Luis Muñoz Fernández.

La puerta de entrada a la unificación afectiva con la vida cósmica es la vida cósmica allí donde más cercana y afín es al ser humano: en el otro ser humano.

 

Max Scheler. Esencia y formas de la simpatía, 1923.

Las noticias que a diario nos llegan de nuestro alrededor son casi siempre tan negativas que algunos han optado por abstenerse del contacto con los medios de comunicación. Tras un siglo convulso marcado por dos grandes guerras mundiales que parecían el colofón a la cadena de barbaries que han jalonado la historia humana, entramos en el nuevo siglo con frágiles esperanzas que hoy, apenas pasada la mitad de su segunda decena, podemos considerar ingenuas. No hemos aprendido de nuestros errores. O tal vez los hemos olvidado demasiado pronto: vivimos en la amnesia y la desmemoria.

Quizá la solución no sea el aislamiento, sino la adopción de una forma nueva de mirar. Detenernos un momento para aprender una manera distinta de relacionarnos con el mundo. ¿Utopía? Es posible pero, ¿qué más nos queda cuando a pesar de las lecciones de la historia hemos empujado a la Tierra hasta el borde de una degradación irreversible? ¿Qué podemos hacer si ni siquiera con la ciencia y la tecnología (o a tal vez a causa de ellas) nosotros mismos nos hemos puesto al filo de la extinción habiendo aniquilado a numerosas especies de seres vivos? Es ahora que se entiende con más claridad que nunca que Van Rensselaer Potter llamase a la bioética “la ciencia de la supervivencia”.

Si queremos sobrevivir, tendremos que cambiar radicalmente nuestra forma de relacionarnos con los demás y con todo lo que nos rodea. Ya hay científicos que proponen reemplazar la palabra Holoceno, designación de la época del actual período cuaternario en la historia terrestre, por “Antropoceno” para designar al impacto global –con frecuencia negativo– que han tenido las actividades humanas en los ecosistemas planetarios. Parece que hemos creado nuestra propia era geológica: la del envenenamiento del medio ambiente, el agotamiento de los recursos naturales y la extinción de los seres vivos.

Josep Maria (en catalán se escribe sin acento) Esquirol Calaf (Mediona, Barcelona, 1963) es un pensador y profesor de filosofía en la Universidad de Barcelona. Hasta hace poco no era muy conocido fuera de ciertos ambientes académicos. Sin embargo, con la publicación de su último libro La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad (Acantilado, 2015), ha cobrado mayor notoriedad y ha aparecido en diversas entrevistas televisivas, radiofónicas y de la prensa escrita. Para los fines de lo que estamos tratando, nos interesa un libro suyo anterior, titulado El respeto o la mirada atenta. Una ética para la era de la ciencia y la tecnología (Gedisa, 2006).

En este libro, Esquirol propone una alternativa a lo que él denomina la cosmovisión tecnocientífica, óptica prevaleciente en nuestro mundo actual, con todas las consecuencias positivas y negativas que conlleva. Esta visión domina nuestra forma de relacionarnos con todo lo que nos rodea y, al ser omnipresente, se ha vuelto invisible para nosotros mismos. Omnipresente e invisible, elude todo cuestionamiento y ha pasado a ser la única realidad aceptada. Las explicaciones y teorías que se ubican por fuera del círculo científico gozan de poco prestigio, a excepción hecha de las creencias religiosas, anteriores a la ciencia, que siguen teniendo una gran influencia en muchos seres humanos.

Si bien con el desarrollo de la ciencia y sus aplicaciones han surgido en las últimas décadas éticas sectoriales como la bioética, la ética ecológica, la ética de la informática, etc., Esquirol propone una ética del respeto o de la mirada atenta, que no es una ética sectorial más, sino que debería preceder a todas ellas.

En principio, nos invita a aprender a mirar, tanto hacia nosotros mismos pero, sobre todo, hacia los demás y hacia todo lo que está a nuestro alrededor. A diferencia de la mirada fija, penetrante, inquisitiva, Esquirol nos dice que debemos desarrollar una mirada atenta basada en el respeto. Y se trata de mirar con atención, de prestar atención, a las personas concretas, a las cosas concretas, acercarse a ellas con prudencia, dejándoles espacio, sin avasallarlas.

La mirada respetuosa nos revela tres aspectos de las personas y de las cosas que de otro modo sería muy difícil descubrir y, por lo tanto, sobre los que sería imposible reflexionar: su fragilidad, su cosmicidad y su secreto. Sobre la fragilidad nos dice lo siguiente:

… el incremento exponencial del poder técnico ha hecho que empecemos a percibir la fragilidad de la naturaleza. Pero, evidentemente, la fragilidad es una característica de otras muchas cosas, y siempre acompaña a lo humano […] En nuestro vivir cotidiano tendemos a actuar como si muchas de estas instituciones (escuelas, sindicatos, hospitales, centros culturales y deportivos, la democracia misma) fuesen “desde siempre” grandes y fuertes, pero lo cierto es que también son frágiles, aunque no tanto como cada uno de los mortales que las creamos […] Y –una vez más– ¿qué decir de la fragilidad de este nuestro pequeño mundo llamado Tierra?

En relación a la cosmicidad (lo cósmico, el universo en el que estamos inmersos), podemos leer:

Admiración y miedo, placer y angustia, serenidad e inquietud…, los sentimientos del hombre ante el espectáculo global de la naturaleza y del universo oscilan entre estos extremos […] Precisamente el significado de cosmos es “orden”, y se dice del universo en tanto que éste presenta una magnífica ordenación… Así pues, cósmico es equivalente o muy cercano a armonioso, ordenado, equilibrado, ajustado, etc.

Por último, la mirada atenta, instrumento privilegiado de la ética del respeto, nos permite percibir el secreto:

Hay algo así como un secreto en las personas y también en según qué cosas y situaciones de la vida, algo así como una profundidad insondable, un sentido inalcanzable […] Ver las cosas así no significa menospreciar el conocimiento científico o considerarlo inadecuado, sino reconocer sus límites, y los límites que en general tenemos en nuestra penetración del misterio de la realidad. Por eso, incluso siendo aliados y admiradores del conocimiento científico, hay que oponerse a la ideología reduccionista que a menudo se difunde mediante él… Que aquel árbol no sea “más que” un conjunto de células… o que hasta el mismo pensamiento humano no sea “más que” una enorme red de conexiones neuronales.

Imposible agotar en este espacio las valiosas ideas expresadas por Josep Maria Esquirol. Baste para concluir decir que, al final del libro, hace de la humildad la actitud del respeto. No la humildad como humillación, sino como el conocimiento de nuestra finitud: La humildad lleva al respeto.

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