Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

La semana pasada señalé que los medios de comunicación impresa contaron con una sección denominada Columna del Director, que permitía establecer una relación entre el medio y su público, y generar la sensación de que aquél era receptivo al sentir de sus lectores.

Pero he aquí que se inventaron el Facebook, el Twitter y el WhatsApp, que indudablemente contribuyeron a socializar todo tipo de información, por desgracia mucha de ella prescindible. Primero fueron los teléfonos móviles y luego vinieron los ídem dizque inteligentes, y con ellos las aplicaciones que permitieron acceder a las llamadas redes sociales, a las que es preciso sumar los mensajes de voz. Entonces todos nos adosamos a las manos uno de estos artilugios, y nos convertimos en sus servidores; en sus esclavos… Donde sea, en la luz roja del semáforo –y hasta en la verde-, en la banqueta, en la espera del autobús urbano, en el baño, caminando, en el salón de clases, en el cine, y quizá hasta en misa, mano y teléfono se han convertido en lo que el sacerdote nos dice a los que nos matrimoniamos mediante el rito católico: una sola cosa… Es la dictadura del WhatsApp; del Facebook, hoy por hoy los campeones de la cultura popular.

¿Y qué decimos; qué transmitimos? ¿Sonetos de Shakespeare, aforismos de Nietzsche, proverbios chinos, citas para pararse el cuello con la novia en noche de viernes? No, desde luego; no eso, sino cosas de poquita menos calidad que lo anterior. Mensajes cortos con redacciones que cuestionan nuestra instrucción primaria y dan cuenta de nuestras alegrías o corajes, chistes, imágenes manipuladas, mensajes religiosos, frases célebres supuestamente escritas por Paulo Coelho, pornografía, etc.

Ahora bien, prácticamente a partir del año anterior, los principales medios de comunicación electrónica de estos lares han incorporado estas herramientas a sus servicios informativos, con secciones exclusivas, cortinilla musical incluida. El formato es nuevo, pero no el fondo, porque así como los medios impresos tuvieron al servicio del lector la sección Cartas al Director, así mismo las radiodifusoras ofrecían sus números telefónicos para que el respetable se comunicara. Pero ahora esta función se ha disparado más recio que un cohete a Venus, gracias al acceso de las computadoras y los teléfonos inteligentes manejados por androides -¿los otros serían tarados consumados?- a las cabinas de radiodifusión y estudios de televisión. Con la invención del Facebook y, sobre todo, del WhatsApp, estos lazos de comunicación entre medios y público, se estrecharon hasta ahogar a los noticieros…

Entonces, todo el mundo puede tener sus 15 segundos de fama, 15 segundos para escuchar que los líderes de opinión, los conductores de los noticieros, vistos o escuchados, y/o programas de opinión más prestigiados, digan su nombre –o cuando menos el número del teléfono móvil- y su asunto…

En un acto de sabiduría insuperable, el artista estadounidense Andy Wharhol consideró que todos teníamos derecho a 15 minutos de fama… Pero esos 15 minutos se han reducido a 15 segundos, porque somos tantos, y tenemos tanto que decir, tanto qué denunciar, tanto de qué quejarnos, que de otra forma no habría tiempo que alcanzara. Pero además no sólo el conductor del programa lee los mensajes que brotan de las computadoras cual palomitas de maíz a punto de turrón, sino que además proyectan los mensajes de voz, en los que frecuentemente abundan la falta de educación, la suficiencia, el insulto, la ignorancia, el enojo, justo y sin justificar, etc., con una evidente degradación del nivel de discusión.

Es así, señoras y señores, damas y caballeros, que nos enteramos que el conductor del camión “a” es un patán, que en la colonia “b” el alumbrado se fundió, que en la tienda “c” venden drogas, que en el consultorio “d” de la clínica “e” del IMSS hace días no contestan el teléfono, que en la calle “f” no recogen la basura, que en la avenida “g” hay que poner topes, porque los automotores pasan como si anduvieran persiguiendo una candidatura, que en la avenida “h” hay que quitarlos, porque el tráfico se hace excesivamente lento; que a Chuchita la bolsearon.

Yo no sé… No sé si unos y otros, emisores y receptores, están imaginando que en las instancias correspondientes hay gente escuchando, tomando nota y canalizando este clamor a quien corresponda, “para los efectos a que haya lugar”, como si las radiodifusoras y/o televisoras fueran el centro de acopio de la demanda ciudadana de algún candidato, pero luego ve uno que la respuesta no se corresponde con el mensaje.

En síntesis, algunos espacios informativos de Aguascalientes se han convertido en una especie de oficialía de partes, en la que uno tramita su asunto para que se lo resuelvan. El problema es que en aras de esta novedosa práctica, se dedica más tiempo a la falta de agua en Pintores Mexicanos que a la situación del precio del petróleo en relación a los presupuestos gubernamentales; más al estado de los pavimentos que a las peligrosas gracejadas de mister Trump; más al equipamiento de la escuela “x” que al combate a la corrupción y, en fin, más a la bolseada de Chuchita que al debate sobre la posible salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea, etc.

Con todo respeto, me parece que estas prácticas degradan el debate público –en caso de que exista- y distraen la atención del respetable de temas más relevantes. Desde luego no creo que sean cuestiones menores (quédese sin agua, a ver si no le parece el mayor problema de esta vida), pero sí que si se discutieran públicamente otros asuntos y se tomaran las decisiones consecuentes, los niños de la escuela fulanita contarían con el equipamiento adecuado, la distribución de agua estaría garantizada y habría la suficiente civilidad y/o seguridad, para que a Chuchita no la bolsearan, ¿no le parece? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).