Por J. Jesús López García 

Tendemos a dar por hecho que algunos sitios propios de los lugares que nos son familiares han sido así, o al menos fuertemente parecidos, a lo que se nos presenta actualmente. Lo cierto es que los cambios son constantes. A veces abruptos y tajantes, muchas otras, ligeros, pausados y casi siempre apreciables al comparar imágenes o recuerdos.

La Alameda de Aguascalientes es uno de esos lugares, ya que igual que muchos espacios públicos inició con la presencia de árboles de tamaño considerable que proporcionaron además de unas sombras generosas para propiciar descanso y un paseo cercano a la ciudad para los habitantes y al mismo tiempo lo suficientemente retirado para dar la sensación de un aislamiento tipo campestre.

Eso ha sido un tema recurrente en la cultura occidental desde el mundo Helénico en que se buscaba un ambiente bucólico de la perdida Arcadia en el campo. Aparece el tema en el Decamerón de Boccaccio donde los personajes huyen de la ciudad de Florencia asolada por la peste negra a un entorno natural que los protegiera del embate mortal. La Alameda que realmente cuenta con pocos álamos y sí con muchos eucaliptos, se constituyó para dar forma a un paseo que unía los manantiales de Ojocaliente con la ciudad a través de las instalaciones ferrocarrileras desde cuyos andenes se recibía a infinidad de viajeros y gente forastera.

La sinuosidad inicial de La Alameda como se observa en planos antiguos como el Plano del suelo fósil de la ciudad de Aguascalientes, obedecía probablemente a los escurrimientos naturales de las aguas pluviales a través de la topografía. Puede apreciarse en fotos de época la senda arbolada exhibiendo sólo tierra suelta como en varios cuadros de Monet quien representó sendas atrayentes, sin duda alguna similares a nuestra célebre Alameda.

Antes que una intención utilitaria los caminos arbolados del siglo XIX tendían a proporcionar un espacio público destinado al sano ocio de una sociedad democrática. La calidad paisajística del sitio dependiente como siempre de la sensibilidad y educación del transeúnte, como diría José Saramago: “El paisaje es un estado del alma”; en el caso de la Alameda fue apegándose a conceptos formales provenientes de otras latitudes: del Paseo de la Reforma, y también de la propia Alameda Central de la ciudad de México de la que probablemente tomó su nombre.

Donde hay árboles lo cierto es que se favorece la convivencia y con ella la evocación de episodios sociales, literarios y hasta míticos, sea la Selva Negra alemana donde se propiciaron copiosos elementos de sus sagas épicas o el Robledal de Corpes en que los Infantes de Carrión azotaron a las hijas del Cid Campeador, las arboledas tienden a ser lugares representativos para una comunidad.

Al transcurrir del tiempo, La Alameda acalitana ha experimentado múltiples transformaciones: de paseo para peatones a una vía cuyo tráfico rodado ha ido en aumento, modificando la composición de sus elementos a causa de la diversidad de su uso. Basamentos elaborados en clave ecléctica soportando esculturas en bronce de los personajes que hicieron historia en México han convivido con bancas y kioscos de diferentes facturas; especies nuevas de árboles con otras más viejas, y qué decir de los paramentos de las cuadras: se han cambiado a lo largo del tiempo y de las épocas: desde su inexistencia hasta la aparición de inmuebles de todos tipos.

Actualmente La Alameda modifica su imagen, su utilidad, su disfrute, y con ello, su fin. El corredor oriente–poniente de la ciudad, del que siempre ha formado parte, se ha venido consolidando con actividades culturales y lúdicas. Al margen de las formas arquitectónicas La Alameda ya ha ido fijando un modo local de evocar los espacios urbanos arbolados, invitando a quienes en medio de la ciudad quiera recorrer pausadamente los ámbitos del vital recreo que hoy en día tanto se requiere.

Existen en las inmediaciones edificios de mucha animación laboral, la apuesta nueva para proporcionar pausas al agitado ritmo cotidiano es algo que puede potenciar las capacidades de utilización de la zona, requiriéndose tiempo en el cual se estime las maneras en que La Alameda se va a desarrollar en los tiempos inmediatos y futuros. Lo importante es que el lugar sigue siendo depositario de la atención de los habitantes de la ciudad y de quienes están a cargo de su mantenimiento.

Ello de alguna u otra manera continúa fijando en el imaginario de los habitantes de la metrópoli local la idea y el precedente de que en La Alameda han pasado cosas, siguen pasando y lo seguirán haciendo. Los bloques contemporáneos que actualmente muestra son ya parte de esa continuidad en el tiempo, y que sin duda alguna corresponde a una reciente forma de vivir el espacio, de pensar de las actuales generaciones y de las que están por venir. Indiscutiblemente es oportuno recorrer los ámbitos, rincones, ángulos y espacios producidos para todos los aguascalentenses ya que sólo así apreciaremos la justa dimensión: ¡¡¡una Alameda para el siglo XXI!!!