Alonso Vera
Agencia Reforma

MÉXICO, DF .- Todos, como viajeros, también somos comensal, y por ende patrocinadores de la dignidad y de la calidad sobre la producción de alimentos que elegimos consumir. También somos responsables de la salud personal, social y medioambiental derivada del acto de comer. Y hoy que está de nuevo sobre la mesa el debate en torno a la siembra o prohibición de los maíces transgénicos, comprendo que es algo que trasciende lo científico y lo cultural para penetrar en la definición misma de México como destino turístico, e incluso como país.
Como miembro hambriento de la sociedad quise estar mejor informado, así que me reuní con Adelita San Vicente y los miembros de la colectividad demandante en contra del maíz transgénico. Con ella, aprendí, además de la definición de congruencia, que somos centro de origen del 15 por ciento de las plantas que conforman el sistema alimentario mundial, incluido el maíz, el cereal con el mayor volumen de producción en el planeta. Tenemos más de 50 variedades y todas las combinaciones posibles. Cada una se emplea de acuerdo con factores geográficos, como la altitud, y también por su finalidad, ya sean tortillas, tamales, atole, pinole, tesgüino, etc.
“Esto ha sido trabajo de un inventor llamado campesinado mesoamericano, que ha experimentado durante miles de años por medio de la conservación de las mejores variedades”, me dijo el doctor Víctor Toledo, investigador de la UNAM y miembro de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad. Su director, el doctor Antonio Turrent, hizo evidente la paradoja en la conversación: “Pero uno de cada tres kilos de maíz que se consumen en México son transgénicos importados, y desde la firma del TLC, en 1992, están saliendo del país unos 400 mil campesinos al año. Por si fuera poco, la desnutrición es una constante creciente entre nuestros niños y, simultáneamente, tenemos el mayor índice de obesidad infantil en el planeta Tierra”.
El mes pasado, el Presidente presentó una política en la que se reconoció a la gastronomía como un eje estratégico para el desarrollo económico de la nación. Se convocó a los más altos funcionarios, incluso en el evento se recordó que la cocina tradicional ha sido reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
En esta otra paradoja estamos orgullosos de la nueva herramienta de promoción turística, pero dicha presentación coincidió con la suspensión del juez Francisco Peñaloza de la medida precautoria que impedía la siembra del maíz transgénico en México. Ya lo advirtió Enrique Olvera, chef propietario de Pujol y fundador del Colectivo Mexicano de Cocina suscrito a la demanda: “Si no hay agricultura campesina, no puede haber cocina mexicana”.
En este contexto nace Maia, luz de mi vida. Si algo he aprendido al viajar es que la tecnología más perfecta es la naturaleza y la invención más pura siempre aquella que deviene de la ingenuidad. Pero cuando el interés es económico, ya nada más parece importar. Sin embargo, como la verdadera riqueza está en manos de las familias indígenas, sueño con que sabremos “hacer milpa” y aportar un granito para resguardar la herencia de todos en beneficio de todos. ¿Qué comerá mi hija cuando sea mayor? Haré lo posible para que sea el resultado de una agricultura campesina, digna y revitalizada.