Sin un gran poder, no existe alguna responsabilidad

Comenzamos con una toma cenital a un individuo ataviado con un traje que semeja aquel personaje que da título a la cinta “Condorman” (por favor, dígame alguien que recuerda esa fallida pero nostálgica cinta ochentera de la casa Disney), quien se desploma voluntariamente desde la cima de un destellante rascacielos, con la esperanza de que sus alas fabricadas en casa lo remonten en vuelo mientras que una azorada congregación de individuos aplaude tal proeza, y una voz en off nos instruye sobre los secretos anhelos del ser humano para emular aquellas entidades que tan solo habitan en el bidimensional universo del cómic y lo extraordinario de trasplantar dicha realidad a la nuestra. Sin embargo, el traje alado no funciona como desearía su portador y, violentamente, se nos da la bienvenida al hilarante y sardónico universo de “Kick Ass”, adaptación cinematográfica del ácido y cáustico cómic homónimo de la Marvel escrito por el escocés Mark Millar (a quien también se le debe la autoría de “Wanted – Se Busca”, otra historieta que diera el salto a la pantalla grande) y dibujado por el ya legendario John Romita Jr.  La dirección corre a cargo del británico Matthew Vaughn, ahora un nombre de referente inmediato si se habla de especialistas en el traslado de cómics al cine al labrarse un nicho entre los fanáticos con sus otros proyectos, como “X-Men: Primera Generación” o más recientemente “Kingsman: El Servicio Secreto”, otro cómic también firmado por Millar. Con “Kick-Ass”, su tercer filme, logró superar a quien fuera su mentor, Guy Ritchie, al entregarnos una historia fuera de la sensibilidad mainstream y dentro de las inquietudes posmodernas donde la audiencia puede esperar ser ofendida, atacada e insultada por un relato honesto y un humor más negro que la noche (gracias, Taboada).
Dave Lizewski (un centrado Aaron Johnson) es un adolescente como cualquiera, cuyas inquietudes van enfocadas a la línea geek: ama los cómics, frecuenta una tienda especializada en compañía de sus dos mejores amigos a discutir esos temas que resultan indispensables en el cotidiano nerd (ya saben “¿Quién es más fuerte, Hulk o Superman?” o “¿Qué pasaría si Kate, de “Lost”, se enfrentara a Sarah Connor?”, y cosas así) y, como el mismo Dave lo indica, el único superpoder que posee es el de ser invisible a las chicas, por lo que solo puede fantasear (y llenar su bote de basura con incontables pañuelos desechables húmedos) en la intimidad de su cuarto con lo que sea que tenga cromosoma XX, incluyendo a su madurita maestra de inglés, y, sobre todo, con Katie Deauxma (Lyndsey Fonseca), su amor platónico de los pasillos de la escuela.
Es así que, un día como cualquier otro (subrayando ese sentido de la cotidianidad que le imprime Vaughn a la narración), Dave decide proyectar los ideales superheroicos de sus personajes de cómic en el mundo real y se hace de un disfraz verde oscuro para luchar contra el crimen de su vecindario como Kick Ass, su álter ego. Sobra decir que las leyes de la física sí aplican en nuestro plano existencial y al poco tiempo termina en un hospital como resultado de sus andanzas contra el crimen callejero. Sin embargo, azares del destino permiten que una de sus hazañas llegue a YouTube donde obtiene fama y bandeja llena en Facebook, culminando en su labor como “héroe por encargo” para su adorada Katie, quien se ve asediada por un maleante rasta de nombre Rasul (Kofi Natei).
Hasta aquí, los aspectos formales del lenguaje cinematográfico se respetan evitando todo efectismo o truco de montaje que remita a la mera espectacularidad (tomas cortas, composición de foto básica, transiciones estándar, etc.), pero todo cambia drásticamente con la llegada de Hit Girl (Chloe Moretz, la verdadera estrella de la cinta), una niña de 11 años que irrumpe en la fallida impartición de justicia por parte de Kick Ass en la guarida de Rasul con un lujo de violencia que haría estremecer de gusto a los Wachowski y con una boquita digna de personaje de David Mamet, todo acompañado del tema de la clásica serie de Hanna-Barbera “Los Banana Splits” versión punk, cortesía de los Dickies (la ironía rebosa aquí). La pequeña homicida viene acompañada de Big Daddy (Nicolas Cage haciendo su mejor imitación de Adam West, el Batman de la serie sesentera), su padre en la vida real y quien ha entrenado a la niña desde su primera infancia en el uso de todo instrumento letal para el humano y arte marcial conocida para ayudarlo a ejecutar su venganza contra el líder de la mafia Frank D’Amico (Mark Strong), a quien culpa de la muerte de su esposa. Es así que Kick Ass, Hit Girl y Big Daddy forman una tríada accidental heroica en contra del crimen organizado, uniéndose a la postre Red Mist (Christopher Mintz-Plassé), otro héroe amateur con un secreto que puede costarles la vida a los protagonistas.
La cinta logra regodearse en la sátira más expuesta, con un ritmo vigoroso y secuencias hiperquinéticas que se ven beneficiadas por una excelente fotografía y planeación de cuadros, desdeñando lo gratuito y entregándose a los personajes, los cuales, por su naturaleza naif y psicología fracturada, bordean la explosión visceral sin descuidar una construcción inteligente y trabajada.
Una película con altas dosis de daño corporal y palabras altisonantes, que hace la delicia del respetable al cocinarse a fuego alto con la mala leche de rigor y un toquecito de gore, pero que herirá aquellas conciencias anacrónicas (tipo PROVIDA) al mostrar a una infanta cometiendo tropelías extremas y expresándose como si padeciera Síndrome de Tourette. En fin, tal vez es lo que la audiencia de filmes más industriales como “Batman Vs. Superman” requieren para alejar la desigual experiencia: un fuerte puntapié en las metafóricas gónadas intelectivas, cortesía de estos improvisados pero entrañables “héroes”.

Nota: La cinta, así como su secuela y los otros filmes mencionados, se encuentra a la renta en el C.C. Casa Jesús Terán

Correo: corte-yqueda@hotmail.com