“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”
–    Groucho Marx

La conquista de una estimación pública transita por un pedregoso camino que exige una tributaria entrega de la honra e integridad para exhibirse como la efigie de un caudillo de la causa comunal. Dicho tributo semeja a los sacrificios de antaño, donde una sucesión de individuos debían perecer para un bien mayor, generalmente de índole seglar en su vertiente hereje. En el caso del político, el suceso adquiere faz simbólica al tener que ofrendar en el altar de un sistema civil a hombres y mujeres que formarán parte de su espectro derechista o izquierdista con un fin ulterior: esa estimación pública que lo ubicará en una posición de poder. Éste, a su vez, sólo puede aspirar a lo más alto, ya que en la medida del ego y ambiciones del político, mayor será su escala en esa escalera al cielo estadista, por lo que también podemos especular que un gobernador, esa cima de mando y potestad estatal capaz de saciar su incontrolable apetito de reconocimiento externo, debe ser el sueño de todo psicoterapeuta.
Las manifestaciones cinematográficas de candidatos a puestos políticos suelen retomar la arquitectura narrativa de las epopeyas romanas que invariablemente incluían en su confección traición, muerte y las oblaciones referidas anteriormente, ya que sentarse a la cabecera de una mesa con millones de comensales a la espera de un mendrugo que les sea arrojado, requiere la disposición imperial que aquellos señoriales antecesores impusieron a sus menospreciadas masas: fagocitar sus esperanzas para sostener su pesado asiento demagógico en un ejercicio oclocrático. Toda una veta dramática rica y dispuesta a ser explorada por el 7º Arte.
Como ya expresara con nacionalista elocuencia James Stewart en “Caballero sin Espada” (Capra, 1939), “todo esto es una causa perdida”. Si ese personaje de desmedido optimismo que pretendía sincretizar el sentir del pueblo norteamericano ante sus instituciones tocó fondo arrastrándose ante el Senado de su nación para proyectar el sentir de una patria desentendida y desalojada por sus líderes, entonces sólo una postura fría puede superar tal desarraigo y abrirse camino entre la necrótica madeja política de brío corrupto. Ergo, el candidato presidencial, agente eviccioso y viral que fermenta la voluntad de un electorado asido a una ilusión mesiánica que se alimenta desmedidamente del aprecio e idolatría comunal. Tal vez dichas aseveraciones luzcan como simplificaciones de una realidad más compleja y laberíntica, pero recordemos que el hombre es “el animal político” por excelencia, y la política inicia y termina en los confines de su mente y carne.
Esas fronteras terrenas se marcan frente a nuestros ojos en las dos versiones de “Todos los Hombres del Reino”, basadas en el agudo texto de Robert Penn Warren. Dichas producciones manifiestan una realidad frágil en la gesta de un político que surge de las entrañas idealistas y reformadoras sólo para verse hundido en el fango del pantano de la desesperación legislativa. La primera versión, titulada en México durante su corrida inicial -y muy acertadamente- “Decepción”, contrarrestó toda la entelequia forjada por la optimistacultura americana de la posguerra y presenta a un aspirante a cargo público que posee toda la firmeza y entrega a su labor pública que un priísta recalcitrante, por lo que su adulterada actividad populista sólo revela lo que la cinta de Capra mantenía en cierto velo de discreción mediática: la cochambre política es imposible de lavar. La dirección de Robert Rossen se mantiene centrada y atada a la naturaleza antropocéntrica de su personaje tema y la actuación de Broderick Crawford resulta atípica para una producción de 1949, pues en pocas ocasiones un antihéroe generaba el suficiente pathos para comprenderlo y condenarlo (tal vez la excepción sea el Kane de Wells). Tal hazaña pretendió ser emulada en un tibio remake del 2006 bajo la dirección de Steven Zaillan, quien trata de encontrar la voz de tan desencantada deconstrucción del servidor público en el capaz actor Sean Penn, quien a su vez hace lo que puede con un guión indeciso y timorato del mismo Zaillian. La dicotomía que sugiere la estampa de un candidato es explorada con mayor tino en “El Mejor Candidato” (Schaffner, E.U., 1964), donde Henry Fonda y Cliff Robertson encarnan las virtudes y vicios de la carrera política al contender uno contra el otro en dos frentes distintos, Fonda desde el idealista o progresista y Robertson con la mira puesta en el poder. Bien dirigida y reveladora en su momento.
Conforme el espejismo sobre la integridad de los dignatarios comenzó a diluirse en las décadas subsecuentes en relación directa a la creciente presencia mediática que exponía las corruptelas, fraudes y malos manejos gubernamentales en todo el mundo, el cine comenzó a ventilar el aroma de la ilegalidad política a través de una libertad de expresión no conocida en años anteriores, señalando no con dedos flamígeros de barata denuncia, sino con un atenuado sentido del humor que rayaba en la sangrienta ironía. El pueblo comenzaba a entender que quien hablaba en un estrado para autopromocionar su estadía en una silla política, sólo hablaba el idioma de la confusión, por lo que surgieron diversas miradas fílmicas que así lo expresaron, ya sea la homicida solución de un Juan Pueblo aniquilado por la sistemática involución del sistema mejor conocido como Travis Bickle en “Taxi Driver” (Scorsese, E.U.,1974), o simplemente arrojar espurios a la pantalla y a través de ella en las sátiras fraguadas por la desencantada generación de la crisis económica mexicana en cintas dirigidas por Luis Alcoriza o Felipe Cazals en los 70’s, erogando en exploraciones sociopolíticas que trascendieron los titulares noticiosos para formar parte del bestiario mítico popular, como los filmes sobre la muerte de Luis Donaldo Colosio, mártir y patrono de la candidatura truncada por intereses supremos, ya sea en versiones videohomescas o una más legítima y por cortesía del solvente Carlos Bolado,
La realidad de una elección queda muy lejana a los parámetros marcados por la ingenua “Poder y Traición” (Clooney, E.U., 2011), pues ahora queda claro que, por lo menos en nuestro caso, el rumbo de nuestro Estado y subsecuente testificación histórica quedarán en manos de un sujeto con poses populistas y eslogan fraguado por un púber (¡¿”De que te cumplo te cumplo”?!), una candidata conservadora con retórica fílmica y modelos ultraoccidentales o un desaliñado clon de Groucho Marx pero con sensibilidad bourgoise cuyo más caro sueño es ser un superhéroe. Triste destino mora en el futuro del sufragio local y de dramatismo tal, que será materia digna para una película, tal vez titulada “La Muerte del ZoonPolitikon”.

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