Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La tarde del 1 de agosto de 1968 la explanada frente a rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México resultaba insuficiente para albergar a los estudiantes y ciudadanos en general, que respondieron a la convocatoria para acompañar al entonces rector, ingeniero Javier Barros Sierra en una marcha de protesta por la intromisión en la vida universitaria de diversas autoridades gubernamentales, por las declaraciones ofensivas de funcionarios y por la propia actitud del Presidente de la República Gustavo Díaz Ordaz que cuestionaba la capacidad de la casa de estudios para gobernarse a sí misma. A las 16 30 horas como estaba programado la marcha inició encabezada por el Rector, por el Secretario General Fernando Solana, por los directores de escuelas y facultades y en seguida los contingentes estudiantiles tanto de la Universidad, como del Politécnico, de las preparatorias, las vocacionales, y en general ciudadanos comprometidos y preocupados por la autonomía de la UNAM y por el futuro de la educación superior en el país.

Un incidente aparentemente sin mayor trascendencia acaecido el 26 de julio anterior, en una manifestación de recuerdo por la toma del cuartel Moncada que diera inicio a la revolución cubana, en que se enfrentaron alumnos de la preparatoria Isaac Ochoterena y de una vocacional, culminó, por la represión policiaca, en un vandalismo desatado en la huida de los contingentes estudiantiles. Un grupo se refugió en la antigua preparatoria de San Ildefonso, cuya puerta centenaria fue derribada por un bazookazo de un cuerpo del ejército, imprudentemente enviado a enfrentar a estudiantes armados con palos y piedras. El incidente fue a más y ahora luego de varias marchas de protesta el rector encabezaba ésta, que agrupaba según se estimó más de medio millón de personas.

Los maestros y estudiantes de la carrera de Derecho, quizás por ser de las primeras carreras de la real y Pontificia Universidad de México, seguían a las autoridades. El contingente salió de Ciudad Universitaria y tomó la avenida Insurgentes rumbo al centro de la ciudad. Los “goyas” y los “huelums” en cientos de miles de gargantas estremecían el ambiente. El paso firme y la decisión del Rector marcaban el talante de la multitud. El propósito era arribar a la plaza central de la ciudad y frente a palacio nacional exigir el respeto al trabajo: investigación, estudio y difusión del conocimiento, para lo cual resulta indispensable la capacidad de autogestión. Todo ello comprendido en el concepto de autonomía universitaria.

Al llegar a la avenida Félix Cuevas la marcha se encontró con el ejército: tanques y soldados. Era la respuesta de un gobierno débil y temeroso que se disfrazaba tras el autoritarismo, incapaz de comprender las expresiones democráticas que anunciaban el desgaste de un modelo de gobierno que sobrevivió muy poco. El partido hegemónico se hallaba agotado. El presidencialismo sustentado ahora en la represión viviría sus últimos estertores, a trancos, en los tres sexenios siguientes, oxigenado por medidas con apariencia democrática que prolongarían la agonía del sistema.

La decisión no fue fácil, pero fue la correcta. El rector Barros Sierra guió al contingente de regreso a Ciudad Universitaria, primero por Félix Cuevas, luego por avenida Universidad hasta regresar a la explanada de rectoría. Allí, al pardear la tarde, experimenté uno de los episodios más emocionantes de mi vida. El rector pronunció una arenga valiente y sustanciosa. La apasionada defensa de la Universidad y de su autonomía, requisito sine qua non de su quehacer: Hoy es un día de luto para la Universidad: la autonomía está amenazada gravemente. Quiero expresar que la institución, a través de sus autoridades, maestros y estudiantes, manifiesta profunda pena por lo acontecido la autonomía no es una idea abstracta, es un ejercicio responsable, que debe ser respetable y respetado por todos… La Universidad es lo primero, permanezcamos unidos para defender, dentro y fuera de nuestra casa, las libertades de pensamiento, de reunión, de expresión y la más cara: ¡nuestra autonomía! ¡Viva la UNAM! ¡Viva la autonomía universitaria! Terminó invitando a cantar el Himno Nacional que en la garganta tensa de más de medio millón de personas creó un lazo de unión más allá de las manos unidas, más allá de la intención compartida, más allá de los corazones enlazados: la decisión firme de defender el principio de la autonomía.

El 2 de octubre de 1968 la decisión presidencial vistió de luto a la nación y estableció un compás de espera en la lucha por la democracia y en el combate por la preservación de la autonomía.

Al pergeñar estas líneas, recuerdo que este 9 de junio se cumplen 25 años de la reforma constitucional promovida por el entonces presidente José López Portillo, que “gestionó” la adición de una fracción al artículo 3° constitucional que a la fecha dice: …VII. Las universidades y las demás instituciones de educación superior a las que la ley otorgue autonomía, tendrán la facultad y la responsabilidad de gobernarse a sí mismas; realizarán sus fines de educar, investigar y difundir la cultura de acuerdo con los principios de este artículo, respetando la libertad de cátedra e investigación y de libre examen y discusión de las ideas; determinarán sus planes y programas; fijarán los términos de ingreso, promoción y permanencia de su personal académico; y administrarán su patrimonio. Las relaciones laborales, tanto del personal académico como del administrativo, se normarán por el apartado A del artículo 123 de esta Constitución, en los términos y con las modalidades que establezca la Ley Federal del Trabajo conforme a las características propias de un trabajo especial, de manera que concuerden con la autonomía, la libertad de cátedra e investigación y los fines de las instituciones a que esta fracción se refiere.

En 1929 las protestas estudiantiles iniciadas, casualmente, en la Escuela de Jurisprudencia dieron lugar a su clausura por acuerdo presidencial el 7 de mayo, luego de la declaración de huelga el 5 de mayo. Enseguida vino la amenaza: si la Escuela no se abre sobre bases disciplinarias, en 1930 será suprimida definitivamente invirtiéndose el presupuesto en escuelas politécnicas. Los soldados reemplazaron a los estudiantes. La huelga se extendió y abarcó prácticamente todas las escuelas. El pliego petitorio exigía la renuncia del secretario de educación, del subsecretario, de los directores de las escuelas universitarias, del rector, el cese del inspector de policía y el cese del jefe de las comisiones de seguridad. Se reclamaba también la autonomía para la Universidad. El 26 de mayo en Veracruz José Vasconcelos declaró: la actual huelga de estudiantes viene a demostrar la fuerza del poder que ejercen estos en la opinión pública. Llama la atención, en primer lugar, que los estudiantes se solidaricen para defender sus derechos escolares… El 4 de junio de 1929 la Cámara de Diputados facultó al ejecutivo para dictar la ley que crearía la Universidad Nacional Autónoma. El Secretario de Educación, Ezequiel Padilla, expresó en la sede del Congreso: …lentamente los ensueños van realizándose, los hombres de la revolución se habían opuesto a la autonomía de la casa de estudios, por evitar que ésta cayera en manos enemigas, o en la de los protestantes, como temía el licenciado Luis Cabrera. Las clases intelectuales han estado divorciadas de los intereses del pueblo y de la revolución.

Hoy, en esta efeméride, con el recuerdo de la gesta del 29 y de la del 68, me pregunto si no seguirán las “clases intelectuales”, las “políticas” y “empresariales” divorciadas de los intereses del pueblo.

 

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