Por Jesús Álvarez Gutiérrez

ciudad-vivaDespués de haber leído mi crítica de la semana pasada contra el neoliberalismo como religión, algunos lectores me preguntan si he asumido una postura contra el mercado. No es así. Estoy a favor del mercado y de la libertad. Sólo no acepto que el equilibrio de mercado pueda alcanzarse de manera espontánea o natural, como sucede con las leyes de la física. Para que funcionen las leyes económicas de la oferta y la demanda se requiere de un Estado y unas instituciones (leyes) que regulen el juego entre competidores.

Las políticas públicas deben asegurar las condiciones para que el pez grande no se coma al pez chico, que no se imponga el más fuerte sino el más eficiente, y que las ganancias de capital se distribuyan a través de remuneraciones salariales suficientes para que todos los seres humanos podamos vivir con dignidad.

Hace más de un siglo Lizzie Magie inventó un juego de mesa muy divertido llamado “monopolio”, con el que buscaba explicar de una manera sencilla al público en general cómo la codicia, la acumulación de capital a costa de todo, es suicida para la sociedad.

La economía no es ni la religión verdadera ni tampoco una ciencia dura, como pretenden hacernos creer los neoliberales. Mi amigo economista Néstor Duch me recordó la siguiente historia: “Galileo estableció la ley de la caída de los graves (los pesos). Dijo que si se dejaban caer desde la misma altura dos cuerpos de diferente peso, una bala de plomo y una pluma, por ejemplo, llegarían al suelo al mismo tiempo. Pero agregó una condición: siempre y cuando ese hecho ocurra en el vacío. Esta historia galileana se me hace una buena metáfora para ciertas proposiciones económicas. Por ejemplo, el mercado funciona correctamente, los precios son el mejor incentivo y el interés individual conduce al óptimo social si y solo si se trata de un sistema de competencia perfecta.  Y la competencia perfecta debe cumplir una larga lista de condiciones. Si el experimento de Galileo se hace al aire libre es obvio que no funciona: podrán ocurrir cosas imprevisibles y raras, aunque se trata de una ley física muchas veces verificada. Lo mismo ocurre si la competencia es oligopólica o monopólica como parece ser en nuestra economía: el mercado, los precios y los intereses individuales se convierten en limitaciones muchas veces aprovechadas por los mal intencionados”.

La película “La gran apuesta” (en cartelera) es un buen documental sobre el origen de la crisis que inició en 2008 y no sabemos cuándo concluirá. Hace ocho años tronó la burbuja especulativa en el mercado inmobiliario, creada por los bancos con la complicidad de las calificadoras y de las agencias de vigilancia del propio gobierno americano. Como sucedió en México en 1995, el gobierno americano decidió entrar al rescate de los bancos, pero no impidió que millones de familias perdieran sus casas. Todavía resiente el mundo la onda expansiva de inestabilidad que ha colapsado la economía, provocando la caída de los precios de las materias primas como el petróleo.

El petróleo mexicano se cotiza debajo de 21 dólares el barril que, según cálculos de especialistas independientes, es su costo de producción (exploración, extracción, distribución, operación). Pemex está técnicamente en quiebra. Aunque el gobierno mexicano, por su parte, ha logrado compensar esta pérdida con el seguro y el sobreprecio al diesel y las gasolinas (cinco pesos por litro), la deuda pública crecerá en 2016 hasta alcanzar un monto equivalente a la mitad del Producto Interno Bruto (PIB).

Mientras tanto, la economía mexicana apenas crece, no produce empleos suficientes, y los que produce conllevan salarios cada vez más bajos. De 2008 a la fecha la inversión productiva apenas ha crecido 10 por ciento; si el gasto de los hogares en bienes y servicios ha subido 19 por ciento ha sido gracias a las remesas de los mexicanos en el extranjero y las dádivas sociales.

La fuerte devaluación del peso mexicano, de más de 40 por ciento, no ha podido impulsar nuestras exportaciones manufactureras (autos, televisores, computadoras), porque es altísimo su componente importado (entre 70 y 75 por ciento). El grado de integración nacional sólo aumentará si construimos cadenas locales de proveeduría, a partir de un sistema educativo que desarrolle mexicanos con mayor capacidad de emprender, de arriesgar, de crear, de innovar.

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