(Apuntes sobre los niveles de confianza registrados de 2008 a 2014 en estudios de consulta Mitofsky.)

Por Daniel Amézquita

De las instituciones sujetas a la investigación sólo una registró una variación positiva: el ejército; mientras que la policía se mantuvo con un 5.8 junto a las instituciones con confianza baja.

En seis años las y los mexicanos perdieron la confianza en sus instituciones, se percibe que no poseen las cualidades para las que fueron creadas, es decir, no cumplen las expectativas de la ciudadanía, no muestran resultados satisfactorios; en general, para las y los que respondieron a la entrevista, ninguna institución es muy buena o excelente.

Difícil no poner en tela de juicio a las instituciones frente a la contundencia de la realidad que las cuestiona: Una mujer indígena violada por militares y que no encontró justicia hasta en una corte internacional, un rector universitario declarando la posibilidad de que una estudiante se propiciara un ataque sexual y la jerarquía católica protegiendo a sus sacerdotes pederastas, medios de comunicación ofertando una televisión mediocre, ratificando los estereotipos más dañinos del discurso cultural: mujeres supeditadas al ámbito doméstico y la supremacía del patriarcado, presas de la violencia estructural, es decir, condenadas a encontrar la realización en el matrimonio, la crianza, la dependencia, nunca en el empoderamiento, la independencia, el liderazgo; medios de comunicación empeñados en embelesar y no en educar, en arrancar emociones y no en promover y difundir ideas; fotografías en redes sociales de hijas e hijos de líderes sindicales, de diputados, de dirigentes partidistas, en lugares recónditos del mundo, presumiendo una vida de multimillonarios, haciendo alarde de sus gustos exóticos a costa del erario público.

Y es que en las instituciones están los enemigos de la ciudadanía, un desfile de especímenes a veces denominados “ladies”, mujeres de la nobleza mexicana que hacen gala de tener más y mejores derechos que el resto, mujeres con conexiones que exigen un trato diferenciado, mujeres que ostentan un cargo público y vomitan declaraciones discriminatorias, violentas, intransigentes; “gentlemen”, es decir, hombres incapaces de reconocer su responsabilidad y la dignidad de las otras y los otros porque se conducen dementes por el puesto que ocupan, hombres que abusan del poder y el alcohol, como el furibundo que golpeó a un chico en un valet parking porque no accedió a cambiarle la llanta de su coche o como Carlos Talavera Leal en Uruapan, que tachó a las y los indígenas de apestosos, de oler impresionantemente feo, porque la higiene de las y los que se le había encomendado servir en la Sedesol no era lo suyo.

Porque en nuestro país quienes reciben un nombramiento, quienes ganan una elección, quienes presiden un sindicato, quienes informan en horario estelar, quienes ganan una plaza de director, se inscriben en una red de corrupción, monstruosa y que a veces parece incluirnos a todas y todos, se convierten en piezas clave para mantenerla y estrategas para ensancharla y aumentar sus dividendos desde un púlpito, una curul o un tanque; despachando prebendas desde una ventanilla, cooptando desde una presidencia municipal, administrando la información pública de tal manera que nada parezca lo que es.

En las relaciones personales la confianza significa dinamismo, velocidad en los proyectos que se emprenden, con confianza es fácil ponerse en manos de los propósitos, y esto por supuesto que se emula en la sociedad, pero entre las y los mexicanos y sus instituciones sólo hay sospecha, miedo, distancia, duda. Y entonces la ciudadanía no participa, no se involucra, no colabora. Al contrario, confronta la manera en cómo alguien utiliza una institución partidista para regentear mujeres, cómo la clase política en la orden del día de una gira de trabajo incluye prostitutas, alcohol y banda en vivo, dejando la duda de si se lo costearon o si lo cargaron a los bolsillos de las y los contribuyentes; la ciudadanía ya no ofrece el beneficio de la duda porque incluso en las universidades públicas muchas y muchos entran con palanca, porque casi cualquiera apostaría su mano derecha a que más de la mitad de los ediles en México cobra su 10%, porque todas y todos sabemos que es casi una fábula que algún funcionario público de cualquier nivel en una situación que amenaza gravemente su puesto haga lo correcto a favor de un ciudadano, a favor de una ciudadana, entonces, ¿por qué validarlos? ¿Para qué?

Éste parece el discurso de un idiota o de un fanático, pero no lo es. Porque desgraciadamente es la realidad lacerante que infinidad de proyectos de todas las instituciones y organismos no gubernamentales han querido transformar. Por eso el objetivo de transformar verdaderamente a México es tan ambicioso y pertinente, pero quién lo ofrece en realidad. No es que no exista lo bello, lo bueno y lo correcto entre nosotros. Lo que pasa es que el problema es más grave y complejo, tanto que no se ha dimensionado. Vivimos en un país de héroes, de heroínas, enfermeras que dan su vida en hospitales, indigenistas que trabajan arduamente por ubicar lo marginal al centro, mujeres ayudando a otras a empoderarse; este país también está habitado por personas que no se quedan con los brazos cruzados y son docentes, médicos, músicos, amas de casa, zapateros y son adultos mayores y adolescentes, son personas con discapacidad, son mujeres y hombres, son también homosexuales y lesbianas, son lo mejor de México porque lo aman, porque la estructura de las instituciones, su fortaleza, radica en la posibilidad de repensarse y construirse teniendo como eje a la ciudadanía, hasta ese día México dejará de ser el país de las “ladies”, de los “gentlenmen”, de los virreyes y los “mirreyes”, de la mordida, de los franeleros, de los caciques, de la corrupción rampante, para convertirse en el país de todas y todos, el país de la confianza.