Por J. Jesús López García 

La experiencia religiosa ha producido espacios arquitectónicos magistrales, y a la par del progreso de la organización social y su muestra mística correspondiente, esos ámbitos han expresado como pocos las diferentes, diversas y múltiples cosmovisiones que han formado parte fundamental de la civilización humana en su totalidad.

Si por cierto orden cronológico partimos existen grandes cantidades de ejemplos, las colosales pirámides de Egipto eran al mismo tiempo sepulcros de los faraones considerados deidades, que símbolos de la inmutabilidad pretendida por los egipcios en relación con el mundo y de su recia estratificación social.

El templo clásico griego de columnata perimetral era a su vez, un conjunto que se situaba en lo más elevado de la polis y admitía aproximarse desde todos los puntos cardinales. El acceso a la cella, el recinto sagrado, estaba restringido, sin embargo, las celebraciones comunitarias y religiosas más importantes se llevaban a cabo por la parte exterior del templo, con todos los ciudadanos participando, lo que no extraña del pueblo que inventó la democracia.

El templo romano era parecido en su volumetría general al griego –planta rectangular con frontones– pero era mucho más reducido en dimensiones, escala y percepción, compartiendo la plaza romana –el foro– con otros edificios de mayor calado en tamaño y peso representativo, por eso el ligero estilóbato de la entrada al santuario griego, en la iglesia romana se convertía en un podio más alto. Aun con ello, el templo para los antiguos latinos no tenía la importancia que poseía para los griegos, es por ello que cuando el cristianismo se volvió religión de Estado para el Imperio Romano en el siglo IV de nuestra era, el templo romano fue insuficiente y poco adecuado para la nueva religión, pues al igual que las otras doctrinas monoteístas de tronco común, el judaísmo y el islam, el cristianismo tiene ritos comunitarios donde la misa es un evento compartido, por tanto se precisaba de un espacio cubierto vasto, y que a diferencia de los templos griegos tuviese llegadas más controladas, ya que la celebración obligaba ser atendida por un protocolo más estricto de actividades.

La basílica romana, bloque de tres o más naves, originalmente al servicio de la burocracia administrativa y jurídica del Imperio Romano, fue adecuada para ser el modelo de edificio para acoger en su interior al creciente número de cristianos, mismos que pasaron de ser perseguidos, a ser el grupo hegemónico del poder religioso de Roma.

En nuestro país, los templos del culto católico en su gran mayoría continúan siendo de una o más naves –no siempre son plantas basilicales–, si bien con el Concilio Vaticano II de mediados del siglo pasado, se ha buscado más un esquema concéntrico –como el de la parroquia de Jardines de la Asunción– que uno tradicional lineal, lo que ha dado como resultado dramático en la arquitectura religiosa católica es la utilización de elementos iconológicos para representar la presencia divina, y de la Iglesia Católica en este caso.

Las grandes portadas barrocas de los siglos XVII y XVIII en la ciudad aguascalentense son parte de una tradición que se remonta hasta el paleolítico. El pintar cavernas, muros y techos, tallar piedra para fachadas o elaborar vitrales eran medios para representar mensajes no escritos a una población que sin saber la codificación en letras y palabras de un texto, leían muros, plafones y cristales, conociendo así la historia de algún lugar, la liturgia de su religión, entre otros.

Con el laicismo propulsado por la Ilustración en el siglo XVIII, y el crecimiento de una población alfabetizada –en mucho debido a la invención de la imprenta trescientos años atrás–, empezó a despojar de elementos iconológicos a los edificios empezando a experimentar nuevas vías de representación: formas actuales, combinaciones de escalas, proyecciones variadas en los juegos de luces y sombras, composiciones estructurales más audaces, que obviamente hablaban más que de la religión, de las circunstancias y situaciones que estaban viviéndose en su momento, tal y como la Revolución Industrial y sus efectos sociales, tecnológicos, económicos e intelectuales.

En el complejo siglo XX esos ensayos continuaron desde varias plataformas como las propaladas por el mencionado Concilio, formales y estructurales.

En Aguascalientes la labor en el género religioso de la arquitectura fue impulsada con un enfoque novedoso por el arquitecto Francisco Aguayo Mora, Presidente de la Comisión de Arte Sacro de la diócesis local bajo el obispado de Salvador Quezada Limón. A la par de lo anterior, que conllevaba disponer lineamientos para una nueva arquitectura del culto católico, Aguayo fue autor de varios templos, baste mencionar el de la Divina Providencia ubicado en la prolongación San Miguel 217 en El Llanito, edificación con un espacio central con una crujía lateral en cada uno de sus lados; de sección trapezoidal que da como resultado la configuración en fachada de un vitral no figurativo en lugar de una portada como tal. Las naves adyacentes cuentan con cubiertas en zigzag que en su momento también eran novedosas para un panorama religioso constructivo que se había decantado por construcciones de recios muros, arcos torales y bóvedas de crucería.

Actualmente la arquitectura religiosa sigue explorando nuevos derroteros, por tanto la evaluación de su pertinencia social, representativa, litúrgica e intelectual, está en proceso de realización. Sin duda alguna, Aguayo Mora continúa siendo un referente obligado en la arquitectura sacra moderna en Aguascalientes.