. Una vida con frecuencia “subsidiada” (por lo demás, por debajo de un umbral humanamente tolerable). Se les inculca el sentimiento de vergüenza, ese sentimiento de ser indignos que conduce a la sumisión plena.

“¿Es necesario ‘merecer’ el derecho de vivir?”, se pregunta Forrester. Una ínfima minoría, brutalmente enriquecida, posee de oficio ese derecho. En cambio el resto de la humanidad, para “merecer” el derecho de vivir debe demostrar que es “útil” para la sociedad, es decir, “empleable” o “explotable” (?). El derecho a la vida pasa, pues, por el deber de trabajar, de estar empleado.

Los gobernantes plantean mal sus políticas porque ignoran que el problema de fondo que lleva al desempleo y a los bajos salarios es la ganancia egoísta, sin límites, sin restricciones, sin distribución.

La ganancia tiene la prioridad; es el origen de todo, como una suerte de bigbang. Sólo después de garantizar la ganancia que toca a los propietarios del capital trasnacional se pueden distribuir algunas sobras; las trasnacionales, se nos inculca, “crean riqueza” sin la cual, se nos dice, no habría nada, ni siquiera esas migajas que por otra parte se van reduciendo.

¿Cómo cambiar el discurso y los conceptos que han convencido a millones de ciudadanos durante años de propaganda? Esta propaganda eficaz supo apoderarse, lo que no es baladí, de una serie de términos positivos, seductores, para tergiversarlos y presentarlos juiciosamente. Así pues, tenemos una economía de mercado para obtener ganancias; políticas educativas para formar empleados; políticas laborales encargadas de expulsar de su trabajo, al menor costo posible, a hombres y mujeres que a partir de entonces quedan privados de medios de subsistencia e incluso de un techo; y políticas sociales para mitigar los extremos de la miseria humana.

¿Cómo llegamos a semejante amnesia de los conceptos que nos hacen humanos: dignidad de la persona, solidaridad, altruismo? ¿Qué sucedió para que reinen hoy semejante impotencia de un lado y dominación del otro? No hay lucha alguna, salvo la que reivindica un espacio creciente para una economía de mercado, triunfante y omnipotente, y que por cierto posee una lógica propia a la cual no se enfrenta ninguna otra. Muchos parecen participar del mismo campo, consideran que el estado actual de las cosas es el único natural, que el punto al que ha llegado la Historia es el que todos esperaban. Pocos se preocupan por el otro. Nadie vela por los desempleados, por los subempleados, por los desesperanzados. Nadie apoya a los condenados. El discurso neoliberal ahoga todos los demás. Impera una atmósfera totalitaria. Aterradora.

Frente al texto de VivianeForrester, quien falleció hace tres años, no cabe la indiferencia. El libro completo se encuentra en la ligawww.ddooss.org/libros/Viviane_Forrester.pdfLa reseña la hice libremente. No tengo nada que agregar, sino agradecer al profesor David Gómez Salas, quien me proporcionó los datos para acceder a su lectura. Ojalá muchos podamos reflexionar y sacar nuestras propias conclusiones.

jesusalvarezgtz@gmail.com

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