Juan Pablo Martínez Zúñiga

Sola Fides, Sola Scriptura… para mal.

Cuando Martín Lutero desafió los cánones dogmáticos establecidos por la iglesia, no sólo encolerizó al Papa León X y a toda la comunidad eclesiástica y diocesana de la época por su promulgación de las tesis que definían una evaluación más laxa en cuanto al estudio y análisis de la Biblia y su divulgación catequética entre la población, también sembró una peculiar semilla cosmovisionaria entre la psique comunitaria que fructificaría en una singular antítesis a la abrasadora caricia de la formación religiosa convencional: congregación ideológicamente autosuficiente. Al cuestionar la autoridad, capacidad e incluso derecho del clero a manosear el contenido del sagrado texto para nutrir la conciencia popular bajo la comanda vaticana de perpetuar la mansedumbre social, se abrió una puerta a la apostasía que solo encontraría remanso en una postura distinta y radical pero con vinculación directa a la estructura apostólica en cuanto a aplicación que saciara los ímpetus de disputa filosófica entre aquellos favorecidos por un pensamiento liberto que aquellos auto complacidos en un ideario de onanismo clerical. Y así se concibe la posibilidad de una secta, la adoración paroxista a un proceso de fe que bordea la equivocación existencial más contundente, pues una vez insertadas en la marcha de la historia, ésta nos ha mostrado que la grey fundamentalizada sólo se acarrea y provee problemas. Pero cuando ésta lo acarrea a sendas que se desligan de la experiencia levítica convencional, entonces los relatos que esto puede inspirar sólo produce algo nuevo a qué temer, y en un maná inacabable de historias para el cine, pues un fervor adverso y una unción que exige la sumisión absoluta de sus fieles para acometer con fuerza entre sus identidades y perspectivas, da como resultado un adversario de fascinante postura y con un rico trasfondo, pues es el lado oscuro de la fe: Las sectas, que pueden alternarse entre presencias más politeístas, que coquetean con el paganismo o simplemente golpear la concepción evangélica llevándola a los violentos límites del fanatismo.
Lo anterior se incrustó en mi mente cuando revisé hace varios años por televisión abierta la magnífica cinta “The Wicker Man” (Gran Bretaña, 1973) -cuyo título permaneció intacto en la traducción como “El Hombre de Mimbre”, aún si cambia constantemente según su distribuidor o plataforma de difusión mediática en nuestro país-. La dirección de Robin Hardy meticulosamente construye un atmosférico universo en la Britania setentera aislado por una ubicación insular donde un sargento de la policía londinense (interpretado con cierta magistralidad por Edward Woodward) acude para localizar a una niña extraviada. Sus pesquisas lo llevarán a un terreno que su mojigata formación católica no le permitirá creer hasta que sea demasiado tarde, pues ha sido el elegido para un sacrificio humano donde toda la población isleña participa alegremente como parte de una hereje congregación de ascendencia celta realizada cada solsticio de primavera y ejercida por su ominoso pastor, Lord Summerisle (un Christopher Lee excelso). La maniobra del director Hardy es la presentación de un fenómeno sectario que jamás utiliza una careta pavorosa, pues son sus acciones y no su creencia en dioses paganos lo que espanta al espectador, además de la dócil disposición de sus practicantes, quienes proyectan absoluta inocencia y aura de cotidianeidad aún cuando en sus mentes se aloja la inmolación apóstata. Brillantemente ejecutada y filmada con absoluta seriedad, la cinta se alejaba de los productos de género habituales por aquel entonces y de ascendencia inglesa para constituirse como uno de los filmes más intensos por su apuesta a la hostilidad humana cebada por la mística ocultista en lugar de las amenazas con tintes sobrenaturales o monstruosos. No puede existir nada más horrendo que una horda humana cuya percepción y actos se vinculan impasiblemente por la firme creencia en un ser superior y metafísico que sólo se complace mediante la ofrenda corpórea y carnal (bueno, eso y su deprimente remake estelarizado por Nicolas Cage hace ya algunos años)
Desafortunadamente, la interpretación del fenómeno a nivel cinematográfico no siempre resulta tan afortunada, y diversos géneros han probado suerte al respecto con desiguales niveles y resultados disparejos, como fue el caso de “Sirvientes del Crepúsculo” (Obrow, E.U., 1991), cinta que versaba no sobre una indolente y pelele turba adoradora de las cintas sobre vampiros macrobióticos, sino sobre una agrupación de individuos convencida que el Anticristo estaba entre nosotros y hace lo que puede por llegar a él. Basada en un texto de Deankoontz, el filme posee cierto interés por la concreta interpretación de Grace Zabriskie como la líder de dicha congregación, pero falla en términos de coherencia o madurez narrativa, lo que no ocurre con “Los Sin Nombre” (Balagueró, España, 1999), thriller ibérico de complejidad argumental, donde el cadáver mutilado de una pequeña detona un relato sobrio y una pátina de inteligencia discursiva que revela la existencia de una secta con ominosos propósitos y motivos. Con mayor contundencia dramática, “Martha Marcy May Marlene” (Durkin, E.U., 2011) nos muestra la desintegración existencial de la joven que da título al filme (una Elizabeth Olsen con fuertes capacidades histriónicas) después de su deserción a una secta rural y reencontrarse con su acomodada hermana. Poligonal en su construcción narrativa y emocionalmente expandida por la certera exploración psicológica que realiza el director mediante juegos de montaje y tiempos, el filme se consolida como una de las cintas más aproximadas a una experiencia semejante, mostrando cómo el sacrificio no reside en la renuncia a lo mundano, sino en la pérdida de identidad en un contexto tumultuario.
La precisión ideológica puede mitificarse, pero un acto de fe se justifica mediante un proceso de convicción, Todo estriba en la intensidad de su aplicación y divulgación. Y aquí, todo acto propenso a cualquier clase de credo es vulnerable. Incluyendo el gusto por el cine, la secta por antonomasia.
Nota: Las cintas mencionadas se encuentran a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán

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