Luis Muñoz Fernández

 Una de las apuestas, sotto voce, y no sotto voce, de quienes ostentan el Poder, radica en modificar al ser humano. No en lo físico -no pueden-, sí en su servilismo y en su forma de relacionarse -siempre lo han hecho. Suplir al Homo sapiens, “hombre que sabe”, y bregar cada vez más por el Homo faber, “hombre que hace o fabrica”, es la meta. La técnica como credo ordena; ordena y desprecia los valores humanos ancestrales. Abrevar de la técnica y socavar “lo humano de lo humano” es el objetivo. El individualismo como finalidad en lugar de la colectividad como marco de vida, de contacto, de relación entre un ser humano y su par es lo que pretenden, y siempre han pretendido, los dueños del Poder.

 

Arnoldo Kraus. Individualismo versus técnica, 14 de diciembre de 2015.

 

Cada año, la prestigiosa revista científica estadounidense Science le otorga un reconocimiento a un descubrimiento científico especialmente relevante de los últimos doce meses. Recuerdo bien que en 1993 designó a la proteína p53 con el título de “molécula del año”, pues desde entonces se sabe que el gen que contiene las instrucciones para fabricarla es el que sufre más mutaciones en un mayor número de cánceres humanos.

Dado que el cáncer es, desde el punto de vista biológico, un trastorno de la multiplicación y el trabajo especializado (la diferenciación) de nuestras células, se puede entender que p53 juega un papel central en esos procesos. Cuando nuestras células fabrican versiones defectuosas (mutantes) de p53, la multiplicación y diferenciación de las células se sale de control, lo que conduce a la aparición de un cáncer: una colonia de células que proliferan de manera descontrolada, invadiendo los tejidos vecinos y viajando a órganos distantes para colonizarlos en forma de metástasis.

Este año no ha sido una molécula, sino una técnica adoptada con gran rapidez por un gran número de laboratorios de biología molecular en todo el mundo. Ya habíamos hablado de ella en una Mesa de autopsias anterior hace justamente ocho meses (véase Tomar las riendas, 25 de abril de 2015). Se trata de la técnica denominada CRISPR, acrónimo de ecos cibernéticos que se forma con la primera letra de las palabras que forman una frase incomprensible para la mayor parte de los seres humanos entre los que me incluyo: repeticiones palindrómicas cortas agrupadas y espaciadas regularmente (CRISPR – Clustered Regularly Interspersed Short Palindromic Repeat).

Para la revista Science, esta técnica es ni más ni menos que “el descubrimiento del año” y ya se menciona que ha colocado a sus descubridoras, Emmanuelle Charpentier (francesa) y Jennifer Doudna (estadounidense), muy cerca de ganar el Premio Nobel. ¿En qué consiste la técnica para haberse significado de esta manera? En principio, no es de un invento original. Se trata de un mecanismo genético que utilizan las bacterias para defenderse del ataque de los virus. Como se sabe, al igual que sucede con las células humanas, los virus insertan su material genético en el de las bacterias. Éstas en apariencia se dejan hacer, pero a través de una maniobra química, acaban removiendo el material genético viral como si lo extirparan con un bisturí.

Al estudiar esta estrategia bacteriana con detalle, las dos científicas vislumbraron la posibilidad de utilizarla en el material genético de seres vivos más complejos. Lo que permite CRISPR es ni más ni menos que “editar” la información genética, modificarla. Si eso lo llevamos al terreno de los seres humanos, puede significar la corrección de genes anormales que son responsables de algunas enfermedades humanas que suceden justamente por tener instrucciones (genes) defectuosas para fabricar algunas proteínas. Piénsese, por ejemplo, en la fenilcetonuria, una enfermedad ocasionada por un error en la fabricación de la proteína fenilalanino hidroxilasa que a la larga produce daño cerebral irreversible con grave retraso mental. Y así podríamos hablar de todas aquellas enfermedades que se originan en un gen defectuoso: la fibrosis quística, la enfemedad de Marfan, la neurofibromatosis, la distrofia muscular de tipo Duchenne, la corea de Huntington o la hemofilia, por citar solamente algunas. Enfermedades relativamente infrecuentes en la población general pero de efectos devastadores y cuyo tratamiento ha sido hasta ahora inalcanzable.

La posibilidad de manipular con una técnica tan poderosa como accesible el material genético, que es donde reside la identidad química de cada individuo, despierta muchos dilemas éticos, graves preocupaciones. ¿Quién nos asegura que CRISPR será usada solamente para aliviar los males del género humano? Las modificaciones que se introducen con ella en las células germinales (espermatozoides y óvulos) o en los embriones pueden afectar el destino de poblaciones enteras, como ya ha sido demostrado en la Drosophila melanogaster, la mosca de la fruta, un modelo experimental muy utilizado en genética.

Además, existe la posibilidad de utilizarla para “afinar” rasgos que permitan crear a voluntad seres humanos más perfectos, bellos, fuertes e inteligentes. El sueño por la vía rápida de Francis Galton, aquel primo de Charles Darwin que en 1883 acuñó el término eugenesia, lo que haría posible “producir una raza de hombres altamente dotados mediante una sabia política de matrimonios a lo largo de varias generaciones consecutivas”.

Ideas que atravesaron el Atlántico para recibir acogida en los Estados Unidos de Norteamérica, inspirando las políticas públicas de esterilización forzosa de aquellos seres humanos considerados inferiores o defectuosos. Eugenesia que, años después, permeó las ideas de superioridad racial plasmadas en Mi lucha, de Adolfo Hitler, libro que, por cierto, sale en estos días a la venta en Alemania en una edición comentada para que los jóvenes germanos no caigan en la tentación de cometer los mismos errores de sus mayores.

Estas preocupaciones son las que no le dejan conciliar el sueño a Jennifer Doudna, la codescubridora de CRISPR. En un artículo publicado recientemente (La revolución de la edición del genoma: el torbellino de mi año con CRISPR. Nature, 22 de diciembre de 2015):

Hace 20 meses que empecé con problemas para dormir. Habían pasado casi dos años cuando mis colegas y yo publicamos un artículo describiendo cómo un sistema bacteriano llamado CRISPR-Cas9 podía utilizarse para hacer ingeniería genómica.

Me había asombrado comprobar con que rapidez laboratorios alrededor del mundo habían adoptado esa tecnología para aplicarla en biología, desde la modificación de plantas, hasta la alteración de los patrones cromáticos de las alas de las mariposas o la corrección de enfermedades humanas en ratones usados como modelos experimentales. Al mismo tiempo, había evitado pensar en las ramificaciones éticas y filosóficas de disponer de una herramienta tan accesible para alterar el genoma. […]

A medida que los usos de CRISPR-Cas9 para manipular células y organismos siguieron aumentando, parecía inevitable que algunos investigadores probaran la técnica en óvulos, espermatozoides y embriones humanos para crear alteraciones heredables en las personas. Hacia la primavera de 2014, solía permanecer tendida y despierta en medio de la noche preguntándome si podía permanecer ajena a la tormenta ética que se estaba incubando en torno a una tecnología que yo misma había ayudado a crear.

La preocupación no es gratuita. Ya existen grupos de investigadores que están experimentando en embriones humanos. En países donde la regulación de la investigación científica es laxa o inexistente, la posibilidad de que experimentos de este tipo se lleven a cabo es hoy una realidad.

Ahora que todavía se proyecta en algunos cines una nueva versión de la obra decimonónica de Mary Shelley Frankenstein o el moderno Prometeo, parece como si a pesar de los años transcurridos hubiésemos aprendido muy poco sobre los riesgos de una ciencia sin conciencia.

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