Por J. Jesús López García 

Una de las actividades humanas que han sido importantes motores en la creación de arquitectura es el comercio, incluso arriesgando una hipótesis de fuerte arraigo en historiadores urbanos, se ha depositado en la convergencia en un sitio de múltiples acciones de intercambio económico el núcleo fundacional de las primeras ciudades de la humanidad, allá en Medio Oriente.

En la Grecia Arcaica y en los posteriores periodos clásico y helenístico, las stoai, antecedente de los tradicionales portales, eran sitios para el intercambio de compraventa, la interrelación social y el intercambio de las ideas. Así, de esta manera, se crearon los primeros mercados fijos, siendo su ubicación en las ciudades de importancia considerable, ya que el sitio en las trazas urbanas obedecía a captar los mayores flujos de personas y mercancías con el consiguiente crecimiento de las zonas aledañas, de ahí que esos edificios fuesen lo mismo funcionales que aptos de representar icónicamente a la colectividad a la que daban servicio.

Mercados icónicos como el Hidalgo (1910) de la ciudad de Guanajuato atribuido a los arquitectos Ernesto Brunel y Antonio Rivas Mercado -del que se dice era originalmente pensado como estación de tren- o el Mercado Libertad o mejor conocido como Mercado de San Juan de Dios (1958) en Guadalajara, del arquitecto Alejandro Zohn -que por cierto es el mercado cubierto más grande de América Latina-, tienen tal representatividad en sus ciudades que más que piezas de equipamiento urbano, son elementos articuladores de identidad con las ciudades en donde se encuentran localizados.

Es sintomático que conforme las pautas de comercio y prestación de servicios se van modificando los mercados también lo hacen, como en el caso del Mercado Roma (2013) en la Ciudad de México por Rojkind Arquitectos + Cadena y Asociados, reciclando un espacio en donde se encontraba el famoso Bar León, captando nueva clientela y ofreciendo novedosas maneras de comercio.

En Aguascalientes los baratillos o tenderetes temporales establecidos en plazas fueron sustituidos por mercados fijos, algunos a mediados del siglo pasado, aunque la actividad comercial se desborda poco a poco en su capacidad de volumen y se proyecta en calles aledañas donde se acondicionan pequeños enclaves comerciales.

Mas, el modo de vender y de comprar propician espacios inéditos como en el caso de los centros comerciales denominados <mall> donde se sustrae al edificio de la interacción urbana tradicional y se le ubica en un sitio para que la conectividad sea eminentemente vehicular, estableciendo con ello un mini distrito semiautónomo. En algunas capitales propició un paulatino abandono de los enclaves tradicionales ubicados en las zonas consolidadas de las metrópolis, hasta que el mismo crecimiento urbano y sus dinámicas de ocupación y desocupación, volvieron a llevar vigencia a esos lugares, lo que a su vez propició el declive de aquellos <mall> primigenios.

Sin embargo, es conveniente mencionar que una parte importante del atractivo de esos centros comerciales es la oferta en opciones de compra y de servicios subsidiarios donde el entretenimiento alcanza un papel importante: el cliente programa una visita de mayor permanencia por lo que esa actividad debe estar garantizada con todo tipo de atracciones.

En nuestra ciudad acaliteña los primeros centros comerciales contemporáneos se enfocaron en un solo tipo de producción, un poco como a la manera tradicional de mercados especializados como el de queso, del vino, de la plata. De esta forma, localmente la producción textil impulsó a su vez el comercio, pues la historia y el desarrollo han estado profundamente ligados con el arte de tejer, lo que trajo como consecuencia el establecimiento -a la llegada de México sobre la carretera Panamericana- de uno de los centros comerciales modernos de la ciudad: Plaza Vestir, en la década de los años setenta.

Obra del reconocido arquitecto José Bassol Jirash, se entronizó como una bienvenida a visitantes y un estandarte de la industria local entonces en pleno ascenso. Difiere de los establecimientos mercantiles tradicionales en el sentido de que es un sitio autónomo respecto a la calle y por tanto se presenta como un solo bloque. El conjunto, de esta manera, se exhibe como dos prismas de base hexagonal, donde el principal establece las pautas de circulación concéntrica, para enfatizar la actividad interna del conjunto. El edificio es sobrio, de perfiles sencillos y es un bloque que representa bien la producción arquitectónica aguascalentense de aquella década, a diferencia de los <mall> norteamericanos de ese momento, reconvertidos muchos de ellos, incluso, en desarrollos habitacionales, Plaza Vestir sigue en pleno uso, si bien la industria textil local posee innumerables competidores y los centros comerciales han ido incrementando su número y dimensiones.

Igualmente importante es que a cuatro décadas de la inauguración, continúa percibiéndose su diseño contemporáneo, alejado de la imaginería neocolonialista de algunas propuestas posteriores. Sobre el comercio y la arquitectura que produce, es un tema que aún originará entes nuevos, esperemos que ello sea útil para formular proyectos arquitectónicos que establezcan hitos, como lo hecho desde hace bastantes años y evitando la devaluación de éstos con miras a una economía mal entendida.