Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaSe ha vuelto un lugar común entre los políticos de todos los partidos declarar que el país revertirá sus niveles de pobreza y desigualdad y alcanzará un alto grado de desarrollo si invierte en la educación. Pero, ¿de cuál educación hablan? Quizá deberíamos aprender de los casos de éxito en el mundo.

El sistema educativo de Estados Unidos, primera potencia mundial en todos los órdenes, destaca por enfatizar prioritariamente el desarrollo de la creatividad en sus estudiantes. Y a la creatividad se atribuye la capacidad de ese país para producir innovaciones y propiciar startups, empresas tecnológicas susceptibles de transformar economías enteras, como es el caso de Microsoft, Facebook y Google.

Alemania ha puesto en práctica un modelo de entrenamiento laboral y orientación vocacional en sus pequeñas y medianas empresas. Bajo este esquema dual, las escuelas se vinculan con las empresas de la misma localidad para que la educación se base en las necesidades de éstas. Alemania es, sin duda, la nación más vigorosa y competitiva de Europa, e imán de millones de migrantes provenientes del Medio Oriente y del Norte de África. El superávit en su balanza de comercio internacional es de 250 mil millones de dólares al año, equivalente a 7 por ciento de su Producto Interno Bruto. El monto de sus activos externos netos es de ¡1.68 billones de dólares!

Corea también, gracias a su sistema educativo, no tan propenso a la creatividad pero altamente exigente, es hoy una nación desarrollada y democrática, con una economía pujante, basada en empresas de clase mundial en los sectores más diversos, incluyendo la alta tecnología. Hace 50 años el producto per cápita de México era dos veces superior al de Corea; hoy Corea triplica el nuestro.

En México, en cambio, el tema de moda parece ser simplemente la cobertura universal en educación superior. Que todos los jóvenes obtengan un título de licenciatura suena populista y clientelar, pero no inteligente.

Ya hemos logrado que cada año egresen de la universidad medio millón de mexicanos, pero lamentablemente un tercio de ellos va al desempleo y otro tercio al subempleo. El sistema educativo mexicano, salvo honrosas excepciones (la UNAM ha obtenido reconocimientos internacionales en ciencias genómicas), no fomenta la creatividad, ni es demandante, ni estimula el pensamiento crítico, ni mucho menos apunta a la solución pragmática de problemas cotidianos.

¿Qué nos hace falta para vincular eficaz y productivamente las instituciones de educación superior con las empresas? ¿Cómo y dónde han definido los empleadores cuál es el perfil y las competencias que requieren de sus trabajadores? Más aún, ¿cuándo hemos enseñado a nuestros estudiantes a emprender, arriesgar, diseñar, ejecutar y evaluar proyectos?, ¿aprender de sus errores y fracasos y reintentarlo una y otra vez? Si lo hiciéramos, los egresados no dependerían de la oferta de empleos proveniente de las maquiladoras internacionales, sino que se convertirían en empleadores. No serían parte del problema, sino de la solución.

Es innegable que la globalización trajo beneficios, pero también arrastró los daños propios de un capitalismo salvaje que se creía superado desde el siglo XIX.

Los avances tecnológicos han aumentado tanto los riesgos como las oportunidades. Los trabajadores, no sólo en los sectores tradicionales sino también en los dinámicos, han visto mermados sus ingresos, simplemente porque las rutinas que realizan son automatizables y, por tanto, pueden ser reemplazados por una máquina o robot.

Las instituciones educativas deberían fomentar el pensamiento crítico y la creatividad en los estudiantes de cualquiera de las carreras que imparten. Diseñar una máquina, un calentador solar, una bomba ahorradora de agua o un suplemento nutricional deberían ser tareas comunes entre los estudiantes de ingeniería. Generar conocimiento, aplicarlo y patentarlo.

Las instituciones educativas deberían también concentrar sus recursos en desarrollar habilidades que las máquinas jamás podrán realizar, como son las relacionadas a la percepción social, la negociación, la persuasión, la asistencia y el cuidado de otros; la empatía, la originalidad, las bellas artes, la filosofía, la justicia cotidiana, la destreza con manual.

El envejecimiento de la población o los nuevos problemas de salud, como el sobrepeso y la obesidad, abren nuevas oportunidades de negocio en los campos médico, nutricional, deportivo y de acondicionamiento físico, con la generación de dispositivos tecnológicos que vigilen el número de pasos, los patrones de sueño, el ritmo cardíaco o el consumo y gasto de calorías.

La impresión en tercera dimensión y el internet posibilitan el diseño de edificios y autos inteligentes, prótesis a la medida del paciente, zapatos que crecen o balones que guardan la energía cinética para transformarla en luz. El trabajo colaborativo, la nube y el big data provocarán rápidamente una disrupción en la forma en que se fabrican las cosas, permitiendo a las pequeñas empresas competir contra las grandes.

Por un prejuicio cultural, muchos jóvenes mexicanos y sus familias desdeñan el tremendo potencial de la educación técnica y tecnológica, y han sobrevalorado el beneficio de contar simplemente con títulos universitarios como si fueran títulos de nobleza, lo que ha resultado en uno de los engaños que más han perjudicado a nuestro país. La educación es ciertamente el factor más importante para el desarrollo de México, pero tenemos que revisar el qué, el cómo y el para qué educar.

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