Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

En charlas de los últimos tiempos, así como en los medios de información y en todo espacio donde hay un grupo de personas, con frecuencia se escucha decir que Fulano, Mengano y Zutano, son corruptos; unas veces porque hay evidencias, pero en otras por especulación o por simple aversión hacia la persona señalada. Según el diccionario de sinónimos corrupción es abuso, envilecimiento, cohecho, corruptela, decadencia, degeneración, degradación, depravación, indecencia, inmoralidad, maldad, perversión, soborno, venalidad y vicio, entre otros.

Bajo esta óptica, el vocablo corrupción implica gran variedad de hechos o de actos que se consideran inmorales; ejemplo, toda persona que miente, por la razón que sea, es inmoral, luego entonces comete un acto de corrupción; alguien que se encuentra 500 pesos, sabe a quién pertenecen y no los entrega a su dueño es corrupto; el empleado que abusa de la confianza que en él depositaron, en el ámbito que sea, es corrupto; el conductor de vehículo que soborna al agente de tránsito para que no le infraccione por la falta que cometió es corrupto; el trabajador que tiene el vicio de llegar generalmente tarde a sus labores es corrupto; en fin, los indecentes, los que hacen maldades, los perversos y los degenerados, son corruptos. ¿Quién no ha incurrido, alguna vez o con frecuencia, en alguna de estas corruptelas? Muchos dirán que hay de corrupción a corrupción; que unos roban poquito y otros roban mucho, por lo que no se les puede catalogar en igualdad de circunstancias. Independientemente del tamaño de la indecencia lo cierto es que hay corrupción. Si todos, en menor o mayor medida, hemos cometido actos inmorales y reprobables, ¿por qué nos sorprende tanto la corrupción de otros?, ¿por qué no empezamos por autoanalizar nuestros actos?, ¿por qué no empezamos por autorregular nuestros comportamientos y evitar perversiones que perjudican? (Sin perjuicio de que a los “grandes” corruptos se les castigue con todo el peso de la Ley). No basta, pues, con señalar la corrupción de otros y soslayar la nuestra para enderezar la vida personal, la de nuestras familias y a la sociedad.

¿Por qué la inmensa mayoría de las personas tiene como villanos favoritos a los políticos, a los gobernantes, a los empresarios encumbrados y a los que están en altas esferas?, acaso ¿porque son los únicos que incurren en corrupción? A ellos se les señala, con el índice de fuego sustentado en la razón o por animosidad, porque son personas públicas, porque aparecen todos los días, o periódicamente, en los medios de información. El día que uno de nosotros, de los que hoy somos personas de a pie, si por alguna singular o extraña circunstancia llegáramos a ocupar un alto cargo, entonces saldrían a la luz pública todos los actos de corrupción que tenemos escondidos, más los que nos endosaran por animadversión. Adicionalmente, hoy las redes sociales contribuyen a deteriorar más aún la personalidad de los que ejercen altos puestos. Estos medios de comunicación, ciertamente, representan grandes avances tecnológicos para la humanidad, pero también generan graves perversiones cuando se usan irresponsablemente, y escondiendo la cara, para exteriorizar frustraciones y odios acumulados.

¿Dónde se incuba la corrupción?, ¿en qué momentos y en qué espacios se desarrolla?, ¿hay posibilidades de abatirla o será inherente al ser humano? El más connotado psicoanalista, Sigmund Freud, asentaba en su teoría sobre las instancias de la personalidad que el ser humano está constituido por el ID que es el impulso instintivo (interno) proclive al “mal” y el SUPEREGO que es la tendencia hacia el “bien”; si el ser humano en su formación tiene la influencia externa de la familia, de la sociedad y la cultura, y estos factores son positivos, entonces la persona tiene grandes posibilidades de fortalecer el superego en mengua del id, y creando con ello la conciencia y el carácter moral en la persona. De esta forma, la cultura familiar, la educación escolar y el entorno social, contribuyen poderosamente en la formación del juicio moral y ético de los ciudadanos. Está, pues, en nuestras manos abatir lo que tanto criticamos y repudiamos. Reinventemos al hombre nuevo, a la familia nueva y a la sociedad que deseamos.

“Si has tomado el camino equivocado, no sientas lástima por ti mismo; ¡da la vuelta!” Anónimo.