“Mi vida, mi lectura, todo sobre mí gira alrededor del cine. Así que para mí, el cine es la vida y viceversa”.

Un vasto y desolado paraje inconfundible en el género western. La cámara hace un paneo de derecha a izquierda para explorar dicho espacio. Entonces, sutil y poéticamente, la toma se desliza suavemente hacia el lacerado rostro de un hombre indudablemente desesperado. La toma que en un principio era tan abierta como un long shot, termina siendo un magistral close up sin hacer un solo corte, revelando el hecho de que el paraje jamás estuvo abandonado, sino ocupado por una entidad desaliñada que, a lo largo de la historia, ha logrado compenetrarse en la psique y emotividad del espectador. Así, el director Sergio Leone estableció en una de las secuencias fundamentales de la también fundamental “El Bueno, el Malo y el Feo” que la habilidad de la audiencia para percibir el entorno comulgaba con la del individuo en pantalla, señalando que en los momentos más importantes de sus filmes, lo que la cámara no puede ver, el personaje tampoco lo ve, dándole a su director la libertad de sorprendernos con detalles y elementos que no pueden ser previstos por la singular geografía de sus tomas. En ese momento, comprendimos que las elegantes y reverenciadas sagas del Oeste norteamericano fraguadas por el (justamente) deificado John Ford habían quedado atrás, no superadas sino evolucionadas por un regordete italiano cuya única ambición era hacer películas como las que disfrutó durante las matinés de su infancia, dando una lección sobre su hechura en el proceso.

“Cuando era joven, tan solo creía en tres cosas: el Marxismo, el redentor  poder del cine y la dinamita. Ahora, solo creo en la dinamita”.

La senda de Leone estaba pavimentada de celuloide desde su infancia, ya que su padre era el célebre director Vincenzo Leone (Alias “Roberto Roberti”), uno de los principales artífices del género denominado peplum (épicas históricas y/o fantásticas sobre los romanos y sus mitos de la antigüedad que en Occidente se identificaban como cintas de “toga y sandalias”), el cual adquirió gran popularidad durante la década de los 50’s en el país mediterráneo y que fungió como el aprendizaje del futuro cineasta en las labores del desciframiento del lenguaje cinematográfico colaborando estrechamente con su padre en la planificación de encuadres, movimientos de cámara, ajustes en el guión y coordinando el rodaje fungiendo de asistente, puliendo sus habilidades y sembrando el germen de la creación fílmica, un afán que se vería finalmente consumado el año de 1961 cuando dirige “El Coloso de Rodas”, un proyecto más vinculado a los intereses de género y temática que prevalecían en aquel entonces que a las ambiciones narrativas de Leone, por lo que la experiencia solo fue un satisfactor a medias. Sin embargo, el cineasta de rotunda figura ya fraguaba una innovadora incursión al género que lo había cautivado en su juventud y motorizado a aventurarse en la aventura cinematográfica: el western. Ese primer paso fue decisivo, tanto para su carrera como para el cine mismo.

“Los ojos son elemento más importante para mí, ya que todo puede ser leído en ellos”.

Leone arremetió con furia creativa contra toda la puesta en escena y caracterización prolija y antiséptica distintiva de los filmes clásicos del Oeste para presentarnos un universo despojado de maniqueísmo y artificios morales donde los personajes viven en su infierno personal y perpetuo, motivados por la venganza, la ambición o el interés y varados en un limbo existencial de antiheroísmo que semejaba más una tragedia griega a las gallardas andanzas de un Gene Autrey, un Gary Cooper o un Randolph Scott. Lejos quedaron las exposiciones pueriles y galantes de Roy Rogers ante los antitéticos Hombres Sin Nombre -ni pasado y probablemente sin futuro- que poblaban los mugrientos y decantados pueblos del western Leonesco, todos retratados con una plástica centrada en la exacerbación de los maltrechos gestos de sus rostros sudorosos que revelaban todo lo que los magistrales planos generales y full shots de Sam Peckinpah no lograban: aproximarse a los personajes hasta sentir su rabia y dolor, tanto literal como metafóricamente. ¿Los títulos? Por demás conocidos, ya que se han integrado a los procesos de apreciación visual sin demasiado esfuerzo, ya que así de grande era Leone: su trilogía estelarizada por el insustituible Clint Eastwood – “Por un Puñado de Dólares” (1964), “Por Unos Dólares Más” (1965) y “El Bueno, El Malo y El Feo” (1966) -; su obra maestra “Érase Una Vez En El Oeste” (1968), soberbia exploración de los ilimitados conflictos que anidan en la psique humana a través de unos ojos semirrasgados con una mirada solo traducida mediante la música de su inseparable harmónica (un Charles Bronson irrepetible) quien mide fuerzas con otros ojos, unos que solo conocen la muerte y la ejecuta con la misma intensidad como el color azul que los distingue (Henry Fonda en lo que él mismo definió como “el mejor papel de su carrera”) y “Los Héroes de Mesa Verde” (1971), fantasía heroica ambientada en la Revolución Mexicana con un James Coburn y un Rod Steiger libres en su actividad histriónica.
Sergio Leone se fue a aquellos áridos cañones y llanuras del más allá en 1989, pero el legado ha sobrevivido el mero culto para consolidarlo como uno de los directores más importantes del siglo XX, donde la potencia de sus imágenes y la fascinación que despierta la construcción de sus personajes e historias pueden filtrarse en todo tipo de representantes y representaciones fílmicas, desde Sam Raimi hasta filmes animados como “Rango”. Así, cada bala tiene un nombre, ahora solo nos toca recibirlas en un sueño donde el polvo y la sangre se adueñan de nuestra piel…
Nota: Todas las cintas mencionadas se encuentran a la renta en la Videoteca del C.C. Casa Jesús Terán.

Correo: corte-yqueda@hotmail.com